
Hemos decidido inaugurar la nueva sección de Colaboraciones con este artículo de un militante comunista que ha decidido permanecer en el anonimato. Su aportación nos ha resultado de gran interés y esperemos que también lo sea para todo aquel comunista o interesado en la organización obrera en los centros de trabajo. La decisión de permanecer anónimo es más política que personal, pues la actividad comunista es necesariamente colectiva, incluso cuando se trata, como es este caso, de una obra «individual» -pero que incorpora comentarios y discusiones con otros camaradas- y requiere, las más de las veces, de una anonimidad preventiva con tal de mantener ciertas condiciones de seguridad.
El texto hace un recorrido lógico desde las luchas más espontáneas e individuales del proletariado hasta la lucha de clases y la revolución, pasando por todas las manifestaciones económicas y políticas de la conciencia. Manteniendo en todo el camino una premisa que, por más que parezca obvia, no es menos ajena al movimiento comunista en España: que la intervención en las luchas económicas y políticas del proletariado no es reformismo ni una desviación economicista, sino que es la única forma de transformar las luchas individuales en luchas colectivas, las luchas colectivas en luchas de clase y la lucha de clases en revolución.
Kursant
La Demolición y sus cimientos
Este texto surge de una petición expresa por parte de algunos jóvenes compañeros internacionalistas. Pretende ser una exposición concisa y esquemática de eso que llamamos «luchas económicas» y su conexión con la lucha de clase y con la revolución comunista. Los temas a tratar para poder llevar a cabo esta exposición de modo correcto son demasiados para unas pocas páginas de modo que hay que considerarlo así, como lo que es: un esquema.
Aún con las limitaciones que tiene espero que estas páginas contribuyan a la discusión y clarificación de posturas en torno al tema, pues es un tema central para todos los comunistas y más en general para todos cuantos se reclaman del proletariado y la revolución social.
Por decirlo de modo más esquemático aún: O se está con la lucha de los trabajadores o se está contra ella. O se está con la lucha de clase del proletariado o se está contra ella. Si se está contra ella no hay nada más que hablar. Si se está con ella los revolucionarios deberán dilucidar su sentido, su significado en el proceso revolucionario en general, y hallar los modos de contribuir a ella.
Estas modestas líneas, escritas por un militante desde lo profundo de sus convicciones, no representan la línea de ninguna organización o grupo. Aun así, desde el convencimiento de que los comunistas nunca trabajan solos ni para sí mismos, sino que desde cualquier circunstancia, inclusive la más completa soledad y aislamiento, lo hacen para la causa del proletariado y su partido, espero sirvan a los compañeros para avanzar en claridad y coherencia. También, desde el más completo desacuerdo con lo que aquí se expone: la crítica, la discusión abierta y franca, el contraste de posiciones, son herramientas de lucha y construcción de la organización revolucionaria.
1.- Los parámetros del enfrentamiento
2.- El burgués colectivo
3.- ¿Qué es una lucha económica?
4.- La trampa sindical
5.- La organización de los trabajadores
6.- De la lucha económica a la lucha de clase.
7.- Lucha de clase y revolución
8.- ¿Y los revolucionarios?
1. Los parámetros del enfrentamiento
En la sociedad capitalista existen dos fuerzas motrices fundamentales que definen el enfrentamiento de clases: la imperiosa necesidad del capital por valorizarse, generando valor a través de la explotación del trabajo asalariado, lo que lleva a un ciclo tras otro de acumulación de capital; y la necesidad de los vendedores de fuerza de trabajo, los trabajadores asalariados, por vender cara su mercancía: más salario por menos tiempo de trabajo.
La fuerza de trabajo es una mercancía particular pues está hecha de tiempo de vida de sus vendedores. Cuantas más horas de trabajo vende un trabajador menos tiempo de vida tiene para sí y más tiene el capital. El salario es la condición para el acceso al consumo de la clase trabajadora: para poder disponer de las cosas necesarias para la vida todos deben comprarlas en el mercado, los trabajadores solo obtienen el dinero necesario para hacerlo vendiendo al capital parte de su tiempo de vida, durante el cual este emplea su capacidad productiva en beneficio de la acumulación.
Así pues, los intereses de los trabajadores y los del capital son contrapuestos. Los trabajadores necesitan, en esta sociedad capitalista, dinero para acceder a las condiciones necesarias para la vida. El capital necesita sustraer tiempo de vida a los trabajadores —y sus fuerzas, energías, conocimientos, capacidad creativa —para continuar, ciclo tras ciclo, su proceso de acumulación. La necesidad de los trabajadores es una necesidad humana que con un poco de abstracción más allá del horizonte histórico del capitalismo identificamos como una necesidad universal: disponer de la propia vida y las condiciones materiales para ella. Las necesidades del capital son necesidades del propio sistema, que solo de modo casual e históricamente transitorio han podido coincidir con las necesidades de unas pocas o muchas personas.
