Proletarización
Una concreción estratégica
6 de marzo de 2026
1. Introducción

En mayo del año pasado publicamos nuestro Programa, en el que afirmamos que la primera y más importante tarea que los comunistas deben acometer es la creación del Partido Comunista. Estamos extremadamente satisfechos con los resultados de su publicación, que nos ha permitido contraponer nuestras posiciones a las del resto de organizaciones que conforman tanto el movimiento comunista como el movimiento obrero en España y, de este modo, tender puentes que creíamos imposibles, así como esclarecer cuáles son los posicionamientos que consideramos irreconciliables.

Como señalábamos en el preludio al Programa, se trata de un texto general, básico, útil para exponer los elementos fundamentales de las tareas prioritarias y con una vocación muy clara: la de que cualquier destacamento, organización o comunista individual se lo puedan hacer suyo. Es por esta razón que, a casi un año de su publicación, creemos que ha llegado la hora de concretar su contenido a nuestra actual coyuntura.

De lo expuesto en el Programa, todas aquellas tareas que remiten a lo que llamamos «debatir» han quedado meridianamente claras. Estamos convencidos de que a nadie se le escapan las actividades que quedan arropadas por este título: discusión ideológica, esclarecimiento de línea, examen de las experiencias pasadas, etc. Sin embargo, aquello que denominamos «proletarizar» suscitó dudas e interpretaciones de toda índole. Destacan las dos interpretaciones siguientes:

1. Que proletarizar implicaría basar toda nuestra actividad en un ideal romántico del trabajo político en los núcleos fabriles.

2. Que proletarizar implicaría dedicarse al sindicalismo de forma exclusiva, fuera encuadrados en un sindicato ya existente o en uno creado ad hoc.

En realidad, proletarizar significa vincular la organización comunista con los elementos más avanzados del proletariado; es decir, empezar a «introducir la conciencia socialista desde fuera» paralelamente a la construcción de la unidad comunista real, basada en el trabajo conjunto sobre unas bases programáticas. Esto, a su vez, ayuda a recomponer el movimiento obrero en su sentido más amplio, un movimiento obrero hoy tan residual como aletargado.

Como comunistas, entendemos que la práctica es el criterio de verdad y la forma en que el ser humano se realiza como tal. En consecuencia, no solo debemos atender al hecho de que la experiencia histórica muestra que la intervención en los centros de trabajo ofrece mayores posibilidades de éxito; además, debemos considerar que es precisamente allí donde el proletariado desarrolla de forma práctica el enfrentamiento con sus explotadores y se reconoce como clase en el antagonismo con la burguesía. Al fin y al cabo, es en el lugar de trabajo el ese espacio en que están en juego sus ingresos, su tiempo y, en última instancia, su vida entera.

Todo esto es tan evidente como parece. Nuestro Programa no redescubre la rueda, sino que recoge, simplifica y expone las principales tareas que se extraen de la experiencia histórica más avanzada de cuantas existen en la historia del proletariado: la bolchevique. Pero concederemos, siguiendo con la vertiente de «proletarizar», que el Programa es poco claro en lo que se refiere a las actividades concretas, a la estrategia y la táctica a seguir en este terreno. Aunque esto se debe en parte a la vocación agitativa del texto, la razón fundamental radica en que en el momento en el que lo redactamos no habíamos podido comprobar nuestras tesis en la práctica, ni habíamos podido contrastar nuestras propuestas con la actividad de camaradas de otros destacamentos. Pero esta ya no es la situación actual.

 Más allá de la propuesta táctico-estratégica general que os presentaremos en este documento, queremos hacer hincapié en que cuando redactamos nuestro Programa no contamos, no plenamente, con un elemento fundamental en la vida y el desarrollo del capitalismo en la actualidad: los sindicatos. Los sindicatos, y más concretamente los sindicatos de concertación, han vehiculado el «conflicto de intereses» entre las clases sociales antagónicas, encauzándolo hacia el reformismo. Esta realidad, que es expresión de la madurez de la dominación de la clase capitalista, no es exclusiva de los sindicatos mayoritarios, ni siquiera de los sindicatos en general, sino que atraviesa absolutamente todas las formas que adquiere hoy la lucha de clases. Pero si queremos basar nuestra actividad en los centros productivos, es fundamental contar con los sindicatos, principal impedimento para la organización obrera en los puestos de trabajo.

Insistimos una vez más en que la unilateralidad de nuestro planteamiento emerge no solo del análisis de las experiencias históricas pasadas, sino que ahora también lo hace de nuestro trabajo práctico y del contraste de nuestras propuestas con otros comunistas. De este modo, empezaremos por describir la coyuntura general a la que nos enfrentamos para, después, dibujar la principal tarea a acometer en el camino a la construcción del Partido Comunista y las concreciones táctico-estratégicas que ésta encierra.

