Breve aproximación al movimiento comunista en EE.UU
Héctor B.M.

El movimiento comunista estadounidense sigue siendo, para muchos comunistas del otro lado del Atlántico, un gran desconocido. Y ello pese a desarrollarse en el corazón de la principal potencia capitalista del planeta, históricamente erigida además como uno de los grandes bastiones mundiales del anticomunismo tanto a nivel político, como ideológico y cultural. Comprender las particularidades de esta experiencia resulta, por tanto, especialmente relevante para quienes aspiran a analizar las dinámicas contemporáneas de la lucha de clases a escala internacional.

El presente artículo ofrece un clarificador repaso sobre el estado actual del comunismo en Estados Unidos, abordando sus principales organizaciones, debates y tendencias. Se trata de una aproximación deliberadamente general, escrita de manera accesible y sintética, que permite al lector formarse con facilidad una visión de conjunto sobre una realidad compleja y a menudo poco conocida fuera del país.

Coincidimos plenamente con las conclusiones del artículo en que atender críticamente al desarrollo de este proceso constituye una tarea de primer orden para los comunistas de cualquier lugar del globo. La importancia de estudiar el movimiento comunista en Estados Unidos no descansa únicamente en el peso político y económico del país, sino también en su condición de máxima expresión histórica del desarrollo capitalista contemporáneo, cuyas contradicciones internas anticipan con frecuencia tendencias y conflictos de alcance global.

Kursant

La excepcionalidad americana en tanto que problema político

Para quienes militamos o hemos militado en organizaciones comunistas europeas, el movimiento comunista estadounidense puede resultar especialmente opaco y difícil de descifrar. En este sentido, la distancia no solo se da en el plano geográfico sino en el cultural e histórico. La estadounidense es una sociedad mediada por un anticomunismo visceral arraigado por muchas décadas de Guerra Fría, por la ausencia incluso de una tradición socialdemócrata-reformista consolidada en los parlamentos, por la fragmentación estructural propia de un sistema político bipartidista, y por la tan particular historia del movimiento obrero del país. Estos fenómenos han producido un ecosistema de izquierda difícilmente reducible a los prototipos del marxismo europeo, donde las «etiquetas» y los posicionamientos son menos ambiguos y albergan mayor claridad.

No obstante, algunas cuestiones han ido cambiando a lo largo de los últimos años. Las candidaturas de Bernie Sanders en 2016 y 2020 hicieron sonar la palabra «socialismo» ante los oídos de millones de estadounidenses. Asimismo, el ascenso del DSA (Democratic Socialists of America) transformó a una organización minoritaria de apenas 6.000 miembros en 2015 en la mayor organización socialista de este país, superando los 100.000 afiliados en este momento. Por otro lado, movimientos como el ecologismo, los de colectivos LGTB, Black Lives Matter, o aquellos que se organizan por la defensa de los inmigrantes, reintrodujeron en el debate público el vocabulario de la discriminación y la opresión sistémica. En este sentido, la virulencia con la que la pandemia de COVID-19 afectó a las capas populares puso en evidencia la brutalidad de un sistema sanitario privatizado y de difícil acceso, siendo un momento clave para que una nueva generación de trabajadores —especial mención tienen los de almacenes de Amazon, cafeterías, universidades u hospitales— comenzase a participar en sindicatos por primera vez en décadas.

En este breve texto no pretendemos ofrecerles un análisis en profundidad sobre el estado del comunismo en EE. UU., sino dar las pinceladas oportunas para que puedan tener una imagen adecuada sobre quiénes son sus principales actores, qué líneas de fractura operan entre los mismos, y qué podríamos aprender o criticar desde una perspectiva comunista con aspiraciones revolucionarias. Nos centraremos especialmente en el papel del DSA debido a su gran éxito táctico —analizando sus limitaciones estructurales—, pero también prestaremos atención a otro grupo de organizaciones que, desde diversas tradiciones, mantienen un discurso que entiende la emancipación del proletariado desde una perspectiva que exige algo más que la reforma del Partido Demócrata.