Aunque frecuentemente, muchas veces a modo de sátira propagandística, se han identificado las necesidades del capital con las de la clase social que trajo el capitalismo a la historia y que hoy gobierna el mundo en todos los aspectos —la burguesía —los intereses del capital son autónomos de los intereses de la burguesía. Los burgueses pueden tener mucho interés en comer caviar y regodearse en los lujosos caprichos de una vida ociosa; pero cuanto menos ociosa sea la vida del burgués y menos caprichos se regale, más trozo de plusvalía quedará para el siguiente ciclo de acumulación. El mejor burgués es un burgués austero. Los intereses del capital ni siquiera coinciden con los intereses de cada dueño de capital: los intereses de la economía se han independizado de los intereses de los dueños de la economía.
2. El burgués colectivo
La clase poseedora, en la que creemos vislumbrar los intereses abstractos del capital está compuesta de una miríada de propietarios grandes y pequeños. Del pequeño accionista de banca ética al dueño individual de un obsceno monopolio, del propietario de una gasolinera al consejo de administración de la mayor de las petroleras. Unos y otros, unidos en su interés común en obtener el máximo beneficio posible de la explotación del trabajo asalariado, se enfrentan mutuamente en el mercado a través de la competencia.
Pero esta clase, enredada desde su origen histórico en una guerra interna despiadada, encuentra su coherencia y capacidad de conducir el enfrentamiento —contra otros burgueses, otros fragmentos de capital en competencia; y contra la clase a la que deben explotar para obtener su beneficio —a través del órgano político—militar que le da cohesión y coherencia interna: el Estado.
El Estado moderno, surgido de la lucha de la burguesía contra su predecesor histórico como clase dirigente —la aristocracia laica y religiosa— es el aparato mediante el cual una parte concreta —nacional —del capital domina sobre una porción de clase explotada e intenta imponerse en la competencia. Para ello construyó una maraña legislativa y cultural que homogeniza el mercado para garantizar condiciones óptimas de explotación del trabajo: la destrucción de los fueros, las viejas estructuras de propiedad comunal, las particularidades legales de villas y ciudades vienen de ese proceso. Pero también, la imposición de las lenguas nacionales recién creadas sobre los viejos continuos dialectales, la creación de una cultura —historia mítica, «tradiciones», gastronomía, etc. —y una identidad nacional. El Estado moderno es el Estado-nación, que es el marco legal y por tanto también militar, represivo y carcelario, de un trozo concreto, nacional, de capital. Da coherencia e instrumentos a toda la clase burguesa para optimizar sus negocios. Es decir, para optimizar la explotación.
En el enfrentamiento de clases, como veremos en breve, la clase trabajadora ya no se enfrenta a un capitalista individual sino al capital nacional —organizado en torno a su Estado —e internacional en su conjunto.
3. ¿Qué es una lucha económica?
Hemos definido esquemáticamente el enfrentamiento social básico que recorre la sociedad capitalista: necesidades humanas, encarnadas en las necesidades de la clase trabajadora, frente a las necesidades del capital.
Este es un enfrentamiento entre clases, no entre individuos. Es la clase explotadora en su conjunto, la burguesía, la que realiza la explotación del trabajo de la clase trabajadora. Por muy buen trato que depare un burgués concreto a sus empleados, por muy «buenas» condiciones laborales que existan en esta o aquella empresa. Muchos individuos de la clase explotadora ni siquiera realizan la explotación en primera persona: altos burócratas del Estado, jueces, generales, burguesía rentista, bien pueden no tener —y así es de hecho —ni un solo empleado; del mismo modo, muchos trabajadores no tienen trabajo y de mucho trabajo asalariado no se extrae ninguna plusvalía. El conserje de escuela o el administrativo de un ayuntamiento no producen ninguna plusvalía para sus empleadores, aunque realizan un trabajo que en la actual organización social del capitalismo resulta necesario para el funcionamiento del conjunto del sistema; esto es: para la continuidad del régimen de explotación asalariada.
En este contexto de enfrentamiento entre necesidades —humanas y del capital —se produce una lucha constante, la mayor parte del tiempo larvada, subterránea y frecuentemente individual. Escaquearse media hora del trabajo, entorpecer la producción con pequeños sabotajes cotidianos… son formas individuales de resistencia a la explotación. Pero todavía no son lucha de clases, ni siquiera son lucha propiamente.
La lucha surge cuando las condiciones de explotación se hacen insoportables o cuando los trabajadores descubren su propia fuerza para arrancar mejoras a sus patronos. Es de ahí que puede surgir la lucha que es por definición colectiva.
Decimos que la lucha surge, pero eso es inexacto y puede dar lugar a equívocos: la lucha supone acción y la acción supone voluntad. La acción colectiva, además, supone organización y acuerdo. Los trabajadores de La Revoltosa S.L. no pueden ponerse en huelga si nunca han hablado de hacerlo y si no lo han acordado. Si lo discuten y lo deciden habrán tenido que procurarse unos cuantos medios para tomar esa decisión –un sitio físico donde reunirse tal día a tal hora– y para ejecutar las decisiones –un portavoz, un comité de huelga, alguien que haga fotocopias, alguien que consiga un abogado ante posibles detenciones, qué piquetes, quién estará en ellos, dónde y cuándo–. La lucha surge, pero no surge en el reino de lo abstracto sino en el mundo real de lo concreto: surge porque quienes están implicados en la lucha han hecho que surja, en unas circunstancias concretas que no controlan pero sobre las que pueden intervenir.
En estas luchas económicas que surgen se plantean todo tipo de reivindicaciones, que podemos resumir en: menor tiempo de trabajo, mayores salarios, menor intensidad de trabajo.
