
La vigencia del fascismo
Hace unas semanas, los camaradas de Proletariat presentaban un artículo en el que examinaban la forma que el fascismo cobraba actualmente y los métodos para combatirlo. Los camaradas decían que:
El presente proceso de fascistización y hegemonización de la reacción coincide con el estado de desintegración del movimiento obrero y, especialmente, la inexistencia de su puntal más consciente, combativo y revolucionario que es el Partido Comunista. Si el fascismo de nuestros días, aupado por las nuevas derechas radicales, es la forma terrorista y abierta de la ofensiva del capital contra el trabajo como salida burguesa de la crisis de acumulación de capital está claro que las viejas organizaciones socioliberales y socialdemócratas carecen de toda capacidad para frenar y revertir este programa de ofensiva. Es por ello que la elaboración de una política antifascista consecuente solamente puede tener como punto de partida el abordaje estratégico que supone la reconstitución del Partido Comunista como órgano superior de la lucha de clases del proletariado. El Partido Comunista es el núcleo sobre el cual debe desplegarse la táctica defensiva de contención y enfrentamiento del fascismo y, a través de ella, desenvolverse la política revolucionaria comunista contra el capital. La estrategia de reconstitución del Partido Comunista debe elaborar las tácticas concretas que, en su despliegue, permitan el rearme ideológico, la elaboración del programa comunista y la organización política revolucionaria, teniendo en cuenta la particularidad que supone la constitución de éstos bajo una etapa de auge reaccionario. Si el fascismo se levanta como Partido de Nuevo tipo de la burguesía, los comunistas debemos forjar nuevamente el Partido de Nuevo Tipo del proletariado; si el programa fascista constituye la ofensiva abierta del capital contra el trabajo, se nos impone a los comunistas la tarea de levantar un programa propio capaz de articular políticamente al proletariado con el fin de neutralizar dicha ofensiva en todos los frentes.1
A lo largo de su artículo, que suscribimos en su totalidad, los camaradas desgranaban y explicaban que lo verdaderamente relevante de este auge del fascismo es que no toma hoy, no inmediatamente, la forma del fascismo escuadrista, sino que aparece como el influencer en redes sociales. Y esto parece presentar una divergencia sustancial en las tareas inmediatas de los comunistas: la constitución del Partido Comunista. Esta es una tesis, la del reemplazo de la construcción del Partido por una lucha «antifascista» contra el reaccionarismo, que defiende buena parte del movimiento comunista de España, a diferencia de lo que sostienen los camaradas de Proletariat –y también nosotros–.
Lo que muchos proponen hoy es que la lucha contra un fascismo todavía «inexistente» –es decir, que no ha tomado el poder– pasaría por el asistencialismo reformista capaz de arremolinar a las fuerzas de la «izquierda alternativa»; la inversión gradual y mediática de la correlación de fuerzas discursiva. Es decir, que hoy, la lucha contra el fascismo, sería un fin en sí mismo cuya consecución implicaría la reforma socialdemócrata a la radical y que esto, automática e inexplicablemente, supondría la restitución del comunismo. Esta formulación afirma que si el fascismo actual es mediático, entonces solo se le puede combatir mediáticamente, que si el fascismo confronta los escasos límites del reformismo institucional, la actividad de los comunistas solo se puede dirigir a la defensa de las «bondades» del Estado del bienestar. Y si el fascismo –o reaccionarismo– gana el discurso público, lo pertinente es desarrollar un actividad nítidamente mediáticas con tal de aprovechar el golpe propagandístico y retorcer el discurso en favor de las fuerzas «revolucionarias».
La crítica a estas recetas es tratada –aunque sucintamente– por los camaradas de Proletariat. Sin embargo, dado que el fascismo está hoy en boca de todos, creemos importante empezar echando la vista al pasado para examinar someramente el fascismo.
¿Qué es el fascismo?
Para poder responder a la cuestión del fascismo, y no solo a la amplísima gama de recetas que ofrece todo el espectro de la socialdemocracia, empezaremos por intentar definirlo. Nosotros creemos que la respuesta a qué es el fascismo es bastante más simple. Nos remitiremos a Dimitrov2:
El fascismo en el poder, camaradas, es, como acertadamente lo ha caracterizado el XIII Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero.
Y unas cuantas líneas después agrega que:
La necesidad de desplegar la lucha de masas contra el fascismo ha sido sustituida en varios países por razonamientos estériles sobre el carácter del fascismo «en general» y por una estrechez sectaria respecto a la posición y solución de las tareas políticas actuales del Partido.