El legado de la historia y las dificultades sufridas

No podríamos realizar nuestro análisis sobre el comunismo estadounidense contemporáneo sin partir de su historia y, muy importante, la reacción frente a sus movimientos. En este sentido, el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA), fundado en el año 1919 en plena ebullición de la Revolución Rusa, llegó a albergar a cientos de miles de militantes durante los años 1930 y 1940, siendo protagonista de luchas sindicales decisivas en el marco del CIO (Congress of Industrial Organizations), manteniendo un papel activo en la resistencia frente al fascismo y siendo clave en los movimientos por los derechos civiles. Su influencia y legado cultural fueron enormes, y figuras como Paul Robeson, Langston Hughes o Howard Fast tuvieron profundos vínculos con su órbita.

La represión reaccionaria del macartismo dañó organizativamente al CPUSA encarcelando a sus dirigentes y forzando a miles de militantes a la clandestinidad, pero el golpe más duradero y sistemático tenía otra naturaleza, esto es, la infiltración masiva del FBI y otras agencias federales en las entrañas del mismísimo partido. El programa COINTELPRO —Counter Intelligence Program— fue puesto en marcha en 1956 bajo la autorización del furibundo anticomunista J. Edgar Hoover, siendo el CPUSA su primer y principal objetivo. Lo que vio su inicio como una operación de vigilancia terminó derivando rápidamente en una campaña de destrucción interna. De las más de 2.370 acciones aprobadas bajo COINTELPRO entre 1956 y 1971, 1.388 tuvieron como objetivo al CPUSA y organizaciones comunistas afines.

Las tácticas del FBI no se limitaban al espionaje convencional, y sus agentes e informantes iban más allá de la vigilancia a los militantes y activistas políticos. Así, su principal objetivo fue desacreditar y fragmentar, reorientando negativamente el trabajo de las organizaciones y empobreciendo su vínculo con las masas proletarias. El reclutamiento de informantes realizado por el FBI fue menor durante el apogeo del CPUSA durante los años 1930, pero se intensificó de forma drástica durante su declive tras la Segunda Guerra Mundial y su eventual colapso en los años 1960 y 1970. Algunas de las estimaciones más documentadas señalan que, para principios de los años 1960, hasta un diez por ciento de la militancia del CPUSA eran informantes del FBI, lo cual generó una paranoia interna devastadora que convirtió los debates internos en un terreno perfecto para la provocación y la desestabilización que el Gobierno se puso como objetivos políticos.

La operación fue altamente sofisticada en su dimensión política, pues el FBI hizo llegó a hacer uso de grupos izquierdistas —muchos infiltrados o directamente creados por la propia agencia— para criticar y atacar al CPUSA desde posiciones supuestamente radicales. Un ejemplo de ello fue el reparto de las octavillas Hall Must Fall en Filadelfia durante el Primero de Mayo de 1966, haciendo parecer que la iniciativa tenía su origen en los grupos maoístas críticos con el revisionismo. Paralelamente, el FBI preparó documentos con el fin de sembrar la división interna en la organización, combinando vigilancia electrónica con campañas mediáticas.

Lo anteriormente mencionado no son meras anécdotas sino factores imprescindibles para alimentar nuestro análisis, en tanto que muchas de las fracturas ideológicas, episodios de sectarismo y deserciones que dañaron al movimiento comunista estadounidense en la segunda mitad del siglo XX no fueron fruto de debates políticos espontáneos o de una lucha de líneas avanzada, sino un resultado calculado a lo largo de muchos años de operaciones contrarrevolucionarias. En este sentido, pasar por alto el COINTELPRO al analizar el comunismo estadounidense equivaldría, hasta cierto punto, a ignorar el papel de la contrarrevolución en Europa —y tantos otros lugares del mundo— durante el desmantelamiento de su movimiento comunista. El CPUSA no se recuperó de estos duros golpes y hoy es una organización envejecida que, aun manteniendo su publicación People’s World, ha terminado defendiendo posiciones alineadas con el ala izquierda del Partido Demócrata privándose a sí misma de la tan necesaria independencia política.