Aunque estas reivindicaciones básicas y típicas de cualquier lucha económica entran en contradicción con las necesidades del capital no son obviamente una lucha contra el régimen de trabajo asalariado. No están atacando el salario en cuanto tal, están pidiendo mejores salarios. ¿No serían estas luchas reformistas?
Tenemos que situarnos de nuevo en el terreno de lo concreto para contestar.
La lucha frontal contra el régimen de trabajo asalariado significa lucha revolucionaria. La lucha revolucionaria es una lucha política mediante la cual la clase explotada trata de imponer a la clase explotadora sus propias condiciones, que en última instancia suponen una transformación radical de la sociedad —por eso se llama revolución.
Las luchas económicas no son todavía lucha revolucionaria, no son lucha política. Dicho de otra manera: las luchas económicas no son todavía lucha de clase.
Las luchas económicas por reivindicaciones grandes o pequeñas no son tampoco reformistas. El reformismo es la ideología que sostiene que es posible llegar a la sociedad sin clases, el comunismo, a través de reformas implementadas desde arriba, desde el Estado capitalista. Reforma tras reforma, decreto tras decreto, el socialismo iría llegando poco a poco. Ninguna lucha económica ha pretendido jamás semejante estupidez: conseguir arrancar tras una dura lucha determinadas mejoras a la clase explotadora no es una reforma, al menos no cae por sí misma en la construcción ideológica del reformismo –el socialismo reforma a reforma–. Las reformas las hace el Estado, las reivindicaciones se arrancan peleando: aunque las reivindicaciones de las luchas económicas –un aumento de sueldo– o políticas –jornada de x horas para todos– supongan de alcanzarse una reforma más o menos general, estas reformas no son regalos de la burguesía y su Estado sino dolorosas concesiones que se ve forzada a hacer tras una dura lucha. Equiparar, como hacen algunos, las reformas promovidas por el Estado para mejorar el marco general de la explotación y las concesiones arrancadas por los trabajadores es hacerse trampas al solitario.
El reformismo quisiera quitarse de en medio para siempre la lucha de clases y el conflicto social en general. Es un democratismo llevado a su extremo ridículo: el socialismo es posible y se consigue a través de reformas promovidas por el Estado, a condición por tanto de que los trabajadores y el pueblo en general voten a los partidos que deben –esto es, a los partidos reformistas de izquierdas–.
4. La trampa sindical
Como hemos dicho toda lucha requiere organización y acuerdo. Los trabajadores, para luchar, necesitan organizarse, asociarse entre sí.
Las organizaciones de trabajadores para la defensa económica se llamaron durante décadas sindicatos.
Sería necesario dar un largo repaso histórico para comprender cómo las organizaciones obreras para la lucha económica se convirtieron en eso que hoy vemos, las UGT y CCOO y sus hermanos menores. Esas organizaciones no son, evidentemente, organizaciones obreras. Son algo bien distinto: son mercaderes de fuerza de trabajo. Son los encargados de fijar el precio y condiciones de explotación de la fuerza de trabajo ante su contraparte empresarial. Son un trust, sancionado por el Estado y sus leyes y reconocido como legítimo en sus funciones por la patronal. Dicho de otro modo: son organizaciones plenamente integradas en el Estado capitalista, que reconoce y financia su función de establecer, junto a la patronal, las condiciones de explotación.
Esta integración de las antiguas organizaciones obreras en la maquinaria del Estado capitalista viene históricamente de la derrota del gran movimiento revolucionario que recorrió el mundo hace más de un siglo. El fascismo italiano fue pionero en esa integración, aunque se produjo en todos los países independientemente de la forma e ideología que tomara el Estado: de Estados Unidos a Rusia, de Alemania a Francia.
La práctica de esos sindicatos que podemos llamar amarillos, patronales, tricolores, rojigualdos… consiste en armonizar los intereses de los trabajadores con los del capital. Como dicha armonización no siempre es posible –y si llegamos al fondo del asunto siempre es imposible– de lo que se trata para la práctica sindical amarilla es de contemporizar, apaciguar, calmar a los trabajadores y, llegado el caso, sabotear abiertamente las luchas.
La armonización de la que hablamos está a la vista de todos: pedir subidas salariales, pero no –excesivas–, a menudo por debajo de la inflación; para no alimentar la espiral inflacionista o para no perjudicar a una empresa en apuros, cualquier excusa es buena. O hacer que los trabajadores marchen o hagan –huelga– por los propios intereses empresariales: carga de trabajo, menos impuestos, más subvenciones.
En consonancia con los siempre tibios objetivos de los sindicatos patronales están sus tácticas: no se trata nunca de lanzar luchas duras que se puedan salir de madre e incluso servir de ejemplo, sino sobre todo del simulacro de lucha, el espectáculo del conflicto que sea convenientemente recogido en los medios tras una audaz nota de prensa. Huelgas de pocas horas, en días sueltos, en solo un turno…Sobra decir que estas luchas sindicales respetarán siempre la legalidad, desde los servicios mínimos hasta el preaviso de huelga.
El objetivo es tener una clase trabajadora domesticada y sin dientes, incapaz de luchar por sí misma exclusivamente por sus reivindicaciones, que vea en los sindicatos patronales su única oportunidad para obtener alguna mejora, por mezquina y miserable que sea.