Dicho de otro modo, camaradas: nos proponemos contestar qué significa exactamente aquello de «proletarizar».

2. El papel de los sindicatos

Como hemos reivindicado a lo largo de toda nuestra trayectoria, nosotros basamos nuestro Programa y nuestra actividad en la experiencia bolchevique como la forma más avanzada de organización proletaria de la historia. Pese a que esta premisa fundamental es irrenunciable, no podemos pretender reproducir al dedillo el experimento bolchevique porque las condiciones históricas en las que se produjo muestran diferencias sustanciales con las que existen en la actualidad. En la Rusia zarista, el capitalismo era todavía embrionario: los bolcheviques se enfrentaron a un Estado autocrático con fuertes remanentes feudales que se desarrolló industrialmente a marchas forzadas haciendo uso de la represión directa. Nosotros nos enfrentamos al capitalismo plenamente desarrollado, maduro, en el que la represión del proletariado se expresa mediante otros métodos más sutiles, pero también más eficientes; un capitalismo en el que la burguesía ya ha probado las mieles del fascismo y ha desarrollado plenamente la trampa del reformismo.

Concretando todavía más: en la Rusia zarista no existían ni los sindicatos ni toda esa miríada de organizaciones y departamentos útiles para mediar los conflictos de índole clasista. Sus capacidades técnicas, su incardinación en las estructuras estatales y su arraigo en el seno de las empresas hacen difícil prever que, a corto plazo, sea posible disputar su hegemonía centro de trabajo a centro de trabajo. Dicho de otro modo: no existe un fermento contestatario mínimo, un movimiento obrero al que organizar, alentar y, posteriormente, dirigir y organizar porque las demandas económicas básicas ya son «solucionadas» –es decir, liquidadas, redirigidas o ahogadas– por estas estructuras.

Los sindicatos, aunque constituyan una de las formas de organización obrera primigenias, son incapaces de superar sus limitaciones por sí solos; esto es, sin la intervención política externa. El sindicato, que generalmente se arregla como herramienta defensiva por parte de los obreros de una industria, tiende a la estrechez de miras gremial, a la lucha consecutiva y sin fin por las mejoras económicas, a la reforma y a la cerrazón de los obreros privilegiados por su actividad. Pero es precisamente su papel de mediación en los centros de trabajo, el lugar desde el que la burguesía produce su dominación sobre el mundo, el que nos impide obviarlos, puesto que su actividad trunca el desarrollo de la conciencia obrera en su germen fundamental: la lucha económica.

En la medida en que el capitalismo se ha ido desplegando de forma más plena en aquellos países cuyas condiciones han permitido su desarrollo, la burguesía ha aprendido de las experiencias históricas de la lucha de clases y ha conseguido sofisticar su aparato represivo y de mantenimiento del statu quo, neutralizando el sindicalismo como arma de la clase trabajadora. La bonanza granjeada por la participación en el expolio imperialista y el crecimiento económico sostenido del capitalismo global durante cinco décadas ofrecieron un margen generoso para que los sindicatos ejercieran como pedigüeños organizados. Viendo el potencial desmovilizador que ofrecía ceder parcialmente a las demandas sindicales y temiendo la expansión del comunismo a nuestro hemisferio, las diferentes agrupaciones burguesas consideraron, de forma más o menos compartida, que la integración de los sindicatos en el aparato estatal y administrativo era una concesión más que aceptable en aras de apagar el movimiento obrero revolucionario. Y estaban en lo cierto.

Paralelamente a la integración de la estructura sindical en el aparato estatal y a la incorporación de los cuadros sindicales a las formas de política burguesa, el comunismo patrio se replegó a la actividad netamente intelectual, al terrorismo individual o, de forma más flagrante, al reformismo abierto. De este modo, con el abandono de las masas al sindicalismo amarillo en los centros de trabajo, quedó sellada la fisura con la que nos encontramos en la actualidad. Por si esto fuera poco, los vicios y concepciones del sindicalismo corporativo fueron legadas a las siguientes generaciones de comunistas que, en lugar de combatir estas desviaciones, decidieron abandonar los centros productivos para entrar en contacto con el proletariado «de otras formas», empoderando frentes de lucha que, aunque necesarios, históricamente siempre fueron auxiliares a la lucha desplegada desde el puesto de trabajo. En esta huida de la producción, las sucesivas remesas de militantes no solo no abandonaron las prácticas degeneradas del sindicalismo amarillo, sino que las reprodujeron y ampliaron, construyendo organizaciones enteramente basadas en la práctica reformista.