Como apunte adicional, la Nueva Izquierda de los años 1960 y 1970 —con la Students for a Democratic Society, las Panteras Negras y la Liga Socialista de Trabajadores— tampoco consiguió forjar una organización de masas duradera en el tiempo. Su descomposición dejó como herencia una cultura política marcada por el sectarismo, la dispersión organizativa y una profunda desconfianza hacia las estructuras de partido que sigue pesando hoy día.

DSA: un acierto en la línea de masas; la socialdemocracia como límite

Democratic Socialists of America (DSA) es, sin duda, la organización socialista más grande de EE. UU. en este momento. Su crecimiento a partir de 2016 —impulsado por las propuestas de Bernie Sanders y más adelante por el activismo contra Trump— la convirtió en un fenómeno político sin precedentes en décadas. En la actualidad, que es su momento de mayor auge, cuenta con más de 100.000 afiliados y decenas de asambleas locales activas en todo el país. Una de las particularidades del DSA es su capacidad para albergar corrientes políticas de diverso origen, esto es, existen asambleas maoístas, leninistas e incluso anarquistas, lo cual es un rasgo interesante a la par que contradictorio pues, eventualmente, esto habría de ser resuelto para enfrentar desafíos mayores desde una posición de mayor coherencia política.

Desde una perspectiva táctica, hemos de reconocer positivamente lo que el DSA ha conseguido gracias a una política de masas adecuada a muchas de las demandas objetivas e inmediatas de las capas populares en EE. UU. A diferencia de la mayoría de las organizaciones de izquierda revolucionaria estadounidense, que han desarrollado una tradición de ensimismamiento que roza —y a veces supera— el sectarismo, el DSA apostó por insertarse sistemáticamente en conflictos reales de la clase trabajadora y las capas populares. Sus campañas promocionando la sindicalización, su presencia en luchas concretas de los trabajadores del sector sanitario, o su labor organizando a obreros en diversas industrias muestran un esfuerzo genuino por anclar ciertas ideas socialistas entre las capas populares mediante la puesta en marcha de investigaciones sociales sobre sus condiciones materiales de vida. Con todo ello, las victorias electorales para el Congreso de Alexandria Ocasio-Cortez y Rashida Tlaib en 2018 —junto a otros miembros del llamado Squad— demostraron que el DSA podía producir representantes capaces de articular un discurso abiertamente socialdemócrata en las instituciones y, aun planteando medidas claramente reformistas, su presión por alcanzar el Medicare for All o el Green New Deal introdujo demandas en el debate político nacional que ninguna organización de izquierda había logrado en mucho tiempo.

Pero la demostración más explícita y evidente de madurez política por parte del DSA llegó con la campaña de Zohran Mamdani para ganar la alcaldía de Nueva York. Mamdani es miembro de la asamblea neoyorquina del DSA desde 2017, y la organización trabajó profusamente con él para desarrollar la táctica, la cultura y la puesta en marcha de una campaña que lo convirtió en el alcalde de la ciudad más importante, grande y poblada de EE. UU. En este sentido, lo que hizo que esta campaña tuviera semejante éxito fue, precisamente, la línea de masas en su expresión más concreta, es decir, desde diciembre hasta mayo de 2025 se picaron más de medio millón de puertas para conocer las demandas populares más inmediatas y devolverlas en forma de propuestas políticas, forjando una infraestructura organizativa que se disparó en tamaño una vez la carrera electoral comenzó a moverse. Más adelante, de mayo a junio, se llamó a 1,1 millones de puertas, formando a casi quinientos responsables de campaña, la mayoría de los cuales aún no eran miembros del DSA sino simpatizantes y voluntarios.

La dimensión política de esta labor es muy reveladora, en tanto que la campaña construyó una coalición de jóvenes recién politizados, inquilinos con renta estabilizada, musulmanes y asiáticos que vieron una identidad compartida en Mamdani, millennials de la época más pujante de Bernie Sanders reenganchados a la política, y votantes atraídos por su visión de una vivienda asequible con una firme defensa del pueblo palestino. Así, el DSA puso en marcha un movimiento de gran magnitud donde más de 37.000 personas se inscribieron para votar catorce días antes de las primarias, lo cual supuso un incremento doce veces mayor que en las elecciones de 2021.