5. La organización de los trabajadores
Las huelgas no caen del cielo. Es necesario que de una u otra manera sean realizadas por los obreros.
Rosa Luxemburgo, Huelga de Masas, Partido, Sindicatos
A pesar de la transformación de la mayoría de organizaciones obreras en órganos del Estado capitalista, los trabajadores siguen necesitando luchar: las mismas condiciones de explotación que el capital impone a toda la clase explotada la impulsan a la lucha.
Y la lucha necesita organización. Llamemos a esta organización «sindicato» o llamémosla como queramos: sin organización, sin la asociación de los trabajadores entre sí, la lucha por la defensa de los intereses obreros no es posible.
Las luchas surgen, sí: a condición de que los propios trabajadores las hagan surgir, voluntariamente. Por supuesto esta voluntad está condicionada por la necesidad y la colisión de intereses enfrentados: son las condiciones materiales de existencia bajo el trabajo asalariado las que empujan en un momento dado a los trabajadores a la lucha. Pero los trabajadores no somos piedras sujetas a la ley de la gravedad. Ese materialismo vulgar, la otra cara del voluntarismo activista, debe ser combatido como veneno ideológico contra la lucha de los trabajadores. Incluso en las peores condiciones de explotación es posible luchar como es perfectamente posible no hacerlo. Y para luchar no es necesario solo el impulso de la necesidad material sino cierto grado de voluntad y determinación de quienes se lanzan al combate.
Así como ciertas dosis de voluntad colectiva son necesarias para luchar, la ausencia o debilidad de las luchas no puede achacarse a una supuesta falta de voluntad. Los trabajadores no dejan de luchar porque carezcan de voluntad; dicho de otro modo, la ausencia de voluntad de lucha es el producto histórico de la victoria de la contrarrevolución: no luchamos porque somos derrotados y esa derrota se alimenta tanto de la fuerza de la contrarrevolución estalinista y socialdemócrata como de las garantías sociales que la burguesía se permite dar —el famoso Estado del bienestar —a partir de la segunda postguerra mundial.
Pasamos de puntillas por este asunto central que explica en buena medida el cariz de las luchas actuales y sobre todo la aplastante paz social que parece dominar el mundo allá dónde miremos. La contrarrevolución —y muy especialmente la contrarrevolución estalinista —acabó con décadas de formación del movimiento obrero revolucionario. El enorme –hoy lo consideraríamos imponente– tejido asociativo —sindicatos, cooperativas, ateneos, casas del pueblo, periódicos, etc.– desapareció o pasó en bloque a trabajar para la conservación del capital. No solo acabó con todo el entramado organizativo que el movimiento obrero había construido, no solo eliminó físicamente a centenares de miles de militantes proletarios —y no es menor: la revolución vive en la mente y los actos de los militantes —sino que borró el horizonte histórico de las luchas obreras de la mente de toda la clase explotada: la sociedad sin clases, el comunismo. Peor aún, suplantó ese horizonte histórico por su caricatura deformada y grotesca, los regímenes del llamado socialismo real.
Es esta situación de derrota histórica de la clase explotada la que explica tanto la paz social reinante como la absorción del sindicato por el Estado, las prácticas sindicales democráticas y legalistas, la ideología democrática y reformista que impregna la práctica de miles de militantes obreros hoy, así como el miedo, la incapacidad, y la aparente falta de voluntad de lucha. Digamos por último que la contrarrevolución y décadas de paz social acunadas por el Estado del bienestar se llevaron consigo también una enorme tradición de lucha que el proletariado atesoraba: millones de proletarios carecen de cualquier experiencia de lucha colectiva directa o indirecta. Las prácticas de clase más elementales e instintivas –parar el trabajo y salir a la calle ante un accidente laboral grave, por ejemplo– no existen ya.
Sin horizonte, sin experiencia, sin organización, en manos de unos órganos especializados en el mercadeo de fuerza de trabajo y el mantenimiento de la paz social —los sindicatos patronales —los explotados tenemos hoy enormes dificultades para luchar, incluso para pensar en luchar. Y sin embargo las mismas condiciones de supervivencia que el capitalismo impone a los explotados asalariados empujan a la lucha. El mismo Estado del bienestar, que sirvió durante decenios para garantizar relativamente una paz social necesaria para los negocios hoy se resquebraja por todas partes y en todo el mundo.
De vez en cuando, aquí y allá, el precario equilibrio que mantiene la paz social se rompe y la necesidad empuja con más fuerza que todas las ataduras que nos sujetan y la lucha, en efecto, surge.
De la voluntad de lucha colectiva, determinada materialmente por los imperativos económicos —por las condiciones de supervivencia bajo el trabajo asalariado —mana, si es que la lucha ha de pasar de potencia al acto, la organización obrera. De nuevo: el nombre no es lo importante. Llamémoslo sindicato, grupo, ronda, piquete, asamblea, consejo…lo importante es comprender que una acción no puede llevarse a cabo sin la organización necesaria para hacerlo. La lucha de los trabajadores no puede ser llevada a cabo sin la organización de los trabajadores para la lucha.
