Agitación y Proletarización:
Plataformas de Denuncia Proletaria
5 de junio de 2026

Agitación» y «propaganda» son dos términos hermanos que se emplean con notable frecuencia en el vocabulario político de la tradición comunista. Su proximidad semántica no es casual: ambos remiten a formas de intervención comunicativa orientadas a incidir en la elevación de la conciencia del proletariado y su constitución como sujeto político. De hecho, su fusión en la conocida contracción «Agitprop» encuentra un origen histórico en el contexto de la Revolución Proletaria de 1917: entre 1919 y 1920, en el marco de la Guerra Civil Rusa, el Partido Bolchevique crea en el seno de su Comité Central el Departamento de Agitación y Propaganda.

Esta convergencia no es meramente terminológica. Tal como plantea Lenin en ¿Qué hacer?, agitación y propaganda designan funciones diferenciadas pero complementarias. Mientras la agitación está más orientada a la movilización inmediata de las masas, la propaganda refiere a una formación ideológica más sistemática. La síntesis organizativa de ambas responde a una lógica de estructuración orgánica del partido, mediante la cual funciones previamente diferenciadas quedan integradas en una misma estructura, en respuesta a las exigencias coyunturales del momento.

No obstante, no debe confundirse la síntesis organizativa con la fusión conceptual. Agitación y propaganda son, en la práctica, peldaños distintos de una misma escalera en el ascenso hacia la adquisición de la conciencia comunista. Por ello, hoy en día, la identificación entre agitación y propaganda corre el riesgo de oscurecer el proceso más que de esclarecerlo.

Nos encontramos en una coyuntura en la que a los comunistas se nos presenta, como uno de nuestros mayores retos teóricos, la identificación de aquellos elementos estratégicos que proporcionaron la victoria a los bolcheviques y su separación de los aspectos que corresponden estrictamente a su coyuntura histórica específica. En ese sentido, más que mantener la herencia de la síntesis de la agitprop, quizás convendría recuperar su distinción o incluso ampliarla, incorporando nuevos peldaños a la luz de nuestra realidad tecnológica y comunicativa.

Pero este esfuerzo nopuede realizarse simplemente indagando en la literatura, como haría la vulgar sociología burguesa. No: nuestra metodología exige la subordinación de la teoría a la praxis revolucionaria. Es por esta razón que el texto que tenéis entre manos es una llamada a la acción, una llamada a la puesta en marcha de una práctica verdaderamente agitativa que recupera el espíritu de la agitación bolchevique, pero adaptada a nuestro tiempo.

La agitación bolchevique

Los dos textos más referenciados en relación al estudio de la agitación y la propaganda bolcheviques son, probablemente, «¿Qué hacer?» y «¿Por dónde empezar?» ambos de Lenin. En «¿Por dónde empezar?» el autor adelanta el bosquejo de un plan para la creación de la «organización deseada» –más tarde reconocida como el Partido– que consiste fundamentalmente en la creación de un periódico político para toda Rusia. Este plan sería desarrollado con más profundidad en el texto posterior «¿Qué hacer?», si bien el plan aparece conjuntamente con la exposición de otras cuestiones urgentes del momento, como lo era el señalamiento de las limitaciones de las posturas economicistas del ala menchevique.

Muchos comunistas, deseosos de retomar la herencia bolchevique, se aproximan a estos textos con la mejor de las intenciones en busca de respuesta a las preguntas que sus sugerentes títulos plantean. No obstante, si uno presta atención a la coyuntura que describe Lenin en «¿Por dónde empezar?» se dará cuenta de que la situación en que se encuentra el país dista mucho del punto en el que nos encontramos nosotros hoy. Más adelante entraremos en detalle sobre las diferencias coyunturales, por ahora bastará decir que el escenario en el que se encuentra Lenin en el momento de escribir el panfleto es un escenario marcado por una ferviente agitación en el seno del movimiento obrero.

«Hemos dado el primer paso, hemos despertado en la clase obrera la pasión por las denuncias de carácter «económico», de los atropellos cometidos en las fábricas. Debemos dar el paso siguiente: despertar en todos los sectores del pueblo con un mínimo de conciencia la pasión por las denuncias políticas.»

Dos aspectos quisiéramos destacar del fragmento citado: en primer lugar, Lenin se atribuye, hablando en primera persona del plural, la responsabilidad del estado de agitación del proletariado. Es importante señalar que un tópico bastante extendido dentro del revisionismo histórico es la creencia de que los bolcheviques poco más que «surfearon» una ola de protestas obreras a las que posteriormente capitanearon durante la Revolución de Octubre1. Nada más lejos de la realidad: el estado de agitación y efervescencia del movimiento obrero en los años previos a la revolución fue promovido activamente por los comunistas.