Esta situación, responsabilidad colectiva de absolutamente todas las corrientes y organizaciones comunistas pasadas y presentes, ha servido como excusa para que los comunistas se replieguen sobre sí mismos y se recreen en una suerte de profecía autocumplida: el abandono de los centros de trabajo se debe a que éstos se hallan «secuestrados» por la conciencia aristocrático-obrera y tradeunionista. Así es que se cede, de facto, la dirección del movimiento obrero a la aristocracia obrera y a las huestes de elementos oportunistas. La retirada de los centros productivos se ha combinado y retroalimentado con otra desviación propia del comunismo actual: la de reducir la actividad en los puestos de trabajo a un «frente de lucha más», uno cuyo objetivo es socorrer al proletariado de forma asistencialista con la vaga esperanza de que éste «despierte» por ciencia infusa.

Pero, examinemos más de cerca cómo se concreta la mediación que desarrollan los sindicatos en los centros productivos; veamos cuán terrible es este monstruo sindical.

Durante la jornada laboral, el obrero es explotado junto a los suyos, forzado a trabajar no solo para reproducir su fuerza de trabajo, sino para producir el plusvalor que acaba en los bolsillos del capitalista. Sabemos, y esto es consenso para absolutamente todas las corrientes del comunismo, que el trabajador necesita asociarse, organizarse para enfrentarse a sus explotadores; que su fuerza radica en su papel en la producción, pero también en su número. El carácter de la lucha desarrollada por los obreros depende de factores tanto objetivos como subjetivos, así como también lo hace la certeza de su estrategia. Pero esto que acabamos de describir es, en líneas generales, la base de toda organización obrera.

Históricamente, el sindicalismo apareció como una de las primeras y más elementales formas de organización obrera. Pero su función defensiva no tardó en mutar, y el sindicato pronto se dedicó a apuntalar los principios menos desarrollados de la lucha de los trabajadores contra los capitalistas, obturando el desarrollo de la conciencia obrera o, mejor dicho, siendo una expresión de sus limitaciones. En la actualidad, el papel desmovilizador del sindicalismo va más allá de la estrechez ideológica. Los sindicatos se han convertido en apéndices del Estado y de los partidos socialdemócratas. Reciben subvenciones estatales, funcionan como oficinas de empleo, median en favor de la patronal y desarticulan los conatos de resistencia obrera obedeciendo las necesidades electorales de sus benefactores. Son, en definitiva, mercaderes de fuerza de trabajo. Es gracias a CCOO y UGT que el PSOE todavía goza de votantes en la constelación de núcleos fabriles en España; son los sindicatos mayoritarios, entre los que podemos contar también a USO, los que pactan sin sonrojarse la mayoría de despidos en masa. Sabemos que los sindicatos de concertación son los favoritos de la aristocracia obrera y, más concretamente, de uno de sus sectores: el funcionariado. La patronal encuentra en ellos un poderoso aliado para cometer sus crímenes. Y de los obreros desorganizados, temporales y extranjeros, el sindicalismo amarillo no quiere saber nada.

Una de las principales «conquistas» del reformismo fue la creación de un marco legal que enmascara las relaciones de producción capitalistas bajo un todo social «armonioso». Esta legislación laboral garantiza el derecho del trabajador al conflicto laboral reconociendo su posición desaventajada frente al explotador. A este efecto, y siempre sobre el papel, la ley española ofrece una serie de derechos potenciales que los trabajadores podrán disfrutar… siempre y cuando se organicen para conseguirlos. Esta conquista, que es resultado de décadas de lucha por la reforma, promueve la continuidad del reformismo. La ley, dicen los sindicatos, «está bien»; son las empresas las que la incumplen, y todo cuanto hay que hacer es reclamar al Estado. El resultado es que, en la liza por los salarios, los convenios y las condiciones laborales, las empresas siempre intentan incumplir la ley dictada por su clase; lo hacen porque saben que, en la lucha y regateo resultantes, el pacto será, por lo general, más beneficioso para ellas que el cumplimiento directo de la legislación. A su vez, los sindicatos, ávidos de apuntalar su posición en los comités de empresa, de ganarse el favor de sus afiliados y de ensanchar sus filas con tal de engrosar la financiación estatal y partidaria, tratan de liquidar la lucha antes de que escape de los cauces más estrechos: aquellos que obedecen sus intereses. 

El convenio colectivo, la norma que regula la vida de los trabajadores de todo un sector, es otro instrumento al servicio de la corrupción sindical. Para hablar de convenio siquiera, la organización obrera debe superar los muros de una sola fábrica –cosa difícil en los tiempos que corren– para pasar al siguiente nivel: el sector o ramo. Pero, si los obreros superan la primera barrera de la estrechez y se enzarzan en una lucha colectiva, si logran organizarse más allá de las paredes tras la que trabajan, entonces se topan con otro muro, uno más difícil de sortear. El «benévolo» Estado, el gran mediador, solo otorga el derecho a firmar un convenio colectivo a los sindicatos que acumulen más de un 10% de todos los delegados sindicales a escala nacional, con la excepción de los convenios colectivos de carácter autonómico en el que el porcentaje asciende al 15%. Solamente existen dos organizaciones que cumplan con estos requisitos: CCOO y UGT. Como resultado, los convenios colectivos que dictan la vida de más de 15 millones de asalariados dependen de dos organismos colaboracionistas de la clase burguesa.