Una definición simple, «positiva» y «antidialéctica», que dirían algunos. Ciertamente, tal vez la definición de Dimitrov no acabe de hacerle justicia a la realidad de un fenómeno tan complejo como multiforme si se lee a la superficial. Pero lo que la definición de Dimitrov sintetiza magníficamente es el planteamiento estratégico de lo que implica el fascismo. El fascismo es, en sus palabras, la destrucción de la mascarada democrático-burguesa y su reemplazo por la dictadura, por el poder de emergencia., del gran capital:
La subida del fascismo al poder no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino la sustitución de una forma estatal de la dominación de clase de la burguesía –la democracia burguesa– por otra, por la dictadura terrorista abierta.
En su ascenso hay que «apreciar suficientemente el significado que tienen para la instauración de la dictadura fascista las medidas reaccionarias de la burguesía que se intensifican actualmente en los países de democracia burguesía, medidas que reprimen las libertades democráticas de los trabajadores, restringen y falsean los derechos del parlamento y agravan las medidas de represión contra el movimiento revolucionario». Hablando en plata: las medidas antiproletarias de la burguesía en tiempos de democracia allanan o, mejor dicho, preparan el aparato estatal para el fascismo –sean o no conscientes de ello–.
Pero todavía queda aquí un elemento más, y es que el fascismo no solo «se acerca a ellas [las masas] con una demagogia anticapitalista, muy hábil, explotando el profundo odio de los trabajadores contra la burguesía rapaz, contra los bancos, los trusts y los magnates financieros y lanzando las consignas más seductoras para el momento dado, para las masas que no han alcanzado una madurez política»3, sino que:
El fascismo pudo llegar al poder, ante todo, porque la clase obrera, gracias a la política de colaboración de clase con la burguesía, practicada por los jefes de la socialdemocracia, se hallaba escindida, política y orgánicamente desarmada frente a la burguesía que despliega su ofensiva, y los partidos comunistas no eran lo suficientemente fuertes para poner en pie a las masas y conducirlas a la lucha decisiva contra el fascismo, sin la socialdemocracia y contra ella.
Para llegar al poder, el fascismo practica extensivamente el colaboracionismo de clases, generalmente embelesado por el ideal místico de la nación, sea ésta palingenética, espiritual, religiosa o las tres a la vez. Cuanto más desarrollado es el colaboracionismo de clases en un Estado, cuanto menor es la independencia organizativa real del proletariado de dicha nación, mayor es la facilidad del fascismo para alcanzar el poder, para propalar su ideología y para anidar entre las masas trabajadoras.
Así, en un sentido estratégico, lo que sea o deje de ser «un fascismo» concreto es relativamente irrelevante, como también lo es si un modelo político que escora al fascismo es «realmente» fascista. El punto fundamental es la distinción cualitativa entre la democracia burguesa al uso y una democracia burguesa cuya clase capitalista ha optado por declarar el Estado de emergencia permanente, es decir, que se ha convertido en una dictadura terrorista abierta. Decimos que esta, y no otra, es la distinción fundamental porque el carácter del Estado y el equilibrio de fuerzas de las clases sociales en un momento dado son los elementos que determinan el modo en el que se dará el trabajo político y, por ende, la que impondrá las necesidades, posibilidades y tareas inmediatas a acometer en la consecución de los objetivos políticos.
Entonces, si decimos que estamos de acuerdo con que «el fascismo en el poder, camaradas, es (…) la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios (…) del capital financiero» es porque el fascismo, en la fase que nos encontramos y con el objetivo que intentamos acometer, la creación del Partido, nos interesa únicamente en lo que se refiere a las condiciones en las que nos veremos obligados a trabajar. Nada más. El estudio académico concreto, la memoria, la denuncia extensiva de sus crímenes pasados y presentes en base al análisis historiográfico, etc., son cuestiones que ni nos corresponden, ni nos deberían interesar particularmente en la actualidad fuera de su utilidad política destinada al fin de la creación del Partido. Porque el combate contra el fascismo es el combate contra la burguesía financiera, es decir, la gran burguesía; y el instrumento indispensable para empezar siquiera a plantar batalla es el Partido. La única forma que puede tomar el antifascismo consecuente en el siglo XXI es la creación de un Partido obrero revolucionario. Teniendo esto en mente, los elementos a tener en consideración cuando se habla de fascismo y/ o de auge reaccionario son los siguientes, dispuestos sin ningún orden en particular:
– El estado de conciencia general de las masas obreras, cuya acción o pasividad haya podido servir para instituir un estado de emergencia que se corresponda con un clima cualitativamente distinto del que ofrece la normalidad burguesa.