La segunda cuestión que quisiéramos destacar es que Lenin señala que interpelar políticamente a «todos los sectores del pueblo» solamente es posible en un contexto en el que el proletariado se encuentra notablemente activo y combativo. En el contexto de la Rusia zarista, entre estos elementos «populares» o «clases subalternas» con las que el proletariado se puede plantear una alianza, una vez constituido como clase para sí, encontramos al campesinado, pero también a los artesanos o la intelligentsia. Si bien estas clases ya no existen como tal en nuestro contexto, la idea de fondo permanece: sin un movimiento proletario fuerte, forjar alianzas con elementos de clases subalternas comporta un enorme riesgo de desviacionismo hacia posturas de conciliación de clase.

Así que si aceptamos la doble premisa –la necesidad de un movimiento proletario independiente y la necesidad de promover activamente la agitación en las filas del proletariado– la cuestión consiste en descubrir qué hizo posible el éxito de la agitación bolchevique. Para ello, encontramos valiosas claves en el ya mencionado «¿Qué hacer?». En concreto nos remitimos al apartado «a) Agitación política y su restricción por los economistas» en el capítulo 3: «Política tradeunionista y política socialdemócrata».

Dicho capítulo está dedicado concretamente al señalamiento de las diferencias entre la política «tradeunionista» –que hoy podríamos asimilar a una desviación sindicalista– y la política «socialdemócrata» –hoy asimilable a política comunista–. En el subapartado mencionado, Lenin sostiene que la restricción de la agitación política al ámbito económico que defendían los economicistas, es un error estratégico, porque reduce el horizonte de la lucha obrera y frena la formación de una conciencia revolucionaria capaz de enfrentarse al Estado en su conjunto. Más allá de la polémica, que no carece de interés, nos interesa especialmente recuperar aquellos elementos con los que Lenin define la agitación llevada a cabo hasta ese momento.

«En una palabra, las denuncias económicas –fabriles– han sido y son un resorte importante de la lucha económica. Y seguirán conservando esta importancia mientras exista el capitalismo, que origina necesariamente la autodefensa de los obreros.»

La agitación bolchevique consistía fundamentalmente en la implementación de publicaciones de denuncias económicas concernientes a las fábricas y los oficios. Estas denuncias tenían muy buena acogida entre los obreros que no solamente querían leer la verdad sobre sus condiciones de miseria, si no que a menudo querían participar enviando cartas explicando sus casos particulares y se generaba una suerte de «pasión» por ser publicado, especialmente entre los obreros más atrasados. Las publicaciones circulaban mediante octavillas, que tenían un efecto agitativo y contribuían a predisponer a los obreros a defenderse de los abusos del patrón mediante huelgas.

Las publicaciones, de carácter local, hacían referencia concretamente a las relaciones de los obreros de un oficio o fábrica determinados con sus patrones respectivos. Esta agrupación era de suma importancia tanto por su dimensión logística, como por las necesidades de agrupar lectores de sectores específicos a quienes pudiera interesar en mayor medida las problemáticas descritas. Pero, precisamente, por estas características, estas publicaciones podían conducir a un movimiento de carácter más «corporativista» o, en general, un movimiento cuyas demandas quedaran restringidas a mejoras económicas y sin aspiraciones revolucionarias. 

Para evitar esta problemática, Lenin apunta a que, en tanto el comunismo representa al proletariado en su relación con todas las clases de la sociedad, las denuncias no podían quedar restringidas a las relaciones con un grupo determinado de patronos. En el sentido de contribuir de forma más profunda al desarrollo de la conciencia política, es necesario ampliar las denuncias a los abusos cometidos por otros agentes. En el contexto de Lenin esto incluía denunciar a la policía zarista u otro tipo de funcionariado. Pero esta orientación empieza a escapar a la escala local de las publicaciones en las que predominan las denuncias de carácter económico y, por esa razón, en la coyuntura en la que Lenin escribe se dibuja como necesaria la creación de un periódico político a escala nacional.

El carácter que cobra un periódico de este tipo, escapa ya a la conceptualización de aquello estrictamente «agitativo», si bien conviene tener presente en todo momento que los límites entre agitación y propaganda no son fijos ni estancos. Pero esto nos sirve para introducir la idea de que para Lenin la función de la prensa se entiende, no como un único periódico u órgano de expresión, sino como un sistema: un sistema de prensa. Para profundizar en esta idea recomendamos la lectura de «La concepción de la prensa en Lenin» de Madaleine Worontzoff.

En este último texto, además, se explora la idea de que, en la experiencia bolchevique, la prensa funciona de modo diferenciado antes y después de la creación del Partido. Así, mientras que una vez constituido el Partido el sistema de prensa pasa a estar subordinado a sus necesidades, la organización prepartidaria funciona subordinada a las necesidades agitativo-propagandísticas del sistema de prensa. Llegados a este punto, entender cómo debe prefigurarse nuestro sistema de prensa pasa inevitablemente por reconocer algunos elementos clave de nuestra coyuntura.

