Crítica a «Intercambio Desigual y Tercermundismo»
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A raíz de la colaboración que publicamos recientemente titulada «Intercambio Desigual y Tercermundismo» –disponible aquí– nos ha llegado una aportación al debate que se reconoce en algunas críticas al tercermundismo presentes en el artículo de Jacinto, pero también encuentra ciertas limitaciones en su crítica.

Creemos que los comunistas tenemos como tarea pendiente la comprensión del movimiento del capital una vez establecido a escala internacional, pues es bajo estas condiciones que los comunistas debemos actuar actualmente. Para ello consideramos que publicar esta aportación puede y debe ser útil para hacer avanzar una discusión cuyas consecuencias son más políticas que teóricas: la posibilidad de la reconstitución del Partido Comunista en el centro imperialista. Partiendo de la certeza compartida de que la mayoría proletaria de los países del centro no constituye una clase parasitaria del resto de sus camaradas del mundo.

Kursant

Crítica a «Intercambio Desigual y Tercermundismo»
Nota preliminar

Esta revisión incorpora las observaciones que los camaradas de Kursant me hicieron llegar tras leer una primera versión de este texto. Tres correcciones importantes se desprenden de su respuesta: primero, que los conceptos de «superexplotación» y «transferencia de valor mediante intercambio desigual» no pueden usarse como categorías dadas por sentadas sin antes entrar en la discusión sobre su consistencia con el despliegue lógico de las categorías marxistas, discusión que Kursant desarrolla en extenso en su documento «Sobre la aristocracia obrera»; segundo, que señalar la definición «ecléctica» del tercermundismo como falla del artículo de Jacinto es un error de enfoque, dado que esa eclecticidad es precisamente una característica constitutiva del tercermundismo como corriente, y no una omisión del análisis; tercero, que exigirle a un texto acotado una propuesta estratégica sobre la construcción del Partido excede su alcance temático, siendo que Kursant ya desarrolla esas propuestas en su Programa y en «Proletarización». Asumo estas correcciones como válidas e intento incorporarlas con honestidad.

1. Lo que el artículo logra: puntos de acuerdo genuino

La pregunta que ordena el artículo de Jacinto es genuinamente política: si el proletariado del centro imperialista tiene o no un potencial revolucionario real, o si, en cambio, su acción política queda reducida a «el seguidismo a una coalición interclasista en la periferia, supuestamente aliada de la revolución internacional». Plantearlo así desde el principio es un aporte, porque despeja la discusión de una niebla académica y la coloca donde corresponde: en el terreno de la estrategia comunista.

La consecuencia más grave que Jacinto extrae del tercermundismo es la más importante: que, bajo esos presupuestos, «en nuestros países «centrales», el partido revolucionario clasista, más aún si se entiende como un partido enraizado en los puestos de trabajo y sus luchas, carecería del más mínimo sentido». Esta formulación es correcta. Si la clase obrera del centro imperialista es, por definición, una casta parasitaria, entonces toda política comunista en esos países se reduce al voluntarismo o al liquidacionismo. Jacinto identifica el problema real.

La reconstrucción genealógica del tercermundismo es también un trabajo útil. Jacinto rastrea con claridad el camino que va de Prebisch y la CEPAL hasta Emmanuel, pasando por la escuela de Monthly Review, y muestra cómo estas corrientes terminan confluyendo en posiciones que niegan la centralidad del proletariado como sujeto revolucionario en el centro imperialista. El ejemplo del Kommunistisk Arbejdskreds danés es particularmente valioso: demuestra que la deriva liquidacionista «se tradujo en la práctica […] en la puesta en marcha de operaciones legales e ilegales […] con el objetivo de recaudar dinero y ofrecer apoyo material […] al PFLP palestino». No es una exageración polémica sino un resultado histórico documentado.

El esfuerzo por explicar las diferencias salariales entre países a partir de la distinción marxista entre trabajo simple y trabajo complejo es el aporte más original del texto. Jacinto rechaza correctamente la concepción de Emmanuel, que hace del salario una «variable independiente» políticamente autónoma, separada de la ley del valor. Frente a eso, sostiene que los salarios más altos en el centro imperialista reflejan, al menos en parte, el mayor costo de producción y reproducción de una fuerza de trabajo más compleja. La intención es correcta y el fundamento marxista, sólido.