El comité de empresa, representante teórico de los trabajadores en el puesto de trabajo, organismo a priori democrático y «conquista» arrancada de las feroces manos de los capitalistas, ejerce como elemento disciplinador y despótico. Los obreros temporales no pueden votar, y aunque cualquier trabajador fijo pueda presentarse a las elecciones, hacerlo individualmente requiere del aval de un número de trabajadores que triplique al total de miembros de un comité. Las candidaturas sindicales, además, no son individuales, sino que funcionan tal y como lo hacen las listas electorales. Da igual que los obreros expulsen al líder sindical corrupto, porque el sindicato restaurará su dominio automáticamente, colocando en su lugar un sustituto tanto o más podrido. Lo que antaño sirvió para garantizar la permanencia de una línea sindical contra la voluntad de la patronal hoy es una herramienta de saqueo permanente.

La mentalidad defensiva, otra de las características típicas del reformismo, impregna también la concepción que los cuadros sindicales tienen de sí mismos. Incluso el más honesto de entre ellos comprende la lucha de clases como una batalla defensiva en la que el proletariado, adormecido por la política de sus propias organizaciones, actúa siempre como agente pasivo, incapaz de organizarse y siempre en busca de la mejora inmediata. Las horas sindicales remuneradas acaban de distanciarlo del trabajador tanto laboral como económicamente. El obrero se resiente contra el delegado, y el delegado, con los bolsillos llenos y agradecido al reformismo por su magnífica posición, desprecia al obrero, al que entiende solamente bajo el paradigma electoralista. Existen revolucionarios en potencia entre los delegados sindicales, pero la misma lógica de la que participan consciente o inconscientemente tiende a alejarlos de la clase a la que se supone que deben organizar.

Así, los sindicatos ejercen como tentáculos del Estado. Son la primera línea de defensa del capital, y entorpecen o imposibilitan incluso la más espontánea y básica toma de conciencia de los trabajadores bajo su ala. Pero aunque los sindicatos mayoritarios sean máquinas apisonadoras, queremos recordar que todas las máquinas se pueden romper. Su integración en el circuito estatal y su funcionamiento como empresas capitalistas los hacen vulnerables a la organización obrera. Su procedimiento automático, inconsciente en la mayoría de casos, está destinado a la búsqueda de beneficio, y no a la desarticulación planificada de un movimiento obrero cuya existencia rechazan. Son bestias confiadas, seguras de su dominio, que alejan a los trabajadores de toda forma de organización, sí, pero que siembran el descontento con una hipocresía más detectable que la de sus amos. Y aunque sus métodos hayan sido replicados, refinados y adaptados por todos los movimientos reformistas extralaborales, por más que los sueldos de una hueste de pequeños aristócratas dependa de ellos, no hay ninguna fuerza en el mundo que sea capaz de resistir la ofensiva del proletariado conscientemente organizado.

3. Trabajar por la independencia proletaria

El proletariado no es la clase revolucionaria en tanto que clase más «perjudicada» por el modo de producción capitalista –aunque esto juegue un papel importante–, sino que lo es por el rol que cumple en la producción. Ya hemos dicho que esta es la razón por la que entendemos que es primordial organizar al proletariado desde el puesto de trabajo. Pero faltaría agregar que esta organización debe ser independiente, es decir, que debe ser netamente proletaria.

Esta organización proletaria ni puede ser ni será inmediatamente comunista, pero la construcción de un movimiento obrero independiente y la lucha por la creación del Partido Comunista son dos objetivos inseparables, interrelacionados dialécticamente. En la lucha por la independencia organizativa del proletariado, los comunistas descubren las tareas inmediatas que requieren de su atención, las necesidades políticas del movimiento comunista y del proletariado. La lucha por la independencia política del proletariado fuerza a los militantes a profesionalizarse y a encuadrarse, nutre las filas de las organizaciones comunistas de obreros avanzados, fuerza a sus participantes a apartarse de las disputas triviales, a unirse en base a unos principios programáticos refrendados por la práctica y por la implacable crítica de las masas. No se puede hablar de Partido Comunista sin hablar de movimiento obrero independiente.

En contra de lo que se suele pensar, del esquema artificial según el que los revolucionarios rusos habrían dirigido un movimiento obrero espontáneo ya existente, la realidad es que los bolcheviques fueron los principales artífices de la constitución del movimiento obrero en Rusia. Ellos, claro, tuvieron que hacer frente a una coyuntura significativamente diferente a la nuestra.  La falta de experiencia política del proletariado y la incomparecencia del ala reformista de la socialdemocracia rusa acercaron a las masas obreras al bolchevismo. El régimen autocrático, la represión severa, las durísimas condiciones de vida y la inexistencia de organismos que amortiguaran la dureza de la vida diaria facilitaron enormemente el paso de la lucha económica a la comprensión política de su realidad.