La organización es premisa y resultado de la lucha de los trabajadores. Así como en el estallido de la lucha es necesaria una organización previa, por pequeña y rudimentaria que sea, la propia lucha desarrolla sus formas organizativas, su propia organización. Cuando concluye esta, tras la victoria o la derrota, algunas de estas organizaciones desaparecen —la asamblea de huelga, por ejemplo y obviamente —y otras permanecen en el tiempo.
Ni siquiera es importante en este punto atender a la forma organizativa que tomen las agrupaciones obreras antes y después de la lucha, sino a su contenido de clase. Si caen en la trampa sindical —y nos referimos aquí a las prácticas típicas de los sindicatos patronales o amarillos —de la moderación, el pasteleo y las luchas de desgaste, o si atienden en exclusiva a los intereses de clase, actuando con métodos de clase y desde la independencia de clase. Por supuesto, organizaciones plagadas de liberados a sueldo de la patronal y el Estado, que anteponen los intereses de la empresa a los de los propios trabajadores, entran en el primer grupo y no pueden ser consideradas desde ningún punto de vista organizaciones obreras.
6. De la lucha económica a la lucha de clase.
Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. De vez en cuando los obreros triunfan, pero se trata de triunfos efímeros. El resultado real de sus luchas no es el éxito inmediato sino una creciente unidad de los trabajadores. Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades. Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases.
Manifiesto del Partido Comunista
El resultado de las luchas económicas, para los trabajadores, no es nunca una victoria definitiva sobre los patronos. Las subidas salariales se esfuman con el aumento de los precios, cada mejora técnica que alivia el penoso trabajo lanza a miles al paro y la miseria. Pasamos menos tiempo en el trabajo que nuestros abuelos…a cambio de pasar horas en el metro y los atascos.
El verdadero valor de clase de los miles de pequeñas luchas que estallan a diario en todo el mundo es, en palabras del Manifiesto Comunista, la creciente unidad de los trabajadores.
Las cosas han cambiado desde los tiempos del Manifiesto, y las dificultades que el capital pone a la organización y unidad de los trabajadores son mucho mayores. Hemos visto ya, someramente, la trampa sindical con que los sindicatos patronales pretenden encerrar, limitar y domesticar las luchas. La misma división sindical, según la cual deberíamos defender nuestros intereses como trabajadores, o no, solo dependiendo de nuestra afiliación sindical es una traba más, que no existía en 1847. La ilusión reformista y pacifista, según la cual es posible conseguir mejoras duraderas que paulatinamente erosionen la división en clases de la sociedad, y que además es posible hacerlo estrictamente dentro de los límites legales y formales que el propio sistema establece, es uno más de los venenos ideológicos con que se intoxica el cerebro de los trabajadores para evitar su movimiento de lucha. No en vano, de nuevo en palabras del viejo Manifiesto, las ideas dominantes de una época fueron siempre tan sólo las ideas de la clase dominante.
Los obstáculos para que un grupo de trabajadores grande o pequeño se lancen al combate son enormes. Precisamente por eso cada pequeña lucha que es capaz de abrirse paso en medio de tremendos impedimentos tiene un valor incalculable.
Pero vayamos un paso más allá de las pequeñas luchas en una empresa, en una sola ciudad.
Las condiciones de explotación en esta etapa última del capitalismo –el imperialismo– no están dictadas por un empresario en particular. Es el propio capital a través de sus inversiones quien selecciona dónde colocarse en función de condiciones óptimas –para él– de explotación, que se homogenizan a través del burgués colectivo, el Estado capitalista.
Ningún pequeño burgués hostelero ha decidido que las condiciones de trabajo en bares y restaurantes sean una auténtica pesadilla para los trabajadores: se trata de condiciones generales en el sector, a las que se ha llegado sin ningún acuerdo conspirativo previo por parte de la patronal hostelera, y que solo han mejorado levemente por la escasez de mano de obra –la oferta y la demanda–. Lo mismo podemos decir de las condiciones laborales en la gran industria, el comercio o el transporte. Dicho de otro modo: las condiciones de trabajo particulares en una empresa cualquiera dependen de las condiciones generales de trabajo en el sector y en el país. Y estas condiciones generales son el motor silencioso de una eventual extensión y generalización de las luchas.
Las luchas surgen. Y, eventualmente se extienden de una empresa a otra, generalizándose. No es algo que ocurra todos los días ni todos los años, pero es algo que ocurre sin duda.
Como con cada pequeña lucha, el proceso de extensión y generalización parte de unas premisas: una organización de los propios trabajadores y una consciencia clara de sus intereses y sus enemigos. Las formas organizativas que toman estas luchas son «curiosamente» las mismas desde hace más de un siglo, sin que los trabajadores implicados hayan tenido que estudiar historia ni escuchar a los pedantes oradores de la extrema izquierda: la asamblea general de huelga, abierta y con voto a mano alzada; los comités de huelga con delegados revocables en todo momento.
La lucha que ha logrado, venciendo innumerables obstáculos, salir de los estrechos márgenes de la empresa y —mejor aún— del sector, ya no tiene enfrente a un empresario, a un CEO, a un accionariado. Tiene delante como enemigo claro a una parte de la burguesía y a su representante colectivo: la lucha económica se ha transformado, al transformarse en lucha por la mejora de las condiciones generales de explotación, en lucha política.