Y esta cuestión merece ser leída desde una perspectiva comunista que sea honesta en ambas direcciones. Por un lado, la victoria electoral de Mamdani es el resultado más concreto y verificable de la línea de masas del DSA, es decir, del trabajo de base permanente, de la formación de cuadros y voluntarios, del estudio de las demandas materiales del proletariado y las capas populares, y de la construcción de una coalición que tuvo la capacidad de ampliar la masa electoral en lugar de limitarse a movilizar a los convencidos. Por otro lado, esta sigue siendo una victoria dentro del Partido Demócrata en la ciudad más liberal del país y financiada principalmente por pequeños donantes —junto a alguna que otra gran fortuna burguesa— que no rompe en absoluto con el marco institucional del capitalismo estadounidense. La pregunta que podemos plantearnos es si lo que el DSA ha construido en Nueva York puede replicarse en otras geografías, y si la «gobernanza de masas» puede soportar presiones que ya podemos intuir enormes, comenzando por las dificultades heredadas —empezando por una deuda estratosférica— fruto de la gestión del anterior alcalde, Eric Adams, y sus antecesores.

Cabe señalar que, por el momento, el DSA no es un partido comunista ni aspira a serlo, por lo que la crítica fundamental desde nuestra perspectiva sigue en pie, esto es, su anclaje estratégico dentro del Partido Demócrata supone aceptar las reglas, la financiación y, en última instancia, los límites de un partido que es, fundamentalmente, un instrumento de la clase imperialista estadounidense. No obstante, es importante indicar que la táctica de los comunistas no ha desechado automáticamente la posibilidad de trabajar dentro de partidos de estas características, y como ejemplo tenemos el de Lenin recomendando que los comunistas británicos fueran más allá de pedir el voto para el Partido Laborista, esto es, que directamente se afiliaran en éste aun considerándolo «un partido burgués» porque las masas trabajadoras —con más o menos conciencia de clase— estaban precisamente ahí.

Así, el caso de AOC muestra con especial claridad estas contradicciones estructurales, en tanto que fue elegida como una voz radical contra el establishment pero ha ido moderando sus posiciones de forma progresiva bajo la presión del aparato demócrata. Por tanto, el principal inconveniente del DSA es que su táctica de participación dentro del Partido Demócrata supone un hándicap ya que éste, en tanto que fuerza hegemónica en la política estadounidense, opera como un mecanismo de absorción y neutralización de las propuestas más radicales que pudieran plantearse, comenzando por algo tan sumamente básico como la independencia política de cualquier organización proletaria cuyo propósito sea avanzar hacia el socialismo.

El debate dentro del DSA en torno a estas cuestiones es real y significativo. En este sentido, la corriente Bread and Roses, que es una de las más cercanas a posiciones marxistas dentro de la organización, ha ido planteando la necesidad de construir una suerte de partido laborista independiente a largo plazo, utilizando las primarias dentro del Partido Demócrata como táctica transitoria y temporal pero no como una estrategia definitiva. Asimismo, la corriente Class Unity ha sido muy insistente en la centralidad de la lucha sindical y la organización del proletariado como base de la política socialista. Estas dinámicas internas, con sus debates y tensiones, también son un proceso que no conviene subestimar y al que procede prestar atención de forma crítica.

Con todo ello, el DSA merece ser reconocido como el intento más serio y sostenido para la construcción de una política de masas en EE. UU. desde los años 1930, pero su subordinación táctica al Partido Demócrata, la ausencia de una teoría del Estado y del poder revolucionario en su seno, así como un pluralismo interno que debe ser entendido como una realidad estratégicamente incoherente, suponen serios impedimentos y limitaciones que la crítica marxista debe señalar sin el menor rodeo. Así, sin un cambio radical que proceda a resolver estos elementos, el trabajo de base de miles de militantes comunistas en las asambleas del DSA se verá limitado por la propia dinámica que mueve a esta organización.

La izquierda revolucionaria: del marxismo-leninismo al trotskismo

Más allá del DSA, en EE. UU. existe una constelación de organizaciones que reivindican la tradición revolucionaria de forma explícita. Su influencia es limitada pero su presencia intelectual y su actividad en determinados sectores merecen nuestra atención.