Los bolcheviques demostraron que el Partido Comunista es la forma más avanzada de organización proletaria. Lo hicieron porque su partido, el Partido Bolchevique, nació como resultado de su actividad de vanguardia proletaria, contribuyendo a la formación de un movimiento obrero independiente en los centros de trabajo. Esto es lo que demuestra la Unión de Lucha para la Emancipación de la Clase Obrera, cuyo programa emanaba de las necesidades generales del movimiento obrero y cuya expansión se dio por la adecuación de sus tesis al contexto general. Su trabajo no se limitaba al acompañamiento propagandístico de las huelgas, sino a su organización activa. La prensa obrera que floreció en Rusia a finales del siglo XIX prosperó por su ligazón directa con las masas proletarias. La capacidad de sobrevivir a los sucesivos embates de la burguesía y la aristocracia zarista dependía de la capacidad de reposición de cuadros militantes, que emanaban sucesivamente de entre las filas proletarias porque la organización bolchevique era indisociable de la organización obrera en los centros de trabajo. Las grandes huelgas de Leningrado –en 1896– y de Ivánovo-Voznesensk –en 1897– fueron organizadas directamente por los bolcheviques. La Revolución de 1905 superó sus estrechos márgenes democrático-burgueses por la implicación de los comunistas, que llevaban más de una década fortaleciendo el movimiento obrero y nutriéndose de él.

Y la experiencia bolchevique revela la otra tarea fundamental de los comunistas en la actualidad: la reconstrucción del movimiento obrero independiente. No nos referimos aquí a reconstruir el movimiento obrero como paso previo a la construcción del partido, porque la lucha por la organización independiente del proletariado no preexiste a la lucha por la construcción del Partido Comunista. No hablamos aquí de dos etapas de un mismo proceso, sino de dos procesos que se dan de forma simultánea y combinada. La naturaleza «dual» que debe caracterizar nuestra actividad queda refrendada por la deriva que adquiere el movimiento obrero cuando los comunistas no cumplen su papel en su seno, la misma deriva que lleva hoy a muchos a concluir que «debemos buscar nuevas formas de organizar al proletariado» y a que «hay que alejarse de los centros de trabajo».

Esta desviación «frentista» del movimiento comunista comprende que, si por un lado está la organización entorno a la cuestión cultural, por el otro la de la vivienda, queda luego el «frente laboral», dividiendo la actividad comunista en cámaras estancas de «perjuicios» que sufre el proletariado. La confusión frentista de la organización comunista en los centros productivos termina entonces por el abandono de ese «frente laboral», promoviendo la búsqueda de alternativas en la vivienda, en el movimiento estudiantil, los clubes de lectura, o en cualquier nicho más fácil de cooptar, pero sin una incidencia permanente en el movimiento obrero. Y aquí llega otra interpretación de nuestro Programa: que nosotros rechazamos en punto este tipo de actividades. Nada más lejos de la realidad, lo que reclamamos es que, contando con las fuerzas de las que dispone el movimiento comunista, con su inmadurez, y siendo que la prioridad es volver a vincularse con el movimiento obrero, estas tareas no son en absoluto prioritarias. El comunista debe estar allí dondequiera que haya proletarios, desde luego. Pero, repetimos: en ningún lugar nadie encontrará tantos proletarios faltos de organización como en el centro de trabajo. Ninguna tarea es más acuciante que la de organizar al proletariado allí donde actúa como tal. Ningún club de lectura, manifestación o acto atenderá las demandas de los proletarios si no se trabaja con ellos primero. Y sin la vinculación con el proletariado organizado independientemente nunca será posible incidir de forma decisiva en ningún frente de masas interclasista, sea estudiantil o por la vivienda.

Contribuir a crear un movimiento obrero antagónico al capital y al reformismo es la expresión del trabajo de los comunistas entre las masas, el nervio que, en la interrelación dialéctica de ambos procesos, establece la lectura adecuada y alumbra sobre las tareas concretas para que los comunistas se reconozcan, empiecen a trabajar conjuntamente y permite que su organización crezca tanto cuantitativa como cualitativamente. Es decir, trabajar para la organización independiente del proletariado es requisito indispensable para la proletarización de las organizaciones comunistas, sí, pero también para que se haga efectiva su unidad real en base a los problemas y tareas acuciantes a los que se enfrenta el movimiento obrero, que son indisociables de los problemas a los que deberemos enfrentarnos como comunistas.