Las múltiples luchas que en el siglo XX se produjeron por la jornada de ocho horas, de Rusia a España, son ejemplos claros de luchas políticas con reivindicaciones económicas.
Estas luchas que partiendo de una miríada de pequeños conflictos locales convergen espontáneamente en un gran movimiento nacional –por su forma, que no por su contenido, en tanto se circunscriben a un territorio «nacional» concreto y tienen enfrente a un Estado nacional concreto–, en las que los trabajadores luchan como clase contra el capital y la clase social que encarna los intereses de este, ya no es estrictamente una lucha económica sino, más simplemente, lucha de clase.
La forma que toma la lucha de clase en nuestro tiempo y desde que hizo su aparición en Rusia en 1905 es la huelga de masas, que es lo que torpemente tratamos de explicar en los párrafos anteriores. Dejemos a una pluma mejor que la nuestra describirla:
Una tras otra, las profesiones, las fábricas, las ciudades abandonan el trabajo. Los ferroviarios son los iniciadores del movimiento, las vías férreas sirven de transmisor a esta epidemia. Son formuladas exigencias económicas, satisfechas casi de inmediato, en todo o en parte. Pero ni el comienzo de la huelga, ni su término dependen exclusivamente de las reivindicaciones presentadas, ni de las satisfacciones que se obtienen. La huelga comienza, no porque la lucha económica haya llegado a exigencias determinadas, sino, por el contrario, al hacerse una selección de exigencias que se formulan porque se tiene necesidad de la huelga. Existe la necesidad de comprobar por sí mismo, por el proletariado de otros lugares y en fin por el pueblo entero, las fuerzas que se han acumulado, la solidaridad de la clase, su ardor combativo; es preciso pasar una revista general de la revolución. Los propios huelguistas y quienes los apoyan, y quienes por ellos sienten simpatía, y los que les temen, y los que les odian, todos comprenden o sienten confusamente que esta curiosa huelga que corre localmente de un lugar a otro, recupera su impulso, y pasa como un torbellino; todos comprenden o, sienten que no obra por sí misma, que se limita a cumplir la voluntad de la revolución que la envía. Sobre el campo de operaciones de la huelga, es decir, sobre toda la extensión del país, está suspendida una fuerza amenazadora, siniestra, cargada de una insolente temeridad.
León Trotski. 1905: Resultados y perspectivas, 1906
En la huelga de masas los trabajadores pasan rápidamente del enfrentamiento particular de un grupo concreto de trabajadores con un empresario concreto a la lucha de la totalidad de la clase trabajadora —aunque sea inevitablemente de un territorio particular — con el capital en su conjunto, contra la burguesía en su conjunto: la lucha económica se transforma rápidamente en lucha de clase contra clase.
7. Lucha de clase y revolución
Tanto para engendrar en masa esta conciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una transformación en masa de los hombres, que sólo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; y que, por consiguiente, la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases.
La ideología alemana, K. Marx
La emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos
Estatutos generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores
Pero la lucha de clase no es la revolución, objetarán algunos comunistas «maximalistas».
No, la lucha de clase es la premisa de la revolución comunista, el suelo donde se puede desarrollar. La lucha de clase son los cimientos de la gigantesca obra de demolición que es la revolución comunista. Las luchas económicas por pequeños objetivos inmediatos son, si queremos seguir con la metáfora, una primera excavación en el suelo de la sociedad capitalista. Que en esa excavación arraiguen los cimientos revolucionarios no es algo seguro que se desprenda de cada pequeña lucha: lo que es cierto es que sin excavación no hay cimientos.
El paso de las pequeñas luchas económicas a las grandes huelgas de masas, que son políticas por definición, no es un paso mecánico ni se produce siempre. Lo que es seguro es que sin pequeñas luchas económicas no habrá huelga de masas y sin huelga de masas no habrá revolución.
Del mismo modo que no se pasa de la más aplastante paz social a la insurrección armada de un día para otro, no se llega a la revolución comunista sin miles de pequeñas luchas económicas «mezquinas» y «egoístas» que «no ponen en cuestión el trabajo asalariado».
El valor de las luchas económicas es de servir de escuela de la revolución, no obtener una subida de 50€, aunque esos 50 euros sean la diferencia entre calentarse o no en invierno y sean el motor que pone en marcha la propia lucha. Sin ese enfrentamiento primero, por un puñado de euros, unos minutos para el bocadillo o dos días más libres, asuntos «mezquinos» si se quiere, menudencias muy alejadas del objetivo último de la abolición del trabajo asalariado, la puerta a enfrentamientos más amplios, por objetivos más ambiciosos, por el programa histórico de la clase explotada, está definitivamente cerrada.
En las luchas llamadas económicas colisionan, como hemos estado explicando, dos intereses fundamentales: los intereses del capital por valorizarse y los intereses de los trabajadores. Los intereses de los trabajadores expresan, aunque sea de una forma rudimentaria y embrionaria, necesidades humanas universales, mientras que los intereses del capital expresan intereses particulares y esencialmente antihumanos, los de la acumulación de capital y todos sus subproductos necesarios como crisis cíclicas, guerra imperialista y destrucción ambiental.