– Las condiciones materiales existentes para desarrollar el trabajo político, es decir: el nivel de represión, la prohibición de literatura revolucionaria, los asesinatos políticos, la existencia de sindicatos controlados por el régimen, etc.
– La forma ideológica concreta del contexto en la que se manifiesta la defensa abierta del orden burgués: patria, familia y trabajo –es decir, explotación asalariada–.
Sintetizando y simplificando: qué es o qué deja de ser el fascismo «concretamente» es irrelevante para la tarea inmediata que se le impone al movimiento comunista, constituir el Partido. Lo que es verdaderamente relevante es comprender que el carácter esencial del fascismo no es la sustitución de un modo de producción por otro, sino el reemplazo de unas condiciones de normalidad democrático-burguesas por otras, cualitativamente distintas en tanto que represivas, dictatoriales, censoras, etc. Es decir, en lo que respecta al modo en que se debe dar la actividad política y en el que se debe combatir una retórica reaccionaria que puede resultar muy golosa atendiendo a la forma en la que se despliega y a quiénes son sus principales propagandistas en sus estadios iniciales. Y precisamente porque el fascismo no es nada más que la dictadura terrorista abierta de la burguesía financiera, y siendo que la burguesía financiera no es la de hace cien años, el fascismo actual se manifiesta de forma distinta que hace cien años. A éste lo llamamos «fascismo de nuevo tipo», pero veréis que ni el término, ni los métodos, ni las claves estratégicas presentan ningún misterio.
Fascismo «de nuevo tipo»
El fascismo es la modificación del carácter político de un régimen burgués, y no de su esencia, lo que significa que en su ascenso y consolidación empleará todos los resortes que brinden el modo de producción y la forma concreta, nacional e histórica que éste ofrezca. En nuestro artículo Leones con correa, dedicado al Frente Obrero, ya dijimos que el fascismo acostumbra a aparecer primero como un fenómeno de masas asociado primordialmente a la pequeña burguesía y a la aristocracia obrera, dos estratos de clase que por sus mismas características componen las cadenas de transmisión perfectas para la propalación de su ideario entre las masas o, lo que es lo mismo, para imprimirlo de un carácter interclasista. Esta situación se repite en la actualidad: ambos estratos son erosionados por el desarrollo general del capitalismo, que tiende a concentrar a la humanidad en sus dos grandes polos antagónicos: burguesía y proletariado. Pero la aristocracia obrera y la pequeña burguesía se resisten, algo en lo que contribuye la burguesía políticamente, más no económicamente. Entre los intereses de ambos está mantener el statu quo existente en un momento dado.
Examinemos brevemente a los dos protagonistas. La aristocracia obrera es el estrato superior del proletariado cuya relación con el modo de producción consiste en sojuzgar al resto de su clase en favor de mejores condiciones; y la pequeña burguesía es el estrato inferior de la burguesía al que su condición de propietario privado de los medios de producción le otorga unos intereses antagónicos a los del trabajador, si bien se asemeja a éste por su nivel de consumo, poder político, etc. Ambos estratos –aristocracia obrera y pequeña burguesía– están necesariamente enfrentados con las clases a las que pertenecen: la condición de existencia de la aristocracia obrera es la represión económica y extraeconómica del proletariado, y la pequeña burguesía libra una pugna constante contra la gran burguesía para mantener su cuota de mercado, cada vez más reducida. Además, de forma concreta, ambos elementos están en constante aislamiento, es decir, que son incapaces de organizarse políticamente por sí solos. La pequeña burguesía es incapaz por su condición de burguesía, de propietaria privada en competencia contra sus homólogos, porque compite contra sí misma; la aristocracia obrera lo es por su organización corporativista estrecha o, por el contrario, por su dispersión en el circuito productivo. Ambos estratos necesitan un poder exterior a su fracción de clase que encauce y haga valer sus demandas, y ambos estratos necesitan de un «medio», como si dijéramos, en el que propagar sus tesis para que éstas adquieran fuerza y un carácter verdaderamente masivo.
Históricamente hablando, la pequeña burguesía –urbana o rural– siempre optó por el partido fascista outsider que, en los tiempos de crisis, supliera unas funciones de protección que el Estado era incapaz de satisfacer bien fuera por la ausencia de desarrollo histórico en sus cuerpos represivos –es decir, porque su sistema judicial y propagandístico no se habían perfeccionado lo suficiente–, bien fuera por la situación de crisis general o, como ocurrió de forma común, por la combinación de ambas. Así se explica el crecimiento inusitado de los Fasci di Combatimento mussolinianos, garantes del orden en el campo italiano durante el Biennio Rosso, y también el de los nacionalsoscialistas hitlerianos, auxiliares inciertos –pero siempre fieles– de la policía de Weimar durante el atribulado periodo de 1929-1933. Esta defensa paramilitar de la pequeña propiedad, forma de agitación por los hechos, fue posible por la coincidencia de dos factores coyunturales: la existencia de una masa amplia de la población con instrucción y experiencia militar en situación de desempleo y, como ya hemos señalado, la incapacidad del Estado burgués de sostener el orden social y económico en unas condiciones dadas.