El ya mencionado CPUSA mantiene su existencia pero con una influencia marginal entre las masas. Su posicionamiento actual, a favor del voto a candidatos demócratas «progresistas» y reticente —sin renegar del todo— a candidaturas independientes lo sitúa en una posición extremadamente paradójica para un partido que dice reivindicar el marxismo-leninismo, pues en la práctica funciona como una correa de transmisión de la izquierda demócrata más que como una organización independiente de clase. Si bien ha sido habitual ver a miembros del CPUSA presentarse de forma independiente en elecciones locales, en la práctica el partido ha convertido la táctica del «mal menor» en un fin en sí mismo, esto es, cada ciclo electoral viene acompañado de un llamado al voto demócrata para derrotar a la derecha, aplazando de forma indefinida el desarrollo de una alternativa propia. La publicación del CPUSA es People’s World, un medio que informa sobre luchas obreras que difícilmente pueden ser acompañadas por el partido debido a su escasa capacidad organizativa.

El Partido por el Socialismo y la Liberación (PSL), fundado en el año 2004 como escisión del WWP, es una de las organizaciones marxista-leninistas más activas en la actualidad. Tiene una presencia bastante destacada en círculos antiimperialistas y mantuvo una gran actividad contra las guerras de Afganistán e Irak —hoy también podemos encontrarlos en muchas protestas contra el genocidio en Palestina. Asimismo, su cadena mediática Liberation News cubre de forma regular luchas obreras y movimientos de liberación nacional. Han presentado candidaturas presidenciales como la de Gloria La Riva en varias elecciones para promocionar su programa, teniendo escaso éxito. Sus posicionamientos defienden a gobiernos como los de China, Cuba, Nicaragua o Venezuela, lo que les ha granjeado acusaciones de campismo por parte de otras organizaciones comunistas; algo que el propio PSL rechaza señalando que la suya es una expresión consecuente de antiimperialismo.

El WWP (Workers World Party), fundado en 1959 por Sam Marcy tras una escisión del SWP (Socialist Workers Party), tiene una trayectoria organizativa bastante larga, manteniendo una autodeclarada línea antiimperialista y sosteniendo cierta presencia entre las comunidades latinas y negras. Suele participar activamente en movimientos de solidaridad internacional y publica en el portal Workers World. Asimismo, ha sufrido varias escisiones internas, siendo la del PSL la más importante de todas ellas.

Por otro lado, la FRSO (Freedom Road Socialist Organization) hereda la lucha de los movimientos comunistas de los años 1970, particularmente de la corriente antirrevisionista que surgió tras las rupturas del viejo movimiento comunista. La FRSO ha venido apostando de forma consistente por el trabajo de masas y la construcción de un frente unido, declarándose a favor del trabajo en luchas de masas específicas. Goza de presencia y difusión entre algunas comunidades chicanas, en el movimiento estudiantil y en la organización de trabajadores inmigrantes. Asimismo, su publicación Fight Back! News mantiene una cobertura de las luchas antiimperialistas, proletarias y sociales desde una autodeclarada perspectiva marxista-leninista de influencia maoísta.

El partido Revolutionary Communists of America (RCA) representa una de las incorporaciones más recientes y dinámicas de la constelación de la izquierda revolucionaria estadounidense. Fundados recientemente y vinculados a la corriente trotskista de la Internacional Comunista Revolucionaria, RCA se postula abiertamente como un partido bolchevique en construcción que apuesta claramente por la agitación callejera y el trabajo de células en barrios, centros de estudios y de trabajo. Su tono es combativo y se presentan como comunistas que rechazan tanto el gradualismo del DSA como el sectarismo de las organizaciones de cuadros más tradicionales. Su presencia en ciudades tan importantes como Chicago, Filadelfia, Los Ángeles y Nueva York es creciente, y su capacidad para movilizar a una base joven y radicalizada por la crisis capitalista los convierte en un actor interesante.

También dentro el espectro trotskista, Socialist Alternative (SA) ha sostenido una presencia visible gracias a Kshama Sawant, concejala en Seattle durante varios mandatos y protagonista de la lucha histórica por el salario mínimo de 15 dólares la hora. Asimismo, el Socialist Equality Party (SEP) y otras organizaciones trotskistas más pequeñas completan dicho espacio, mientras que la International Socialist Organization (ISO) se disolvió en 2019 debido a una crisis.