Nuestra coyuntura

La primera diferencia de nuestra coyuntura que salta a la vista, en relación al contexto en el que medraron los bolcheviques, es aquella que refiere al inmenso avance histórico que supone el desarrollo de las fuerzas productivas relativas a los medios de comunicación. Estamos hablando de que en la etapa en la que los bolcheviques llevaban a cabo su agitación no estaba siquiera popularizado el uso de la radio. Más de cien años en adelante, hemos asistido ya a la revolución comunicativa que el uso masivo de Internet supone.

Así, lo que antes solo podía ser expresado mediante octavillas, folletos y periódicos; hoy en día puede encontrarse en los formatos más diversos: fotos, vídeos, mensajes de texto, podcast… Y estos formatos, a su vez, tienen múltiples plataformas y canales de expresión. Es cierto que el formato más «horizontal» y descentralizado con el que nacieron las redes sociales desaparece, cada vez de forma más evidente, para dejar paso a un formato más «televisivo» que agrupa la atención de los consumidores entorno a polos más definidos de producción de contenido cultural, pero esta no deja de ser la progresión esperable dentro del paradigma de comunicación y la industria cultural capitalista. Aun así, es posible medrar en los diferentes algoritmos mediante la especialización en el uso de plataformas digitales de forma mucho más accesible, manejable y económica que la gestión de la imprenta de un periódico o la edición de una revista.

Lenin habla de la «prensa» en relación a la AgitProp porque es el único medio que tiene a su alcance, pero en cuanto el aparato soviético se ve dotado de mejores capacidades, no se duda en utilizar locuciones de radio o incluso películas. No debemos privilegiar un medio por encima de otro por defecto. La prensa impresa, Twitter, Instagram o un podcast de Spotify son formatos de transmisión cultural que presentan cada uno ventajas e inconvenientes propios y que, a su vez, son más utilizados por públicos diferentes y en contextos diferentes. Personas más jóvenes usarán con mayor frecuencia TikTok, mientras que las más mayores quizás usarán más a menudo Facebook. Un podcast puede escucharse de camino al trabajo y un vídeo de YouTube verse mientras se come. Todas estas particularidades deben ser conocidas y usadas a su favor por los agitadores comunistas.  

Otra diferencia coyuntural importante es aquella que tiene que ver con la composición social de nuestra moderna sociedad de clases. La experiencia que la burguesía ha ido adquiriendo a lo largo de más de un siglo de lucha de clases redunda en la sofisticación de los medios de control en la cadena de extracción de plusvalor, dando lugar a toda una clase social cuyo rol en la producción queda definido por toda una serie de actividades de salvaguarda de la cadena de explotación y, por ende, de mantenimiento del status quo. Esta clase social, prácticamente inexistente en la época de Lenin, es la aristocracia obrera2. Ella puede adoptar varias formas que van desde la figura de recursos humanos, hasta la siempre odiada policía. Pero, sobre todo, allí donde más daño ha provocado esta especie parásita es en los sindicatos.

Uno de los aspectos clave que Lenin destaca que debe cumplir la agitación para trascender la dimensión puramente económica y dotarla así de un carácter político es que ésta debe representar «a la clase obrera en sus relaciones no sólo con un grupo determinado de patronos, sino con todas las clases de la sociedad contemporánea.» En el contexto de los bolcheviques, esto podía hacer referencia a las clases sociales propias de un capitalismo en pañales, que arrastraba todavía numerosos remanentes del modo de producción anterior. Hoy en día nosotros debemos tratar con un capitalismo mucho más desarrollado: la nobleza y la monarquía han devenido inequívocamente burguesía, el campesinado ha sido subsumido por el capitalismo dando lugar al proletariado agrario y la burguesía agrícola y los artesanos son ahora pequeñoburgueses o proletarios con un «hobby».

Pero el avance en las fuerzas productivas también ha subsumido a las formas de organización del proletariado. Los sindicatos, antaño expresión más o menos «espontánea» de la lucha económica práctica de resistencia a los capitalistas, tienen ya un recorrido histórico lo suficientemente prolongado como para ser reconocidos como un agente político de interés para todas las clases sociales en liza. Por un lado, esto puede apreciarse en la interminable lista de corruptelas y connivencias mediante las que no pocos integrantes de la patronal compadrean con los líderes de los denominados «sindicatos amarillos». Estos sindicatos, adoptan tácticas de conciliación de clase, desincentivando, desactivando y boicoteando cualquier conato de combatividad que surja en el seno del movimiento obrero.