Sin embargo, la aristocracia obrera –entre la que incluimos, por cierto, al funcionariado y la policía– ha mostrado siempre una cierta predilección por la represión oficialista o, lo que es lo mismo, por el Estado. Claro que la aristocracia obrera de la primera mitad del siglo pasado era un recién nacido en términos históricos, y que su papel era mucho menos refinado, basado en la represión abierta, física. Del mismo modo, su existencia en el tejido productivo, absoluta y proporcionalmente inferior a lo que es en la actualidad, hacían de ella un candidato menos capaz para que constituyera el primer escalón en la llegada del fascismo a las masas. Hoy la situación es la inversa: la pequeña burguesía está en claro declive, no solo «económico», sino político, mientras que la aristocracia obrera, aunque también en decadencia, ha visto una expansión masiva a lo largo de las últimas cinco décadas. Por ejemplo, y sin contar con los cuerpos autonómicos, el número de policías en España ha pasado de los 116.379 en el año 2006 a los 156.463 efectivos en el año 2024, un incremento absoluto de un 34,46% en unos veinte años. La población de España apenas ha crecido en 4 millones de personas en el mismo lapso –de los 44.695.447 en 2006 habitantes a los 48.619.695 en enero de 2024–, lo que nos deja un incremento de 260 a 322 policías por cada 100.000 habitantes con una tasa de criminalidad que, tal y como hemos repetido por activa y por pasiva, tiende al estancamiento –si no a la baja–. Para dar algo más de perspectiva a estas cifras, en 1936, en vísperas de la Guerra Civil, se estima que la población de España rondaba los 25 millones de habitantes, mientras que la fuerza combinada de guardias civiles y de asalto alcanzaba un monto total de alrededor de 55.000 agentes o, lo que es lo mismo, 220 policías por cada 100.000 habitantes.
Tal vez parezca que el número de policías sea un indicador capcioso, que el crecimiento de la importancia política de la aristocracia obrera no se pueda ejemplificar con la ampliación de la fuerza bruta del Estado. No estamos de acuerdo. El crecimiento policial ha ido de la mano de la aparición y posterior expansión de una serie de ruines profesiones que hoy son del todo comunes: recursos humanos, ingenieros mercadotécnicos, asistentes auxiliares para el apoyo de la oficina de recursos estratégicos, y un largo etcétera. Una retahíla de profesiones cuyo objetivo es reprimir al proletariado económicamente, es decir, en la producción misma, con tal de incrementar su actividad, como describimos extensivamente hacia el final de nuestro artículo Sobre la aristocracia obrera. Y los practicantes de estas profesiones, de buena parte del funcionariado y de los cuerpos policiales tienen un ideario muy similar entre ellos, como cualquier persona que viva en sociedad habrá podido comprobar. Este ideario, expresado con mayor o menor crudeza, se manifiesta concretamente en cuestiones como el «miedo al okupa», el omnipotente odio a los inmigrantes, la noción de que ya nadie quiere trabajar… todas ellas percepciones superficiales si se toman por separado. En suma: rasgos «reaccionarios» de un pensamiento social que escora a la derecha y que hoy no son raros de oír por parte de obreros rasos. Pero a esto último se le llama agitación; una muy exitosa, agregaremos, porque depende no solo del bombardeo mediático, sino del mismo miedo que lleva al obrero a sufrir desorganizada y silenciosamente. Hace quince años, este tipo de argumentos no habían dado el salto definitivo, verdaderamente mediático, desde el redil en el que estaban confinados: comisarías, despachos de recursos humanos y pasillos de la administración pública. El «giro a la derecha» está protagonizado hoy por la popularización del discurso de la aristocracia obrera en crisis. Tanto da que en la versión «popular» de este discurso quepan el rencor unánime a los recursos humanos y la noción de la policía como un cuerpo necesario lleno de «ovejas negras», porque el punto es que el tipo de discurso que aprovecha el fascismo de nuevo tipo, el de la aristocracia obrera, anuncia el tipo de represión que vendrá.