La extensión y generalización de las luchas no es solo un fenómeno físico y geográfico sino que opera también a nivel de la conciencia de los trabajadores. La «transformación en masa de los hombres» de la que habla Marx «solo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico». Un movimiento práctico que no puede ser cualquier cosa, implicar a cualquier clase y tener cualquier objetivo. Es el movimiento práctico de la clase explotada, en defensa exclusivamente de sus intereses de clase.
El movimiento práctico de que hablamos no necesita ser inventado: es el propio movimiento de enfrentamiento entre intereses contrapuestos que se pone en marcha una vez tras otra, cada vez que un grupo de esclavos asalariados se lanza a la lucha. Este lanzarse a la lucha no necesita solo de una necesidad y un motivo —que no faltan nunca a los trabajadores sometidos al régimen del salario —sino de la voluntad, la capacidad y la posibilidad de hacerlo. No basta con necesitar mejores condiciones de trabajo que nos permitan sobrevivir con algo menos de estrechez: es necesaria la voluntad mancomunada de los trabajadores que ponga en marcha la propia acción; es necesario reunir los medios precisos para tener la capacidad de lanzarse al combate venciendo las trabas y dificultades que el propio sistema capitalista y su Estado ponen para el propio inicio de la lucha.
Debemos tener claro que sin ese movimiento práctico de la clase proletaria de defensa de sus condiciones de vida y trabajo más elementales ninguna revolución es posible.
En esta lucha, las masas obreras aprenden, en primer lugar, a reconocer y analizar, uno tras otro, los métodos de explotación capitalista, a comprenderlos, tanto en relación con la ley, como con sus propias condiciones de vida y con los intereses de la clase de los capitalistas. Al examinar las diversas formas y casos de explotación, los obreros aprenden a entender el sentido y la esencia de la explotación en su conjunto, aprenden a entender el régimen social basado en la explotación del trabajo por el capital. En segundo lugar, en esta lucha, los obreros ponen a prueba sus fuerzas, aprenden a unirse, a entender la necesidad y el valor de dicha unión. La ampliación de la lucha y la frecuencia de los choques conducen inevitablemente a una extensión aun mayor de aquélla, al desarrollo del sentimiento de unidad, al espíritu de solidaridad, en primer término entre los obreros de una localidad determinada, después entre los .de todo el país, entre toda la clase obrera. En tercer lugar, esa lucha desarrolla la conciencia política de los obreros.
V.I.Lenin, Explicación del programa, 1895
El paso de las pequeñas huelgas locales a enfrentamientos de clase generales no es, ni mucho menos, sencillo ni mecánico. Miles de pequeños conflictos estallan y terminan cada día con raquíticas victorias o dolorosas derrotas, sin ser preámbulo salvo en contadas ocasiones de enfrentamientos generalizados, políticos y llegados a cierto punto revolucionarios.
Las condiciones del enfrentamiento entre clases han cambiado enormemente en los 120 años que transcurren entre las primeras huelgas de masas modernas –las de Rusia en 1905– y nuestros días. En medio, dos guerras mundiales imperialistas; una revolución proletaria triunfal, posteriormente degenerada y pasada al campo enemigo por el aislamiento que trajo el fracaso del resto de revoluciones en Europa y Asia; una contrarrevolución aplastante y mundial que arrancó a mediados de los años 20 del siglo pasado, posibilitando la segunda carnicería mundial y prolongándose hasta nuestros días; desaparición de todo el tejido asociativo proletario o su integración, como hemos visto, en el aparato estatal.
La contrarrevolución, respuesta de la burguesía a aquellos enormes movimientos revolucionarios, no solo fue física y política, sino ideológica. Su huella se hace notar en nuestros días en la mente de cada explotado: en la confianza en el Estado y sus instituciones, en la fe en los sindicatos absorbidos por el Estado, en el pacifismo que deja al enemigo de clase el monopolio de la violencia sin discusión o la más leve protesta, en la sujeción a normas y leyes diseñadas expresamente para maniatar las luchas, en los medios de «comunicación» que no comunican más que los intereses de la clase poseedora.
La obediencia de antaño a reyes y obispos se ha transformado hoy en ilusión democrática: la creencia irracional en que nuestros problemas –los bajos salarios, los altos precios del alquiler, la precariedad o la guerra– son producidos por malos políticos: bastaría saber elegir, votar bien, para poner en lo alto a políticos buenos que los solucionen. Nos vemos arrastrados así a los juegos de poder de la clase enemiga, la burguesía, y sus enredos parlamentarios, supeditando una vez más nuestros intereses como clase explotada a los de nuestros explotadores, a la espera de milagrosas soluciones que vendrían de arriba, del burgués colectivo, del Estado capitalista.
Todo el entramado ideológico construido en exclusiva para sostener la explotación asalariada no puede ser destruido solo con propaganda y palabras: es necesario el movimiento práctico, la lucha de clases real, para hacerlo. Cada paso de movimiento real vale más que una docena de programas.