Al mismo tiempo, muchos revolucionarios honestos y obreros avanzados se agrupan en los llamados «sindicatos combativos» que, pese a sus esfuerzos por levantar diques de contención ante el avance de la burguesía, muy a menudo ven como esos esfuerzos son mitigados por una deriva asistencialista que parece trascender a la voluntad y las intenciones de los integrantes del sindicato. Así es: la mayor parte de la actividad de los sindicatos consiste en la prestación de servicios a modo de consultoría o asesoría a los que acuden proletarios en apuros, pero que rara vez logran una retención notable de aquellos obreros que transitan por ellos. La falta de una agitación política efectiva en las organizaciones del proletariado provoca a su vez la falta de motivación para movilizarse y pasar a la acción.

Eso nos lleva a hablar del gran ausente en nuestra coyuntura política: el movimiento obrero. La inactividad y falta de combatividad del proletariado español se debe, principalmente, a la claudicación de los sindicatos mayoritarios CCOO y UGT. La forma concreta en que esto ocurre la puede encontrar el lector en el artículo «El Rey Amarillo»3. A efectos de este artículo bastará mencionar que los grandísimos escollos que el sindicalismo de concertación ha supuesto para la organización independiente del proletariado en los centros de trabajo han conducido al abandono por parte de los comunistas de la estrategia bolchevique de organización en torno a los centros productivos. Y si esto ha ocurrido sin más, si este tránsito inadvertido que ha cedido la centralidad a la actividad en torno al movimiento estudiantil, el feminismo o la defensa por el derecho a la vivienda; ha pasado sin pena ni gloria, es debido a la ausencia del Partido Comunista.

Es ya prácticamente un consenso colectivo en el MCE el hecho de que los comunistas en España estamos huérfanos de partido. Al margen de los delirios del PCE y su campaña reciente de «Hay Partido», las organizaciones del MCE que coinciden en que la ausencia de partido es lo que determina nuestras condiciones de lucha actuales se dividen en dos: aquellas que consideran que su organización prefigura aquello que en el futuro habrá de ser el Partido y aquellas que creen que el Partido surgirá de la confluencia de varios destacamentos. Por nuestra parte, somos muy conscientes de nuestras limitaciones organizativas y estamos firmemente convencidos de que el partido surgirá de la unidad de destacamentos. Pero esta unidad no puede darse en el vacío, sino que tiene que formularse en torno al establecimiento de una praxis compartida. 

De este modo, ubicados en esta etapa prepartidaria y ante la ausencia de cualquier organización que pueda devenir en Partido por su propia inercia, lo que marca nuestro rumbo de forma inequívoca es la necesidad de articular los principio que permitan caminar hacia la reconstrucción del Partido. Y la forma en que creemos que esto debe hacerse queda recogida en nuestro Programa.

Nuestro programa

Nuestro programa, publicado el 1 de mayo de 2025, define las dos líneas de acción fundamentales por las que apostamos desde Kursant: debatir y proletarizar4. Ambos principios estratégicos no pueden entenderse correctamente si son considerados de forma aislada, deben conceptualizarse como momentos dialécticamente complementarios cuya síntesis se realiza en la constitución del Partido Comunista. Esta síntesis, a su vez, solo puede comprenderse plenamente desde la concepción del comunismo como la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero.

Debatir es una tarea cuya necesidad surge del reconocimiento de que la reconstrucción del partido no puede ser acometida unilateralmente por ninguna de las organizaciones que hoy configuran el MCE, sino que debe ser necesariamente obra de una pluralidad de agentes. Ahora bien, esta necesidad no debe confundirse con una apelación al debate abstracto o al libre intercambio de ideas, como si de ese proceso fuese a emerger automáticamente una línea correcta. Al contrario, el debate debe estar orientado a, fundamentado en y retroalimentado por la práctica. Esto implica que ha de nutrirse de la intervención concreta en la realidad social.

Proletarizar es la otra tarea central que contempla el programa. Su necesidad parte del reconocimiento del alejamiento existente entre el MCE y el proletariado en la actualidad. Si entendemos el comunismo como la fusión del socialismo científico con el movimiento obrero, debemos asumir que hoy ambas dimensiones se encuentran –y por mucho– insuficientemente desarrolladas. Por ello, resulta imprescindible, tanto contribuir al fortalecimiento y reactivación del movimiento obrero, como desarrollar y afinar las herramientas teóricas del materialismo histórico.

Sin embargo, estas herramientas no pueden desarrollarse en el plano puramente abstracto ni en la autocomplacencia de la teoría por la teoría. El método legado por Karl Marx y Friedrich Engels solo puede perfeccionarse en su aplicación práctica, en el análisis concreto de la realidad concreta y en su contraste con la experiencia. En este sentido, la práctica que se presenta hoy como más urgente y necesaria es aquella orientada al resurgimiento y fortalecimiento del movimiento obrero.