La premisa de reconstruir el movimiento obrero como eje de trabajo puede resultar poco concreta. Sin embargo, no sugerimos destinar años y años al trabajo sindical en abstracto con la vaga esperanza de derrotar a las organizaciones sindicales que taponan el desarrollo del movimiento obrero. Esta senda nos llevaría o al derrotismo o a la autocomplacencia, características comunes a muchas organizaciones comunistas que han intentado realizar su trabajo en los centros productivos. Es fundamental que este trabajo tenga una direccionalidad estratégica muy clara que establezca tareas concretas, hitos, una proyección futura, una vinculación real con las organizaciones obreras ya existentes; que parta del análisis de las circunstancias concretas, que trace una estrategia que se corresponda con el momento que atraviesa el capitalismo. Y, más importante todavía, que se engarce con la construcción del Partido Comunista.

Veamos de qué modo se concreta en la práctica la tarea de recomposición del movimiento obrero independiente, qué papel juegan los sindicatos y cuáles son los objetivos a los que aspiramos.

4. Qué hacer

Sinteticemos todo lo que hemos desarrollado hasta ahora. Por «proletarizar» entendemos la vinculación del trabajo de los comunistas con el proletariado desde los puestos de trabajo, los espacios en los que la clase se constituye produciendo y reproduciendo sus propias condiciones de vida. Entendemos que la vinculación con la clase proletaria en los centros de trabajo es prioritaria porque la incidencia en otras esferas de la sociedad, tal y como demuestran nueve décadas de fracasos, no puede ser efectiva sin la ligazón estrecha con las masas obreras. Afirmamos que la construcción del Partido Comunista es indisociable de la recomposición del movimiento obrero independiente que debe capitanear, en parte porque el movimiento obrero independiente no puede surgir espontáneamente –menos en las actuales condiciones de desarrollo del capitalismo–, y en parte porque el trabajo diario entre las masas obreras con la perspectiva de dotarlas de estructuras no sometidas a las fuerzas burguesas de toda índole garantizan el esclarecimiento de la línea, el acercamiento de posiciones en las cuestiones estratégicas de relevancia y, en fin, permiten hacer efectiva la unidad comunista.

Hemos dicho que todo este trabajo es «dual», es decir, que las tareas actuales de los comunistas pasan por construir el Partido Comunista y por recomponer el movimiento obrero. Hemos sugerido también que las tareas a acometer no se desdoblan con nitidez, sino que se combinan entre sí –y aquí ni siquiera estamos contando con el otro eje de nuestro Programa, aquél que llamamos «debatir»–. Sea como sea, y dado que nuestro objetivo es volver a aproximarnos al proletariado desde el centro de trabajo, hemos subrayado el papel nocivo que tienen los sindicatos mayoritarios, pero cuyos males son extensivos también a buena parte de los minoritarios –también llamados combativos– y a todos los frentes de masas que han ido brotando a lo largo de las últimas décadas.

Al principio de este documento, decíamos que las dos principales interpretaciones erróneas que se hicieron de nuestra propuesta de «proletarizar» consistían en pensar que nos referíamos unilateralmente a enviar a militantes a trabajar en los centros productivos o a hacer sindicalismo. Creemos que el rechazo que suscita la primera y la confusión política que destaca inmediatamente de interpretar trabajo en los centros productivos con sindicalismo dicen más del estado de inmadurez del movimiento comunista que de nuestra forma de expresarnos, pero volvemos a reconocer que la falta de concreción de nuestro Programa no solo se debía a su voluntad agitativa, sino también al escaso desarrollo de nuestro trabajo práctico.

En base a todo esto, podemos decir que «proletarizar» se desdobla, a su vez, en dos líneas de acción: la que remite a la actividad en los centros de trabajo y la que remite a la actividad para-con el resto del movimiento comunista. Si nuestra apuesta es correcta, y no dudamos ya de ello, la conclusión práctica de nuestra actividad será la aparición de círculos obreros, es decir, los precursores de las verdaderas células de un Partido Comunista, que serán el verdadero motor de su creación y la expresión directa de la adecuación de nuestro trabajo de elevación, encuadramiento y organización de la clase trabajadora.

4.1. El trabajo en los sindicatos y los centros productivos

4.1.1. Antecedentes históricos

Esta es la línea de acción fundamental. Sin embargo, y como ya hemos señalado, nos enfrentamos aquí a una realidad con la que los bolcheviques no tuvieron que lidiar: los sindicatos de todo tipo. Como comunistas, sabemos que no partimos de cero, y nuestra vocación por el estudio de las experiencias históricas parte de la voluntad de encontrar los elementos más avanzados de la ciencia proletaria y actualizarlos debidamente al contexto en el que nosotros luchamos. Es por ello que, a la hora de enfrentarnos a las concreciones táctico-estratégicas y los retos que plantea nuestro tiempo, la utilidad de la experiencia bolchevique es limitada. Existe, sin embargo, un caso histórico que sí presenta lecciones especialmente decisivas: el del Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA) y, de forma más concreta, el del que fuera su secretario general, William Z. Foster. No nos extenderemos en una diatriba histórica interminable, puesto que para los objetivos de este documento –plantear de forma sencilla las tareas y los planteamientos de trabajo que son prioritarios para los comunistas de hoy– bastará con unas pocas líneas.