2. Sobre el foco en Emmanuel: un método justificado

En una primera versión de esta crítica señalé que reducir el tercermundismo a Emmanuel era una simplificación. Tras releer el artículo en el contexto del documento «Sobre la aristocracia obrera» de Kursant, entiendo que esta objeción estaba mal formulada. El tercermundismo, tal como lo señalan los propios camaradas, «no existe en una forma pura y definida ni como un corpus teórico delimitado, sino en forma de una serie de intuiciones y corrientes distintas que, llevadas hasta sus últimas consecuencias, redundan en el liquidacionismo». Dado que así es, criticar la versión más coherente y desarrollada de esas intuiciones, es decir, la de Emmanuel, es un procedimiento metodológico legítimo: permite mostrar adónde conduce la lógica interna de esas posiciones cuando se las lleva hasta el final, independientemente de que la mayoría de sus sostenedores actuales no sean conscientes de ese desenlace o lo eviten por inconsistencia.

Dicho esto, sí creo que existe una observación todavía válida: hay autores del campo dependentista, en particular Samir Amin, cuya distancia respecto de Emmanuel es suficientemente grande como para que una refutación de Emmanuel no los alcance directamente. Amin no hace del salario una variable independiente desconectada de la ley del valor. Su crítica a Emmanuel en ese punto está incluso en la dirección que el propio Jacinto desarrolla: el intercambio desigual, para Amin, se produce cuando las diferencias salariales exceden las diferencias en productividad. Esto no salva a Amin de otros problemas, pero sí lo coloca en un terreno categorial distinto del de Emmanuel. Jacinto lo menciona brevemente en este sentido, pero sin explotar la distinción, lo que puede llevar al lector a pensar que la crítica al dependentismo en su conjunto se sigue automáticamente de la refutación de Emmanuel. Sería más preciso señalar explícitamente qué parte del argumento alcanza a quién.

3. El argumento del trabajo simple/trabajo complejo: sus límites

Habiendo reconocido lo que el artículo logra en este punto, es necesario señalar también sus límites, que no son menores.

La circularidad del argumento histórico. El razonamiento de Jacinto dice que los salarios son más altos en el centro porque el trabajo es más complejo, y el trabajo es más complejo porque la inversión histórica en reproducción de fuerza de trabajo cualificada fue mayor. Pero esto no explica las condiciones que permitieron esa mayor inversión en ciertos países y la impidieron en otros. Esas condiciones son inseparables de la historia del colonialismo y de la construcción de una reserva mundial de fuerza de trabajo barata. Al no abordar este punto, la explicación funciona como una racionalización posterior de una jerarquía construida históricamente por la violencia, con independencia de cuál haya sido la intención del autor.

El diferencial salarial para trabajo de igual cualificación. Jacinto descarta en media oración el estudio de Hickel, Hanbury Lemos y Barbour (2024) por «usar una poco concluyente estratificación de las horas de trabajo en niveles de «baja», «media» y «alta» cualificación según el nivel educativo asociado al tipo de trabajo en cuestión». La crítica metodológica es justa, pero insuficiente para ignorar los resultados: en 2021, las economías del centro imperialista se apropiaron en términos netos de 826 mil millones de horas de trabajo incorporado provenientes de la periferia, con salarios de la periferia entre un 87 y un 95 % inferiores a los del centro para trabajo de cualificación equivalente. Si los investigadores ya controlan la cualificación y el diferencial persiste con esa magnitud, la complejidad del trabajo no puede ser la única explicación. Podría argumentarse que la estratificación educativa no captura bien la distinción trabajo simple/trabajo complejo en sentido marxista, y esta objeción sería pertinente. Pero para que lo sea hay que desarrollarla, no mencionarla como descargo y seguir adelante.

La contradicción interna sobre el trabajo simple en los países ricos. Este es el punto más delicado del artículo. Jacinto reconoce que los obreros no cualificados en los países del centro ganan más que sus homólogos en la periferia aunque realicen el mismo tipo de trabajo simple, y explica esto por «la pervivencia de rudimentos de «estado del bienestar», de legislación en materia de salarios mínimos y condiciones laborales básicas, de convenios colectivos, etc.». Esta explicación concede implícitamente que existe un factor político-institucional en la formación del salario que excede el costo estricto de reproducción de la fuerza de trabajo. Pero eso es exactamente lo que Jacinto le critica a Emmanuel: que haga del salario una variable determinada por razones «institucionales» que lo vuelven independiente de la ley del valor. El artículo necesita resolver esta tensión explícitamente. Una posibilidad sería distinguir entre el límite político del valor de la fuerza de trabajo, que opera dentro de márgenes fijados por la correlación de fuerzas, y la tesis de Emmanuel, que convierte ese límite político en la única determinación relevante anulando por completo la ley del valor. Esta distinción existe en el texto de manera implícita, en la medida en que el propio Jacinto señala que «la mayor productividad, garantizada por una red internacional de producción, otorga también un límite político al valor de la fuerza de trabajo, distinto al límite estrictamente biológico». Pero el argumento necesita más desarrollo para no quedar en contradicción con sí mismo.