Es así como la proletarización deja de ser una consigna abstracta o meramente sociológica para aparecer como una tarea política concreta. Tal y como se desarrolla en el artículo «Proletarización: una concreción estratégica»5, proletarizar no significa simplemente «acercarse» al proletariado en un sentido externo o cuantitativo, sino asumir que la intervención comunista solo puede desarrollarse desde dentro de las condiciones reales de existencia, organización y lucha de la clase trabajadora. Esto implica romper con aquella concepción de la militancia que sitúa al comunismo como algo que se «aplica» sobre el movimiento obrero, en lugar de entenderlo como algo que solo puede surgir en su seno y en su desarrollo práctico. En este sentido, la proletarización debe entenderse como un proceso colectivo y organizado, orientado a intervenir en las formas concretas en que el proletariado existe hoy. Esto supone partir de sus condiciones reales y reconocer que el punto de partida no es un movimiento obrero fuerte y consciente, sino uno profundamente debilitado.

«No debe desconcertarnos que las voces que hacen denuncias políticas sean ahora tan débiles, escasas y tímidas. La causa de ello no es, ni mucho menos, una resignación general con la arbitrariedad policial. La razón está en que las personas capaces de denunciar y dispuestas a hacerlo no tienen una tribuna desde la que puedan hablar, no tienen un auditorio que escuche ávidamente y anime a los oradores, no ven por parte alguna en el pueblo una fuerza a la que merezca la pena dirigir una queja contra el «todopoderoso» gobierno ruso

De nada sirve devenir el mejor de los tribunos si no conseguimos una audiencia dispuesta a escuchar. Y aunque en la actualidad no exista en el pueblo una fuerza a la que merezca la pena dirigirse, las coyunturas también se construyen. Y dado que la coyuntura de la que hablamos tiene que ver con el estado de conciencia del proletariado, la proletarización no puede limitarse a la presencia de militantes en espacios de trabajo, sino que debe materializarse también en la creación de herramientas propias de expresión política del proletariado. 

En el artículo «Proletarización: una concreción estratégica.» defendíamos que el movimiento obrero necesita canales propios para formular, elaborar y difundir su experiencia, más allá de los marcos impuestos por instituciones, medios burgueses e incluso de las estructuras sindicales burocratizadas.

Estos canales no se conciben como simples medios propagandísticos externos, sino como instrumentos vivos, ligados directamente a la práctica y a las luchas concretas de la clase. Estos canales deben permitir transformar experiencias dispersas en conciencia colectiva. Es decir, recoger conflictos, aprendizajes y formas de organización que surgen en distintos ámbitos, y darles una forma común que facilite su generalización. De este modo, no solamente cumplen una función informativa, sino que contribuyen también a la articulación política del proletariado.

En dicho artículo describimos un tipo de publicación que destaque por alejarse de la redacción de artículos teóricamente más «elevados» y, en cambio, se aproxime a los problemas cotidianos del proletariado. Es decir, una publicación que se centre en las noticias sobre conflictos laborales, huelgas, testimonios de las condiciones en los centros de trabajo, etc. Si bien destacábamos que precisamente debido a su temática central una publicación de este tipo podría recibir acusaciones de economicismo, al tiempo que valorábamos este carácter como algo positivo por su función de acompañamiento en el desarrollo de la conciencia de clase, hoy venimos a señalar lo contrario: la vocación marcadamente política de un escrito de estas característica supondría todavía un salto demasiado grande para el desarrollo de la conciencia política de aquellos obreros más atrasados.

Esto se debe, principalmente, a su carácter «inespecífico» en el sentido de que recoge experiencias de todos los oficios y lugares del estado. No queremos dar lugar a equívoco: una publicación de este tipo es necesaria, sin embargo, también es necesario el desarrollo de la conciencia política de aquellos obreros que a día de hoy todavía están lejos de interesarse por una publicación que recoge testimonios de conflictos de clase de territorios que le pueden quedar lejos. Por esta razón, en nuestro «sistema de prensa» hay que integrar órganos de expresión de carácter más local, más centrado en oficios o centros productivos específicos, para que acompañen a los obreros más atrasados en el desarrollo de la conciencia. Al mismo tiempo y gracias a ello, ampliamos el alcance de las publicaciones con contenido político más explícito.

Pero «proletarizar» no es solamente una tarea que termine en la elevación de la conciencia del proletariado. Proletarizar es la vía concreta mediante la que acometemos la tarea de la reconstrucción del Partido Comunista. De modo que esta elevación de la conciencia tiene que poder cristalizar organizativamente. Así entendido, «proletarizar» tiene que ver también con desplazar la estructura orgánica de los destacamentos comunistas, ubicando sus núcleos en torno a los centros de trabajo. Esta estructuración sigue la estela de la tradición de la organización bolchevique de los círculos obreros tal y como nosotros la entendemos.