En Leones con correa explicábamos que la reacción moderna ha adaptado su defensa de los tres pilares del capitalismo a las audiencias modernas, encontrando a sus «némesis exógenas al desarrollo del sistema» en las manifestaciones de su propia madurez histórica. El capitalismo tiende a destruir la familia, pero la familia es destruida por la gente trans; el capitalismo barre con las naciones, pero el problema son los inmigrantes; el capitalismo empobrece relativa y absolutamente al proletariado, pero el problema son los socialistas –muy a nuestro pesar nos referimos al PSOE–, los vagos y los inmigrantes –otra vez–. Pero la agitación no es ya práctica. El fascismo no defiende al pequeño comercio en la calle porque solo lo podría defender de la gran burguesía a la que obedece. No hay rojos a los que apalear porque el movimiento obrero no puede pasar tres días seguidos sin implosionar. No hay grandes mítines a disolver, porque no se producen; y no hay huelgas masivas que aplastar para las que la policía necesite la ayuda del escuadrismo, pues los faraones sindicales ya se encargan de dividirlas y desarmarlas. El orden reina en lo que se suele llamar «Occidente», pero las respectivas burguesías nacionales azuzan a sus respectivos Estados para que aprieten más fuerte, porque los beneficios no son ya los que eran y parece que se avecina una guerra.
El capitalismo no se enfrenta hoy al factor subjetivo del proletariado consciente y organizado, sino a las consecuencias de sus contradicciones internas. La burguesía no combate hoy contra unas masas obreras a las que se encargó de armar para librar su masacre imperialista, sino que intenta disciplinar a la fuerza de trabajo y engrasar la maquinaria bélica.
Es aquí que la aristocracia obrera de la que hablábamos hace un párrafo entra en escena. Como estrato superior del proletariado, ésta encarna los peores vicios del proletariado nacional desorganizado, arrinconado y desplumado. La «izquierda» defiende los impuestos abusivos, al partido «progresista» de turno, etc., lo que implica que el problema es el único receptáculo de lo que socialmente se entiende por «izquierda», la mal llamada socialdemocracia. Si el obrero inmigrante trabaja más por menos horas, los voceros del nuevo fascismo se encargan de subrayar sus peores dejes, de magnificar una tasa de criminalidad irrisoria que, agregaremos, es sintomática de una sociedad adormilada. Y la receta es y será expulsarlos a todos. Y así en lo sucesivo. El discurso de la aristocracia obrera cala mejor entre el proletariado porque ésta, como aquél, participa de la producción de un modo similar, es decir, mediante la venta de trabajo; y sus experiencias subjetivas, aunque separadas por un abismo, son mucho más digeribles para el obrero raso porque un burgués, por pequeño que sea, siempre será leído como un avaro, siempre recibirá, por diluida que sea, esa latente y primigenia aversión que siente el trabajador hacia el empleador. Si la pequeña burguesía era un dispositivo propagandístico magnífico por sus connotaciones moralistas –que todavía persisten a día de hoy–, la aristocracia obrera es el mejor agente que existe para hacer efectiva la fascistización, pues, al fin y al cabo, su trabajo ya es el de disciplinar, encauzar y dividir a la clase obrera de forma económica y extraeconómica.
Y precisamente porque aquella crisis a la que respondería el fascismo de nuevo tipo no se manifestaría en un agente social hostil al modo de producción que actúe consecuentemente en su contra, el escuadrismo y el asesinato político son rarezas en occidente. La burguesía no necesita aprovechar un movimiento reaccionario previamente existente, despojarlo de aquellas características que le parecen menos apetecibles y convertirlo en la nueva religión de Estado. En el occidente del siglo XXI no se producirá una purga de los nazis de izquierda o una respuesta al Golpe de Marzo4, porque ninguno de los grupos existirá. El fomento de esa «dictadura terrorista abierta» no lo encontramos en un partido extraparlamentario, ni siquiera en un solo partido, sino que es hoy un asunto que atraviesa a todas las instituciones estatales, mucho más modernas y preparadas para instaurar un fascismo verdaderamente funcional a los intereses de la burguesía financiera. Precisamente por eso el peso de la agitación de masas ha pasado de la pequeña burguesía a la aristocracia obrera, y precisamente por esto decimos que plantearse una lucha contra el fascismo en base a los «viejos métodos» tiene incluso menos utilidad que en el pasado –y esto sin contar con que, en el pasado, a diferencia de hoy, existían partidos comunistas numerosísimos–.