4. La movilidad asimétrica del capital y del trabajo: una ausencia

Hay un mecanismo que no aparece en el artículo y que es relevante para explicar por qué los salarios del centro imperialista son más altos que los de la periferia más allá de las diferencias en complejidad del trabajo: la asimetría radical entre la movilidad del capital y la movilidad de la fuerza de trabajo a escala internacional. El capital se desplaza sin restricciones entre países en busca de condiciones de explotación más favorables. La fuerza de trabajo, en cambio, está estructuralmente frenada por las fronteras nacionales, los controles migratorios y los costos de traslado. Esta asimetría impide la igualación de los salarios que ocurre tendencialmente para otras mercancías. El resultado es la persistencia de una enorme reserva mundial de fuerza de trabajo concentrada en la periferia, que deprime estructuralmente los salarios en esas regiones. Este no es un mecanismo de «transferencia de valor» en el sentido que Kursant cuestiona, sino un efecto del poder político diferencial de los Estados imperialistas sobre la circulación internacional de la fuerza de trabajo. Ignorarlo deja incompleta la explicación de las diferencias salariales, por más que el argumento del trabajo simple/complejo sea válido en su propio nivel.

5. El argumento de China y la RDC: válido pero reversible

El señalamiento de que, bajo el esquema de Emmanuel, las relaciones comerciales entre China y la República Democrática del Congo implicarían también un intercambio desigual –obreros congoleños a 100-200 dólares mensuales contra obreros chinos en torno a los 1000 dólares– es un argumento efectivo para mostrar la «poca sustancia que tienen las perspectivas basadas en un enfrentamiento global entre Norte y Sur». Tiene razón en eso.

Pero el argumento corta en dos sentidos. Si los salarios más bajos en la RDC se explican, según la lógica de Jacinto, por la menor complejidad del trabajo minero, ¿por qué ese mismo trabajo minero vale veinte veces menos allí que en Australia, donde los mineros figuran entre los trabajadores mejor pagados del mundo? Las condiciones políticas de extracción, la historia colonial y el estado del movimiento obrero en cada país no pueden ignorarse aquí. El argumento del trabajo simple/complejo resulta insuficiente precisamente en los casos donde la sobreexplotación política es más evidente, con independencia de si se acepta o no el concepto técnico de «superexplotación» de Marini como categoría económica rigurosa.

6. La cuestión de la liberación nacional: una precisión necesaria

Jacinto descarta los procesos antiimperialistas de la periferia como «inciertos procesos interclasistas nacionalistas». Esta caracterización es correcta respecto al tipo de política que el tercermundismo genera en el centro imperialista, es decir, la subordinación del proletariado del centro a esos procesos. Pero hay una distinción política importante que el artículo no traza con suficiente claridad: entre apoyar las luchas de liberación nacional de los pueblos oprimidos como parte del movimiento real contra el imperialismo y disolver la estrategia comunista del centro en esos procesos.

El apoyo comunista a las luchas de liberación nacional no deriva de la teoría del intercambio desigual ni de una solidaridad moral abstracta. Deriva del análisis concreto de las condiciones en que la contradicción con el imperialismo toma formas nacionales en determinados países, y del reconocimiento de que esas luchas, aunque lideradas por burguesías nacionales y orientadas a objetivos que no superan el capitalismo, representan un obstáculo real al dominio imperialista. Esta posición no es tercermundista: no implica negar el potencial revolucionario del proletariado del centro ni subordinar su organización a procesos interclasistas. La confusión entre ambas cosas le da al artículo una tonalidad que podría interpretarse, equivocadamente, como indiferencia frente a toda política que tome en serio la opresión de los pueblos de la periferia.

Conclusión

El artículo de Jacinto cumple su objetivo central: mostrar que el tercermundismo, llevado a sus consecuencias lógicas, conduce al liquidacionismo de la política comunista en el centro imperialista, y que esa conclusión descansa en una teoría del salario –la de Emmanuel– que rompe con la ley del valor. La alternativa que propone, fundada en la distinción entre trabajo simple y trabajo complejo, es una respuesta válida y mejor fundada teóricamente que las que ofrecen los propios críticos de Emmanuel dentro del campo dependentista.

Las limitaciones del texto son de segundo orden respecto a ese logro principal: la explicación por la complejidad del trabajo necesita desarrollarse más para dar cuenta del diferencial salarial para trabajo equivalente que los datos empíricos revelan; la asimetría en la movilidad del capital y la fuerza de trabajo es un factor ausente que debería incorporarse; la tensión interna sobre el trabajo simple en los países ricos requiere una resolución explícita. Ninguna de estas limitaciones invalida la tesis central, pero sí la dejan más expuesta de lo que debería estar ante las réplicas del campo que critica.