El círculo obrero es una estructura que funciona como motor del proceso de proletarización pero que es, al mismo tiempo, el resultado de dicho proceso. Para que este proceso de retroalimentación en espiral tenga sentido, es necesario tener claro por dónde empezar. 

¿Por dónde empezar?

Antes señalábamos que uno de los principales retos actuales del comunismo consiste en identificar aquellos elementos estratégicos que explican la victoria de los bolcheviques y distinguirlos de aquellos que respondían a su coyuntura histórica específica. Esto quiere decir, dicho de otro modo, que en el análisis histórico de las relaciones estructurales de la sociedad capitalista conviene diferenciar entre la secuencia histórica y la secuencia lógica.

Desde esta perspectiva, la pregunta «¿por dónde empezar?» debe abordarse teniendo en cuenta ambas dimensiones. El método lógico se fundamenta en el histórico, pero no son idénticos: el orden lógico remite a la interdependencia interna de las categorías, no a su sucesión cronológica. A su vez, la trascendencia de lo histórico solo puede comprenderse adecuadamente si se reconstruye lógicamente. Por ello, para entender qué condujo a la victoria bolchevique y poder repetir su éxito en la conquista del poder para el proletariado hay que comprender las relaciones lógicas que articulan las relaciones históricamente específicas de su contexto.

Nuestra posición actual, más de un siglo después de la Revolución de Octubre, hace inviable repetir aquella secuencia histórica tal como se dio en la Rusia de Lenin. No únicamente por las diferencias en la composición social o por el desarrollo de las fuerzas productivas que hemos señalado previamente, sino porque el propio devenir histórico transforma irreversiblemente las condiciones. Sin embargo, la experiencia bolchevique sigue ofreciendo enseñanzas fundamentales sobre la lógica de la lucha de clases.

En este sentido, aunque podamos reconocer la importancia que tuvo la creación de un periódico político para toda Rusia, no es necesario reproducir cada uno de los pasos que llevaron a esa concreción estratégica particular. Lo decisivo es recuperar la función lógica que desempeñó. Ahora bien, si la distancia histórica permite acortar ciertos recorridos, conquistando de un plumazo lo que a otros les costó años de sangre y sudor, en ningún caso autoriza a omitir momentos esenciales de la secuencia lógica. Desde este enfoque, debe reconocerse necesariamente la relevancia de la agitación local, vinculada a ámbitos laborales concretos y apoyada en reivindicaciones de carácter económico, como primer paso de la secuencia lógica que permitió a los bolcheviques concretar la experiencia histórica más avanzada que jamás ha visto el proletariado.

La construcción de un «sistema de prensa» a la bolchevique se traduce, en nuestro contexto, en la creación de una red de publicaciones para la transmisión y propagación de la ideología comunista. Y para garantizar el sustento material de nuestro sistema de publicaciones tenemos que asegurarnos una audiencia. Y para ello no podemos valernos del marketing o la publicidad, en tanto que son las disciplinas que emplea la burguesía para orientar el comportamiento de las masas hacia fines mercantiles mediante la seducción. Pero ello no implica la renuncia al análisis riguroso de las condiciones sociales, al contrario, debemos construir un conocimiento orientado a la organización consciente de una práctica colectiva.

Es en ese sentido que retomamos el legado bolchevique y afirmamos que nuestra forma principal de desarrollo debe ser la propagación de la ideología comunista a partir del comienzo de su propio fundamento lógico: la puesta en común de la experiencia vital en torno al trabajo, que es la actividad que define al sujeto verdaderamente revolucionario, es decir, el proletariado. Y aunque esto puede abarcar una gran variedad de problemáticas que afectan a distintos sectores del proletariado, una organización comunista no puede desarrollar su red de difusión ideológica sin contar, en primer lugar, con presencia allí donde se encuentra el propio proletariado. La forma más efectiva de lograrlo es organizarse a partir de la actividad cotidiana que se desarrolla en torno al trabajo, incluyendo también su ausencia, como en el caso del desempleo.

Concluimos entonces que, dado que ya existen varios órganos de expresión y publicaciones de mayor alcance y con un contenido político más elevado –más «propagandísticos» si se quiere–, lo que hace falta implementar en la actualidad es una red de publicaciones locales de denuncia de cuestiones con un carácter marcadamente económico, cuyo objetivo sea el de agitar a los obreros más atrasados para poder nutrir la base de lectores de los órganos de expresión más «políticos» y así elevar sus consciencias. Y para ello debemos valernos de los múltiples y variados medios modernos a nuestro alcance.