También podemos mencionar al Partido Comunista Revolucionario (Revolutionary Communist Party USA, RCP), de orientación maoísta. El partido fue fundado y liderado durante décadas por el histórico Bob Avakian. El RCP combina una abundante producción teórica con un estilo organizativo que ha limitado mucho su capacidad de inserción en luchas concretas, principalmente por su perfil sectario. Su periódico Revolution y la web revcom.us están disponibles en internet, pero la organización y el propio Bob Avakian han sido objeto de críticas por el culto a la personalidad en torno a su figura —lo consideran el más grande pensador del mundo.

Merece nuestra atención en un sentido diferente el American Communist Party (ACP), fundado en julio de 2024 y dirigido por figuras conocidas en redes sociales como Haz Al-Din y Jackson Hinkle —provenientes del ecosistema de streamers políticos de internet. El ACP merece ser analizado con más precisión porque su existencia ilustra un fenómeno peligroso en la izquierda estadounidense, esto es, el socialchovinismo vestido con ropaje comunista. El socialchovinismo es, precisamente, la posición de aquellos que, proclamándose socialistas, subordinan los intereses del proletariado internacional bajo los del Estado imperialista contra el que habrían de combatir con mayor premura, esto es, el propio. El ACP encarna esta deformación de una manera particularmente burda, en tanto que su programa incluye la «promoción de la Civilización Americana» negando la naturaleza colonial en la fundación de la nación estadounidense. Asimismo, sus principales figuras han promocionado de forma activa un «comunismo MAGA» donde amalgaman ideológicamente un cuerpo teórico que pretende ganarse a la base trumpista con un pseudo marxismo que mantiene intactos el chovinismo nacional, la hostilidad hacia movimientos sociales como el feminismo y los derechos LGTB, y una retórica antiizquierdista. No en vano, el ACP es miembro del World Anti-Imperialist Platform, una plataforma que promueve los intereses de Rusia ocultándose bajo el disfraz del antiimperialismo mientras niega su condición de Estado imperialista. Esta cuestión específica es algo sobre lo que Lenin fue clarísimo, pues quienes en nombre del socialismo justifican el imperialismo de su propio país —o de cualquier otro—, abandonan el terreno del comunismo para no hacer otra cosa que pisotearlo. No es que el ACP sea una corriente heterodoxa del marxismo-leninismo estadounidense; es su negación en movimiento.

Cosmonaut y la renovación teórica marxista

En el panorama de la producción teórica estadounidense, Cosmonaut Magazine ocupa un lugar particular que merece un breve análisis específico. Fundada en 2018, Cosmonaut ha pasado a ser una de las publicaciones de referencia del marxismo en inglés, con una orientación que podría calificarse de marxista-leninista heterodoxa. Lo que hace tan interesante y distingue a Cosmonaut de otras publicaciones socialistas norteamericanas es su disposición para confrontar seriamente algunos problemas teóricos y estratégicos del comunismo contemporáneo sin caer en el dogmatismo escolástico de algunas tradiciones marxistas ni en el eclecticismo posmoderno de ciertos sectores académicos. Sus textos abordan ampliamente temas tan variados como la teoría del partido, la transición al socialismo, la historia del movimiento comunista internacional, la economía política marxista o la táctica sindical. Que haya sido precisamente Cosmonaut quien haya publicado uno de los análisis más rigurosos del ACP, desmontando su pretendido comunismo, dice bastante del papel que desempeña como referente crítico en el marxismo estadounidense.

Notable también ha sido la atención de Cosmonaut a los debates sobre la construcción del Partido y, en este sentido, su contribución sobre la posibilidad de construir una organización independiente del proletariado que compita electoralmente ha tenido una influencia muy relevante en ciertos círculos del DSA y otras apuestas políticas.

Junto a Cosmonaut, existen otras publicaciones contribuyendo al debate teórico como Jacobin Magazine, tal vez la publicación más influyente dentro del ecosistema DSA, con millones de lectores y una clara orientación socialdemócrata; Monthly Review, la histórica revista marxista fundada por Paul Sweezy y Leo Huberman en 1949; y Spectre Journal, fundada por ex miembros de la disuelta ISO.