De este modo, el fascismo, es decir, la gran burguesía financiera, no recurre al terrorismo abierto en su etapa pre-estatal porque ni puede desarrollar el tipo de actividad agitativa que le convendría, ni quiere dar pábulo a grupúsculos que podrían escapar su control. En su lugar, la gran burguesía prepara el fascismo de nuevo tipo fomentando la división entre el proletariado, financiando la guerra cultural entre un reformismo que canaliza los anhelos de las masas progresistas y una reacción que da respuestas «sencillas» –burguesas– a problemas complejos, cuya solución no puede pasar por los cauces democrático-burgueses. Esta guerra cultural no es más que la manifestación última, a veces inconsciente, de un proceso de disciplinamiento que va mucho más allá.
Estados Unidos, verdadera vanguardia de occidente, enseña el camino. Bajo el pretexto de «recortar gastos», Trump dio vía libre a Musk y su DOGE para despedir funcionarios «improductivos», cuando lo que realmente ocurrió fue una purga ideológica de una porción sustancial del funcionariado.5 Para iniciar su maniobra propagandística contra el proletariado inmigrante, Trump no dio rienda suelta a la miríada de milicias fascistas del país que le han jurado apoyo, sino que integró estratégicamente a alguno de sus representantes en el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés), organismo policial antinmigración que cuenta con casi 30.000 miembros –y sumando– y al que el presidente ha dotado de una partida presupuestaria exorbitada: 45.000 millones de dólares para construir prisiones y 14.000 millones extra –que se agregan a la partida de 8.000 millones– para las operaciones en el terreno6. El precio para deportar a los inmigrantes o someterlos a trabajos forzados en los centros penitenciarios, según convenga, es el triple de lo que «cuestan las pensiones a la juventud española». Creemos que estos ejemplos son suficientes.
Estas políticas, a nuestro parecer, demuestran qué camino seguirá el fascismo de nuevo tipo. Se desplegará directamente desde el Estado, y seguramente de modo gradual, aprovechando la desarticulación del proletariado y la ausencia de su Partido. Se presentará, al menos inicialmente, como menos «violento», aprovechando la propaganda mediática, pero dejando un cierto espacio para que la industria del entretenimiento «respire». Dicho de otro modo: los capitalistas de la industria mediática seguirán gozando de una cierta libertad porque, al final, ellos también participarán de este fascismo. Esta mascarada discursiva, más estrecha que la actual, claro, se justifica tanto por las ganancias como porque no es ya necesario replicar las prácticas culturales de un comunismo que no existe. Los desfiles, mítines y el culto al Estado burgués no son necesarios a día de hoy en la medida en que lo eran el siglo pasado porque no hace falta encauzar al proletariado retorciendo las prácticas políticas de masas que le eran propias. Lo importante ahora es garantizar el consumo, incrementar la producción y, sobre todo, aplastar al elemento ajeno que, lejos de poner en jaque el sistema, es una manifestación de sus propias contradicciones.
Cómo combatirlo
La primera pregunta que deberíamos hacernos es: ¿el fascismo merece un combate distinto al que merece la democracia burguesa? La respuesta es que sí, pero no por su carácter o por su esencia misma, sino por las condiciones que impone, sustancialmente distintas a aquellas existentes bajo la legalidad burguesa diremos «normal».
Como hemos dicho, en la actualidad, el fascismo ascensional se suele presentar en la «batalla cultural», y es aquí donde se presta batalla. La lucha discursiva, los datos, la propaganda y la agitación disociadas de la actividad real entre las masas caen en saco roto. Jugamos aquí contra sus normas, contra todos los medios de comunicación, contra los caprichos de un sistema informático que busca los titulares más inflamados posibles que, para sorpresa de nadie, suelen ser los más reaccionarios. Pero si la lucha propagandística no da frutos en las condiciones de absoluta legalidad, en las que la difusión de la propaganda comunista es totalmente plausible y cuenta con tantos altavoces como le es posible, ¿cómo podrá prosperar esta estrategia en un contexto de creciente represión? Si, por ejemplo, las manifestaciones en favor de la lucha de liberación nacional de Palestina, que a pesar de su escaso seguimiento laboral lograron gran revuelo mediático, fueron absolutamente instrumentalizadas por el PSOE, ¿cómo se pretende que el aparato propagandístico por sí solo sea capaz de hacer frente a la vorágine fascista? De igual modo, la cacareada independencia política del proletariado, consigna con la que no podríamos estar más de acuerdo –al menos en abstracto–, no es efectiva. ¿Exactamente cómo se pretende conseguir la misma si las condiciones de legalidad en las que el tipo de propaganda que se realiza no es efectiva desaparecen y en su lugar aparece la represión desnuda? Tanto lo mismo ocurre con las alianzas con otras clases sociales. No nos oponemos a las alianzas tácticas. Precisamente por ello creemos que, en unas condiciones dadas, como las de la España de 1936, la estrategia del Frente Popular podría haber resultado. Al fin y al cabo, y sin contar con la brevísima Guerra Civil Austríaca, la República española fue la única que logró resistir tres años al fascismo nacional