Para mayor comodidad y facilitar el entendimiento, hemos decidido denominar a esta estructura, a este primer peldaño de nuestra escalera: «Plataformas de Denuncia Proletaria» o PDPs.

La plataforma –o plataformas– específica a través de la cuál llevar a cabo esta tarea debe escogerse evaluando su conveniencia en cada caso. Si los obreros de una fábrica utilizan con frecuencia Facebook, será allí donde convendría hacer este tipo de agitación. Si en un sector laboral concreto se estilan denuncias a través de publicaciones de Instagram deberá ser un perfil de Instagram el escogido para agitar a sus trabajadores. Quedarse en Twitter o Telegram por «tradición militante», como hemos hecho hasta ahora los comunistas, no servirá para esta tarea. Igual que tampoco ha servido nunca abogar por pasar a utilizar «Bluesky» por razones éticas.

La misión principal de las PDPs ha de ser la de recoger testimonios de casos de abuso y darles voz, fomentando su difusión en los canales adecuados y dejando abierta la puerta a la participación. Debe poderse generar esta «pasión por ser publicado» de la que hablaba Lenin. Aunque estos abusos estén centrados principalmente en la explotación capitalista, no debe subestimarse la importancia de recoger testimonios de casos de abusos por razones sexistas o racistas, por ejemplo, ya que muchas veces pueden revestir un carácter estratégico para generar agitación en contextos específicos.

Hay que dejar espacio también a la denuncia de las corruptelas sindicales y, en general, a la actividad de Recursos Humanos. Como nos enseña Lenin, es importante que dichas plataformas «representen a la clase obrera en sus relaciones no sólo con un grupo determinado de patronos, sino con todas las clases de la sociedad contemporánea»y esto incluye, como hemos adelantado antes, a la más moderna clase social en nuestro tiempo: la aristocracia obrera.

Si bien hay que hacer especial hincapié en los abusos sufridos por la aristocracia sindical, debido a su papel directo de boicot a la organización independiente de los trabajadores, en las PDPs también se deben incluir abusos cometidos por otros agentes de la aristocracia obrera, pues son muy comunes los abusos cometidos en relación a las bajas laborales por las mutuas de trabajo y también, aunque con menos frecuencia, por los médicos de la sanidad pública.

Especial mención merece también Recursos Humanos, ya que las denuncias cometidas por sus abusos no tienen por qué limitarse a aquellos cometidos en el seno de la empresa, sino que también nos abre las puertas almundo de la búsqueda de empleo y las ofertas de trabajo, un entorno inédito en la época de los bolcheviques, en el cual se producen también innumerables abusos y afrentas contra la dignidad de la clase obrera. Esto permite abrir frentes para organizar a los desempleados, que pueden encontrarse también en el entorno digital en canales de búsqueda de empleo, lugar muy apropiado para el desarrollo del tipo de agitación que vienen a fomentar las PDPs.

Si lo expuesto hasta este punto te cuadra, camarada, no dejes de leer el siguiente apartado porque en él encontrarás una invitación a formar parte de la construcción de esta red de agitación. Necesitamos contar con el número mayor de manos posible para implementar la iniciativa de las PDPs, cuyo objetivo no es otro que el de avivar la lucha del movimiento obrero.

Una invitación formal

Unas líneas atrás insistíamos en la necesidad de acometer las tareas que los revolucionarios tenemos por delante con la idea clara de que éstas no pueden realizarse unilateralmente por ninguna organización concreta, que el éxito solamente será posible mediante la confluencia de una pluralidad de organizaciones y destacamentos. Pero, aunque esta confluencia no pueda darse mediante la unión por la unión por estar la unidad ideológica esté lejos de realizarse, podemos empezar a trabajar por ella mediante su prefiguración lógica: la unidad de acción.

La apuesta estratégica que presentamos hoy es lo suficientemente concreta como para empezar a trabajar mañana, pero carece aún de un contraste práctico adecuado. Y dado que los frutos de su aplicación deben servir para concretar más todavía cuál es la mejor forma de llevar a cabo esta tarea, queremos invitar a cualquier persona, grupo u organización que tenga interés en basar su actividad política en los centros de trabajo a unirse a esta iniciativa y empezar a construir las PDPs.

Sabemos que esto no supone una gran innovación técnica y que tampoco es un salto abismal en las modalidades de agitación que ya a día de hoy se aplican. Sabemos que los grupos digitales de denuncia de abusos laborales brotan desde hace un tiempo de forma espontánea en todas las redes sociales y con formatos diversos. Pero nuestra propuesta representa un salto cualitativo precisamente por el hecho de articularse desde la intención consciente y el convencimiento que los comunistas tenemos de que la revolución es el único camino.