Los Estados Unidos que emergieron de la Primera Guerra Mundial lo hicieron como principal potencia económica. El capitalismo estadounidense, por la idiosincrasia y el desarrollo histórico del país, era el más desarrollado del globo ya en la década de 1920. En otras palabras: la situación que experimentaron los comunistas estadounidenses recuerda mucho a la nuestra. Tenemos, por un lado, el estallido del mercado de los bienes de consumo que hoy, como ya ocurría a principios de siglo, son usados como chivo expiatorio para explicar la pasividad de las masas. Este mercado de bienes de consumo sería inexplicable, claro, sin la relativa bonanza que experimentaba el proletariado estadounidense, cuyas condiciones de vida y trabajo eran ampliamente superiores a las de la mayoría de sus homólogos europeos. La composición nacional y étnica del país a razón la gran afluencia de proletariado inmigrante es un fenómeno que se repite a día de hoy, tal y como lo hacen todos los conflictos asociados: las tensiones raciales motivadas por el Estado, la burguesía y sus voceros; el uso de la mano de obra extranjera para tensionar los salarios a la baja, la guetificación y coexistencia laboral de diversas nacionalidades que se expresan en distintas lenguas, etc. El sistema político estadounidense de la década de 1920 era, a pesar de sus leyes de segregación racial, una democracia burguesa plena y consolidada basada en un turnismo bipartidista rara vez sacudido por la aparición de un partido outsider –que no tardaba en ser absorbido, utilizado y desechado–. Y el proletariado estadounidense, tal y como ocurre hoy, era de los más atrasados del mundo en lo que se refiere a su organización independiente, siendo organizado a placer por grandes sindicatos y organizaciones plegadas abiertamente al poder del Estado –cuando no era organizado en sindicatos pantalla regentados por bandas criminales–.

Del mismo modo, la carrera política de Foster no arrancó en el comunismo. No se destacó por ser un gran teórico, ni tampoco por sus sesudas intervenciones en debates sobre la crítica de la economía política. Nada más lejos de la realidad: la historia de Foster es la historia de un obrero irlandés inmigrante cuyo recorrido militante consistió, durante buena parte de su vida, en la militancia activa en una miríada de sindicatos existentes en las industrias en las que se empleó. Su acercamiento al comunismo fue muy tardío –se produce ya en 1919, siendo que Foster nació en 1881– y respondió a que un obrero avanzado, sindicalista profesional, vio en el comunismo la única vía para el triunfo final de la clase obrera. En el contexto en el que tuvo que navegar, la línea que Foster promovió –pero de la que, como él señala, no fue el único artífice– granjeó una base sólida al CPUSA, que pasó de los 2.500 militantes en el año 1920 a alrededor de 25.000 para 1935. Algunas de las propuestas de Foster serían: la denuncia de la hipótesis según la que el proletariado es dócil por su capacidad de consumo, la oposición al sindicalismo dual y al creacionismo de estructuras «netamente proletarias», la tesis de la minoría militante, el énfasis en el sindicalismo de ramo frente al sindicalismo de empresa, la batalla por la honestidad en el seno de los sindicatos –desarrollada incluso contra parte de la militancia de su partido–, la reivindicación y adecuación coyuntural del rol de vanguardia de los comunistas, la necesidad de organizar a los desorganizados, compuestos fundamentalmente por los sectores obreros subalternos que tanto parecen preocupar a todo el mundo hasta que llega la hora de trabajar con ellos con honestidad y, por encima de todo lo demás, la forma en la que los comunistas deben relacionarse con algo que ya era una realidad en su tiempo: los sindicatos de concertación.

La experiencia estadounidense y las lecciones universales de la trayectoria bolchevique –adaptadas al resto de comunistas por autores como Piátniski– son los precedentes históricos que hemos encontrado más útiles para trazar una estrategia adecuada a nuestros tiempos. Huelga decir que nuestra preferencia por estos autores responde al análisis que hemos realizado de nuestra coyuntura, a los debates que hemos sostenido con otros camaradas, al trabajo práctico embrionario que hemos desarrollado desde nuestra constitución como destacamento, y a constatar en nuestras propias carnes el fracaso de la mayoría de prácticas militantes en las numerosas organizaciones en las que nuestros camaradas han militado.