e internacional. Y, sin contar con ella, el único país que logró presentar un combate resuelto contra el fascismo venciendo en el intento fue la Unión Soviética. Pero, ¿con qué fuerza política se sugiere pactar hoy? ¿Con el social-liberalismo que representa la cara amable de la burguesía? Podríamos considerar una alianza táctica con las pequeñas burguesías nacionales radicalizadas a la izquierda, así como con determinados sectores de la pequeña burguesía extranjera. Pero para que exista una alianza táctica han de existir al menos dos fuerzas. ¿Qué fuerza militante poseen las primeras? ¿Qué fuerza poseen hoy los comunistas? ¿Cómo es que se quiere empezar la casa por el tejado, si entre las filas del comunismo el proletariado sigue siendo minoritario? Esta flexibilidad ya es planteada por los camaradas de Proletariat –las negritas son nuestras–:
Un primer plano debe ser la construcción de un amplio frente de masas antifascista con el conjunto de destacamentos comunistas, así como con los amplios movimientos sociales, organizaciones sindicales, organizaciones barriales, coordinadoras anti-represivas y coordinadoras antifascistas locales que sirva como muralla capaz de poner freno a la ofensiva fascista. Estos amplios frentes de masas (sindicatos, movimientos de vivienda, organizaciones culturales, organizaciones de barrio, coordinadoras antifascistas etc) deben por naturaleza estar abiertos al conjunto de la clase, deben entroncar a amplios sectores de la clase obrera independientemente de su nivel de consciencia política. Ahora bien, los comunistas no debemos limitarnos a ser un mero partícipe más, nuestra intervención debe colocarnos como núcleo sobre el cual se vertebra dicho frente de masas, conquistar la posición de vanguardia dentro de ellos. La lucha antifascista no es un fin en sí mismo, sino un medio por el cual realizar el programa comunista y organizar la lucha revolucionaria del proletariado contra el capital en su conjunto. Es por ello que los comunistas deben intervenir en dichos frentes de masas con el objetivo de hegemonizar la línea revolucionaria dentro de los mismos, haciendo efectiva dentro de ellos la independencia política e ideológica del proletariado y romper con ello las amarras con el reformismo.
Pero –y este es un gran pero–, la apertura a la colaboración en los frentes de masas antifascistas tiene una precondición esencial:
La fusión del socialismo científico con nuestra clase a través de la organización política desde los centros de trabajo es la base organizativa del Partido Comunista cimentada sobre la transformación en cuadros de los obreros avanzados que llevan adelante las luchas de nuestra clase.
Y es únicamente en un momento posterior, y solamente habiendo logrado este objetivo:
La efectiva proletarización de las filas comunistas abre el siguiente nivel de intervención: la línea de masas comunista.
Que queda definida en unas líneas más arribas. Si en el anterior apartado hacíamos hincapié en las características concretas de la actividad económica y social de la pequeña burguesía y la aristocracia obrera es porque, a diferencia de ellas, el proletariado se organiza políticamente de un modo distinto. Las dos clases anteriores, decíamos, necesitan de un poder externo a sus clases que haga valer su voluntad. Esta voluntad, claro, es traicionada tan pronto como la verdadera clase que encarna el dictador de turno, la gran burguesía, así lo decide. Pero, a diferencia de las dos anteriores, el proletariado no necesita de un poder externo para organizarse. Las mismas condiciones concretas que hacen de él la clase revolucionaria son su mayor arma contra el fascismo.
La llegada del fascismo o el incremento de la represión exige un reforzamiento de la clandestinidad, y no la apertura masista; necesita de un centro político desde el que desplegar la actividad incluso aunque se impongan la censura y las restricciones al movimiento y la expresión política en el espacio público. Este centro político, resulta, debe permanecer abierto incluso en el más excepcional de los Estados de sitio. Nos referimos, cómo no, al centro de trabajo. Es imperativo que las organizaciones comunistas basen su actividad en el centro de trabajo, en los obreros avanzados. Esto no implica hacer sindicalismo ni necesaria ni inmediatamente. En las condiciones que intentamos definir en este artículo, de hecho, el sindicalismo seguramente sería impracticable. Lo que implica organizar a los trabajadores en el centro productivo es establecer contacto con ellos en el puesto de trabajo, contar con círculos, células o individuos avanzados capaces de trabajar en la clandestinidad aprovechando el puesto en que se relaciona con sus iguales y con sus opuestos simultáneamente. En el centro de trabajo se atisban las principales contradicciones en mayor o menor medida, sean éstas económicas o políticas. La organización en el centro productivo no solo tiene más posibilidades de supervivencia que la organización de masas basada en el acto público, sino que en condiciones de clandestinidad o de legalidad ofrece un lugar desde el que vehicular la agitación y propaganda de tal modo que interpele a un conjunto de individuos que se reconocen como iguales y que, a tenor de la forma en la que se desarrolla la vida en nuestro país en la actualidad, vive en distintos lugares, lo que permite una propagación constante y expansiva.