Los movimientos sociales como escuela del comunismo

Analizar el comunismo estadounidense limitándonos a las organizaciones más formales sería entregar un trabajo incompleto, pues gran parte —por no decir la mayoría— de la actividad política viva en la izquierda estadounidense opera en los movimientos sociales.

Black Lives Matter, surgido en 2013 y movilizado masivamente tras el asesinato de George Floyd en 2020, ha sido el movimiento social más importante de la década anterior en EE. UU. En sus protestas movilizó a decenas de millones de personas, convirtiéndolas en la mayor ola de manifestaciones de la historia norteamericana reciente. Su significado político es treméndamente ambivalente, pues visibilizó enormemente la violencia policial sistemática contra la población negra pero su institucionalización y la captura de gran parte de sus líderes por el aparato demócrata reprodujeron un patrón histórico como el de la absorción de los movimientos radicales negros por parte de las facciones liberales de la burguesía.

Por otro lado, el sindicalismo está experimentando un renacimiento, y eventos como la primera sindicalización de uno de los almacenes de Amazon en Staten Island en abril de 2022 representaron un gran hito simbólico. La oleada de sindicalización en Starbucks, con más de 300 cafeterías organizadas en menos de dos años, puso en evidencia que los trabajadores del sector servicios podían organizar un contrapoder colectivo —que más adelante ayudaría en gran parte del éxito del DSA. Asimismo, la huelga del UAW en 2023, con acciones simultáneas en plantas de Ford, GM y Stellantis, demostró que incluso los grandes sindicatos, tan paralizados durante muchísimos años, podían recuperar una combatividad que parecía del todo perdida.

El movimiento de solidaridad con el pueblo palestino en los campus universitarios iniciado en octubre de 2023; la lucha de miles de estadounidenses frente a las actividades criminales del ICE contra la población migrante; el movimiento por la condonación de la deuda estudiantil; el ecologismo, o el movimiento por la vivienda en urbes como Los Ángeles y Nueva York también ejemplician algunos de otros tantos espacios sociales en plena ebullición. A lo largo y ancho de estos movimientos, militantes del DSA, RCA, PSL y otras organizaciones, han trabajado de forma constante —no sin eventuales fricciones— creando vínculos con activistas no organizados en grupos comunistas. No cabe ninguna duda que de esta relación surgirán futuros militantes comunistas que, paulatinamente, reconozcan la necesidad de elevar la lucha a un plano dialécticamente superior, esto es, la lucha por la revolución y el comunismo.

Las líneas de fractura

Es importante señalar que el movimiento comunista estadounidense está atravesado y mediado por diversas líneas de fractura que estructuran los debates y los conflictos internos, por lo que procede hablar de ellas. Nos centraremos específicamente en las tres que, bajo nuestro punto de vista, deberían de ser consideradas como las más importantes.

La primera atraviesa la cuestión del imperialismo y la política exterior. Esta fractura separa a organizaciones que mantienen una línea antiimperialista relativamente consecuente como FRSO, PSL, RCA y WWP de aquellas que la subordinan bajo la política doméstica. En este contexto, el DSA mantiene una posición oficialmente antiimperialista pero si observamos la práctica de sus representantes electos veremos que han apoyado o se han abstenido en votaciones importantes sobre el presupuesto militar, lo cual contradice esta posición fundamental. Asimismo, la cuestión palestina agudizó estas contradicciones cuando AOC votó a favor de los fondos estadounidenses para que Israel pudiera mantener su Cúpula de Hierro, esto es, un elemento que, aun siendo defensivo, permite mantener las operaciones militares ofensivas y genocidas de la entidad sionista.