En determinadas condiciones las pequeñas luchas económicas se extienden, se generalizan. Las luchas económicas «puras» dan paso a luchas «puramente» políticas y viceversa. El movimiento se alimenta a sí mismo, a su organización, a su gente, a los trabajadores de carne y hueso que tienen que hacer —o nadie lo hará por ellos —la revolución que entierre definitivamente el capitalismo. El movimiento real cambia radicalmente las mentes de las mujeres y hombres que le dan vida: lo que ayer parecía imposible hoy está al alcance de la mano. El capitalismo, del que todos juraban que era eterno, puede ser demolido aquí y ahora. Y todo esto puede suceder porque un grupo de obreros abandonaron la empresa, dejaron quietas las máquinas, el ordenador, el tren, la viña, la pizarra y se echaron a la calle por lo suyo. Solo porque los trabajadores están dispuestos a pelear por su pan y su vida la revolución es posible.
8. ¿Y los revolucionarios?
Volvamos un momento a la realidad concreta de finales de 2024.
La revolución social no parece estar cerca. Una aplastante paz social, solo rota aquí y allá puntual y efímeramente, domina el mundo. Los Estados preparan una nueva gran guerra.
La clase trabajadora parece desaparecida, sin voz propia, sin capacidad para expresar sus más elementales reivindicaciones. Se oyen voces, ahogadas en el ruido de medios y redes sociales, que consiguen expresar vagamente el malestar de una clase desposeída. Decenas de pequeñas luchas, conducidas por los mercaderes de fuerza de trabajo que hemos dado en llamar sindicatos patronales, nacen y mueren.
No parece que el movimiento real capaz de transformar la conciencia de los hombres y cambiar radicalmente el mundo esté presente. No diremos nada nuevo si decimos que el panorama es desolador.
En estas condiciones ¿Qué pueden hacer los revolucionarios?
Sabemos, y es un hecho cierto, que la lucha de clases no puede ser decretada a voluntad. Y sin embargo algo podemos y debemos hacer, algo mejor y más allá que encerrarnos en nuestros cenáculos a pergeñar la teoría perfecta, el programa impecable para cuando la ocasión sea propicia.
Por su actividad, el partido debe contribuir a la lucha de clase de los obreros. La tarea del partido consiste, no en inventar procedimientos novedosos para ayudar a los obreros, sino en adherir a su movimiento y llevarle ideas esclarecedoras, en ayudar a los obreros en la lucha que han iniciado. El partido debe defender los intereses de los obreros, representar los de todo el movimiento obrero.
El programa dice que esta ayuda debe consistir, en primer término, en desarrollar la conciencia de clase de los obreros.
Esta conciencia de clase es la comprensión, por su parte, de que el único medio para mejorar su situación y lograr su liberación, es la lucha contra la clase de los capitalistas
La ayuda a los obreros debe consistir en señalar las necesidades más apremiantes, por cuya satisfacción debe lucharse, analizar las causas que agravan la situación de tales o cuales obreros, explicar las leyes y reglamentaciones fabriles, cuya violación –y las tramoyas fraudulentas de los capitalistas– somete a los obreros tan a menudo, a un doble saqueo. Debe consistir en señalar con la mayor exactitud y precisión posibles las reivindicaciones de los obreros y hacerlas públicas, en escoger el mejor momento para resistir, elegir la mejor forma de lucha, estudiar la posición y las fuerzas de ambos bandos en lucha, analizar si no existe la posibilidad de una forma de lucha aun mejor.
La segunda forma de ayuda debe consistir, como lo dice el programa, en contribuir a la organización de los obreros.
La tercera consiste en señalar el verdadero objetivo de la lucha, o sea, esclarecer a los obreros en qué consiste la explotación del trabajo por el capital.
V.I.Lenin, Explicación del programa, 1895
He aquí la tarea, que no es pequeña: desarrollar la conciencia de clase, ayudar en la comprensión de que el único medio para mejorar su situación es la lucha contra la clase de los capitalistas; señalar las necesidades más apremiantes, por cuya satisfacción debe lucharse; analizar las causas que agravan la situación; explicar las leyes y reglamentos; señalar las reivindicaciones de los obreros y hacerlas públicas; elegir la mejor forma de lucha; contribuir a la organización de los obreros; señalar el verdadero objetivo de la lucha.
El texto de Lenin viene de un tiempo en que los sindicatos, todos, eran aún organizaciones obreras y no habían sido absorbidos por el Estado. La presencia asfixiante de los sindicatos patronales de hoy en los centros de trabajo, las prácticas sindicales de colaboración de clases, de supeditación de los intereses de los trabajadores a los del capital, añade nuevas tareas:
Denuncia y crítica despiadada de las reivindicaciones sindicales antiobreras; denuncia de las prácticas sindicales de desgaste –huelgas de días alternos, por turnos, de un día…– y aislamiento. Apuntar las reivindicaciones correctas, de defensa intransigente de los intereses obreros, en cada situación concreta. Señalar las formas de lucha eficaces y clasistas, en contraposición al pasteleo sindical.
Los revolucionarios no podemos renunciar de ninguna manera a estas tareas que no sustituyen, sino que se suman a otras muchas. La lucha de clases es algo demasiado importante para dejársela a los sindicalistas profesionales a sueldo del capital mientras los revolucionarios se dedican a cosas «serias».
Décadas de sindicalismo amarillo «representativo», huelgas aisladas entre los muros de las empresas, «diálogo social» y componendas con la patronal nos han llevado a la calamitosa situación de precariedad y miseria actual.
Es tiempo de que los trabajadores, también los trabajadores comunistas, tomemos la lucha de clases en nuestras manos de nuevo.