Y es que uno de los rasgos fundamentales del fascismo, uno que hemos repetido a lo largo y ancho de este artículo, es que representa la dictadura abierta de la gran burguesía, y, por lo tanto, no modifica la esencia del modo de producción capitalista ni puede escapar a sus contradicciones. Por lo tanto, el fascismo, por más que invierta grandes cantidades de propaganda para ocultarlo, sigue necesitando de la explotación asalariada para reproducirse. Los centros de trabajo representan un espacio organizativo permanente dentro del modo de producción capitalista independientemente de si la forma que toma es de normalidad democrática o de dictadura abierta.
Paradójicamente, en la actualidad, la lucha contra el fascismo no lleva necesariamente al reforzamiento del movimiento obrero o la constitución del Partido Comunista. Es al contrario: la creación de un Partido Comunista profesional, revolucionario, en contacto con las masas y enraizado en las centros productivos es la única garantía para acabar con el capitalismo, verdadero y único origen del fascismo. Solo hay un modo de luchar contra el fascismo, y este camino fue señalado por los bolcheviques en su actividad contra la autocracia zarista: la creación de un partido leninista profesional capaz de aprovechar hábilmente las condiciones dadas. Un partido enraizado en las masas, conformado por ellas, capaz de alzar núcleos allí donde desaparecen, de reemplazar a sus cuadros profesionales tan pronto como éstos caigan. Y un partido de estas características pasa, primero, por volver a poner en el centro el trabajo con el proletariado en los centros productivos.
Tal y como señalaban los camaradas de Proletariat, la única forma eficaz de combatir contra el fascismo hoy es la lucha por la construcción del Partido Comunista. Dicho por ellos:
La estrategia antifascista queda así sintetizada: reconstitución del Partido Comunista a través de la lucha ideológica entre destacamentos y la proletarización de las filas comunistas; creación de un amplio frente de masas antifascista con el conjunto de organizaciones de clase cuyo fin sea agrupar a grandes masas de proletarios frente a la ofensiva fascista; hegemonizar los distintos sectores del frente de masas para que, al mismo tiempo que se enfrenta al fascismo en todos los frentes, se llevar adelante el programa comunista de oposición al capital y emancipación del proletariado.
- Proletariat. Combatir al fascismo en todos los frentes: política comunista y estrategia antifascista. Disponible en: https://proletariat.site/combatir-al-fascismo-en-todos-los-frentes ↩︎
- Georgi Dimitrov, La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional en la lucha por la unidad de la clase obrera contra el fascismo, escrito en 1935; primera edición como informe ante el VII Congreso Mundial de la Internacional Comunista (2 de agosto de 1935). Obras completas, Editorial del PCB, 1954. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/dimitrov/1935.htm ↩︎
- Las negritas son nuestras ↩︎
- Nos referimos al intento de golpe de Estado en Japón protagonizado por el Sakurakai (Sociedad de los cerezos) en marzo de 1931. Aunque el casus belli para el golpe fue forzar al gobierno civil japonés a iniciar una invasión a gran escala en Manchuria, el Sakurakai es considerado como uno de los sectores izquierdistas del «ultranacionalismo» –es decir, fascismo– japonés, principalmente por sus recetas económicas «socialistas» expuestas por Kita Ikki en su obra Esbozo de un plan para la reorganización del Japón. Ikki y los remanentes del Sakurakai serían purgados definitivamente tras el intento de golpe de febrero de 1936, cuando el ala ultranacionalista del ejército imperial intentó deponer a la facciónTōseiha, brazo militar de la burguesía liberal y modernizadora –aunque también fascista–. ↩︎
- Disponible en: https://web.archive.org/web/20250215143830/https://www.washingtonpost.com/politics/interactive/2025/doge-playbook-dei-trump/ ↩︎
- Disponible en: https://elpais.com/us/2025-07-05/un-presupuesto-sin-precedentes-para-el-ice-y-mas-dinero-para-la-frontera-la-reforma-fiscal-de-trump-impulsa-sus-planes-migratorios.html ↩︎