La segunda está relacionada con la política de identidad y cómo ha de relacionarse con la de clase, esto es, gran parte de la izquierda estadounidense tiende a plantear la política a partir de categorías identitarias de tal modo que, desde una perspectiva marxista, puede concurrir en tendencias que oscurecen las contradicciones de clase. Esto, por supuesto, no significa despreciar o negar realidades objetivas como la opresión racial o de género —que son brutales en dicho país— sino articularlas de forma que la lucha de clases no reduzca ninguna de estas dimensiones. En otras palabras, ninguna lucha es parcial pero la de clases tiene la particularidad de entrelazar todas, en tanto que ninguna de ellas deja de estar mediada por el capital en tanto que elemento articulador de nuestra reproducción social.

La tercera fractura es de tipo táctico, es decir, el debate histórico entre reforma y revolución; entre construir dentro del sistema existente o plantear una ruptura con el mismo. Así. mientras que la victoria de Mamdani ha dado argumentos a aquellos que plantean la táctica electoralista dentro del Partido Demócrata como un movimiento que podría ofrecer resultados, otras organizaciones marxistas-leninistas contestan que, dichos resultados, por objetivos que sean, no mueven un ápice las estructuras propias del poder capitalista, por lo que la tarea continúa siendo la construcción de un partido proletario independiente y no estructurarse dentro de organizaciones abiertamente imperialistas como el Partido Demócrata.

Perspectivas y conclusiones

En EE. UU. se dan las condiciones objetivas para el desarrollo de un movimiento obrero de masas, pues el país se halla ante realidades como una desigualdad récord, una crisis de la vivienda terrorífica, el endeudamiento masivo de las familias, una precariedad laboral que cada día afecta a más capas de la sociedad, o un racismo sistémico. Por otro lado, las condiciones subjetivas, esto es, la conciencia de clase, la organización obrera o la existencia de un Estado Mayor del proletariado que canalice esas energías son menos evidentes, pero van paulatinamente en aumento. Desde aquí celebramos dicho aumento.

El DSA nos ha mostrado que el socialismo —al menos en su versión más edulcorada— puede ser atractivo para los habitantes de EE. UU., que decenas de miles de personas están más que dispuestas a organizarse y que una línea de masas procedentemente empleada produce resultados concretos —la victoria en Nueva York es el más evidente. Sin embargo, también ha mostrado ciertos límites, pues se integra en un sistema bipartidista donde se imponen techos que la voluntad militante no puede superar por sí sola.

Otras organizaciones representan una apuesta más coherente por la construcción de una organización revolucionaria de nuevo tipo fuera de ese marco, con una presencia cada vez más creciente en luchas concretas, manteniendo una coherencia antiimperialista que el DSA, pese a los grandes esfuerzos de sus bases, no ha sido capaz de sostener de forma constante desde su posición institucional. Asimismo, Cosmonaut y otras publicaciones teóricas afines ayudan a formar a toda una nueva generación de militantes que no vivió los tiempos del macartismo ni la derrota soviética.

Frente a todo lo anterior, el ACP representa un camino opuesto, es decir, la desorientación ideológica de una parte de la juventud radicalizada hacia el  socialchovinismo caricaturesco de internet y sus redes sociales, que vacía el discurso marxista para difundir un nacionalismo contrarrevolucionario. En este sentido, su presencia no es anecdótica sino un síntoma de que la crisis del capitalismo estadounidense también produce deformidades ideológicas; que la lucha por la hegemonía dentro del movimiento obrero tiene consecuencias materiales.

Lo que parece evidente desde una perspectiva revolucionaria es que el objetivo central sigue siendo el mismo planteado por Lenin, es decir, procede construir una organización política para el proletariado que sea independiente y capaz de articular luchas económicas con luchas políticas, presente en los sindicatos y los movimientos sociales de masas; que desarrolle una línea coherente frente al imperialismo y el Estado burgués, y que no subordine los intereses del proletariado a los de ninguna fracción de la burguesía por muy progresista que pueda parecer. El movimiento comunista estadounidense aún está lejos de de haber constituido esa organización, pero el proceso de politización que hemos podido observar a lo largo de la última década, la nueva oleada de sindicalización en diversos centros de trabajo, y la profundización de las contradicciones inmanentes al capitalismo, forman una serie de condiciones que hace décadas eran impensables. Por tanto, atender al desarrollo de este proceso con visión crítica es una tarea de primer orden para los comunistas de cualquier país, tanto para aprender de sus aciertos como para cuestionar sus errores.

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