Precisamente por eso, desde Kursant nos ofrecemos a asesorar, orientar o sencillamente escuchar las experiencias que de la aplicación de las PDPs se deriven. No es necesaria la adscripción ideológica completa, solamente el convencimiento de que el mañana de nuestra sociedad está en manos de los trabajadores y trabajadoras y que conviene despertar a cuantos más nos sea posible para reunir fuerzas y volver a ser capaces de plantar cara a la bestia negra del capital.

Afrontamos esta tarea con humildad, sabiendo que nuestra experiencia es limitada, pero al mismo tiempo con la determinación revolucionaria de sabernos herederos de una misión histórica: la revolución proletaria. La discontinuidad en el desarrollo social que ha provocado el estado de derrota del comunismo y la crisis que atraviesa hoy el movimiento obrero en general constituyen una ruptura y al mismo tiempo una oportunidad: la de forjar una nueva tradición revolucionaria a partir de la que volvernos a poner en pie.

Atravesamos una etapa histórica en la que tenemos más flexibilidad de la que jamás se ha tenido antes para la creación de un «sistema de prensa» con el que fomentar el tránsito de las masas proletarias a contenidos cada vez más y más avanzados políticamente, pero tenemos que empezar desde abajo. Este «desde abajo» es, bajo nuestro punto de vista, lo que nos pueden ofrecer las PDPs.

En contraste con etapas previas, la circulación de información ya no depende fundamentalmente de materiales impresos. La diversificación presente de los modos de expresión, abarcando desde imágenes y vídeos hasta mensajes escritos o de audio; se ve reforzada por la existencia de diversas plataformas de difusión, facilitando el acceso y reduciendo los costes de producción respecto al formato impreso tradicional. Pero de nada sirve tener una publicación como la que describíamos antes por un lado y 3 perfiles de Facebook y 2 de Instagram por otro. Para funcionar como un sistema, como una red de publicaciones, éstas tienen que retroalimentarse en sus propósitos, tienen que utilizarse para incrementar la visibilidad de cada uno y, al mismo tiempo, ir introduciendo y permitiendo el acceso a los obreros menos avanzados a cuestiones más «elaboradas» en un sentido político, más «propagandísticas» si se quiere.

Una de las principales ventajas de la propuesta es que es realizable por núcleos muy reducidos de personas y que la comunicación entre estos núcleos es fácilmente accesible, precisamente, debido a los avances en tecnología. No obstante, conviene tener unas mínimas nociones de seguridad digital y, en la medida de lo posible, desvincular las PDPs de una gestión individual y personalista: el hecho de que la propuesta sea realizable por grupos reducidos de personas no significa que necesariamente deba ser realizado por grupos pequeños. Al contrario, en su expresión más avanzada, las PDPs deben ser un instrumento plural.

Allí donde sea posible organizarlas a través de los sindicatos combativos deberá hacerse a través de ellos, puesto que es en esos lugares donde se agrupan en la actualidad la mayoría de obreros avanzados. Si bien los obreros de avanzada no son el «público objetivo» principal de las PDPs, desarrollar una actividad militante semi-profesionalizada como ésta es un estupendo ejercicio de encuadramiento que permite la elevación política.

También conviene tener presente que, allí donde los sindicatos combativos nos lleguen, la propuesta puede tirarse adelante perfectamente. Es más, las PDPs deberán paulatinamente ampliar su actividad más allá de la agitación, agrupando a obreros destacados y pudiendo llegar a devenir, cuando sea necesario, secciones sindicales que faciliten al mismo tiempo el desarrollo y amplíen la influencia de los sindicatos combativos. Recordemos que, en caso de desarrollarse de forma óptima, es alrededor de las PDPs que podrán erigirse los futuros círculos obreros.

Hoy, en cualquier contexto de trabajo, ya es posible sumarse a esta iniciativa de construcción de las PDPs, para visibilizar los abusos padecidos por el proletariado en agrupación por gremio, empresa o lugar de trabajo. Del mismo modo, siempre que exista la voluntad, el día de mañana estaremos en disposición de articular dichos perfiles dentro de una red más extensa de comunicación política que trascienda más allá de la denuncia económica y que nos lleve a la siguiente etapa del proceso de la lucha de clases.

Para cualquier duda, estamos a vuestra disposición. No perdamos más el tiempo, que es escaso, y pongámonos manos a la obra. Nosotros ya estamos en ello.


  1. Al respecto de esta cuestión, recomendamos la lectura de «Lenin and the Leagues of Struggle» ↩︎
  2. Para más detalles, os animamos a leer «Sobre la aristocracia obrera»: https://kursant.website/sobre-la-aristocracia-obrera/ ↩︎
  3. Disponible aquí: https://kursant.website/el-rey-de-amarillo/ ↩︎
  4. Disponible aquí: https://kursant.website/programa/ ↩︎
  5. Disponible aquí: https://kursant.website/proletarizacion/ ↩︎