4.1.2. Concreción de la línea de trabajo en los centros productivos

Como los sindicatos son una realidad que no podemos ignorar en nuestro trabajo como comunistas, creemos que las premisas de trabajo que sienta Foster nos permiten dotar nuestra actividad de una direccionalidad estratégica que contribuye enormemente a la recomposición del movimiento obrero y evita que caigamos en la «organización por la organización». El objetivo de esta línea de trabajo debe ser claro: terminar con la dispersión sindical y que los miembros revolucionarios de los sindicatos se constituyan como fracción organizada en el seno de los sindicatos mayoritarios para traer este antagonismo clasista al conjunto de la clase. Este es el único modo de evitar el aislamiento y la prédica para una minoría convencida pero distanciada del grueso de la clase trabajadora que, o bien participa de uno u otro modo en los sindicatos amarillos, o bien está desorganizada. A su vez, el combate «desde dentro» de los grandes sindicatos brinda la posibilidad de combatir su influencia nociva de forma efectiva posibilitando la actividad política en los centros productivos a una escala inimaginable en nuestros días.

Se trata de un objetivo harto ambicioso, pero a corto plazo esto se traduce en empezar por hacer trabajo desde los sindicatos a priori más «combativos», nominalmente revolucionarios y dotados de una estructura democrática. Las tareas de organización en el seno de la clase son decisivas, pero lo son no solo por sí mismas, sino porque si vienen impulsadas por comunistas o incluso por cualquier elemento revolucionario –y aquí contamos también a anarquistas–, este fortalecimiento de la clase, de los sindicatos, tanto cuantitativo como cualitativo, direccionado correctamente, apuntará hacia el objetivo mencionado. En la consecución de este trabajo sindical pueden ser precisas toda serie de tácticas: los camaradas tal vez deban ser destacados para el trabajo asalariado en el centro productivo como forma de iniciar una campaña organizativa, o tal vez baste con la organización desde la sede sindical. En cualquier caso, la lectura concreta correcta de la situación debe dictar la táctica concreta a desplegar en los sindicatos.

Con este objetivo en mente, procedemos a enumerar las tareas concretas para el trabajo sindical y la actividad política en los centros productivos:

1. Trabajar en los sindicatos que posean una estructura lo más combativa y democrática posible, pero sin crear estructuras paralelas, estériles y puras ideológicamente.

2. Organizar a los desorganizados. No podemos dejar de insistir en lo fundamental que es esta tarea. En un momento de reflujo de participación política del proletariado y de crecimiento inusitado de sus filas mediante elementos extranjeros, agrupar estos elementos en estructuras fuertes constituye una tarea fundamental por las razones siguientes:

a. Su organización impide que, a razón de su situación desesperada y vulnerable, sean utilizados como fuerza de esquirolaje por la burguesía.

b. Su organización efectiva erradica los prejuicios nacionales, de género o de cualquier otra índole que dificultan su plena integración entre las filas del proletariado.

c. Su entrada en masa en los sindicatos constituye una presión «desde abajo» contra las camarillas sindicales, que desprecian, desatienden y maltratan estos sectores del proletariado.

3. Que, en la actividad en los sindicatos, como en cualquier otro frente de masas, los comunistas actúen con honestidad, plegándose a las decisiones alcanzadas democráticamente y practicando la misma unidad de acción que practicarían en sus respectivas organizaciones.

4. Fomentar los debates internos que trasciendan los meros objetivos de crecimiento cuantitativo y la consecución de victorias sindicales tácticas. En su lugar, con sus aportaciones, los comunistas deben apuntar a discutir cómo responde la actividad diaria de los sindicatos con su pretendida vocación revolucionaria.

5. Ejercer como vanguardia: los cuadros comunistas destacados en los sindicatos deben ser los primeros en entrar en los puestos de trabajo cuando se requiera, en impulsar campañas, en realizar el trabajo diario, en facilitar la formación técnica y elevar las habilidades ordinarias de sus camaradas… pero siempre respetando los cauces democráticos e imponiendo sus planteamientos en base a la demostración de su corrección mediante el trabajo.

6. Como miembro del sindicato, trabajar y participar activamente no en vistas a su fagocitación, sino a su pleno desarrollo.

Estas son las condiciones indispensables que permitirán que los comunistas intervengan en el movimiento obrero a la vez que inciden políticamente en los sindicatos contribuyendo al desplazamiento de sus posiciones, a la elevación de sus integrantes y utilizándolos para organizar a los trabajadores. En el desarrollo de este tipo de actividad, cuando es realizada correctamente, no es solo que los militantes destacados se profesionalicen a marchas forzadas, sino que los camaradas surgidos de entre el proletariado no tardan en aparecer.

Sobre la mayor concreción de las tareas que acabamos de definir, tales como las campañas organizativas, los debates que detectamos como fundamentales, las tácticas concretas a desarrollar en el puesto de trabajo, etc., hablaremos en artículos futuros. Pero, en lo fundamental, la línea de actuación en los sindicatos para por los aspectos que acabamos de señalar. 

4.2. El órgano de expresión obrero

En paralelo a los órganos de expresión militantes en los que deben darse discusiones ideológicas de mayor calado, los comunistas y el movimiento obrero necesitan un órgano de expresión que trascienda el corporativismo de los sindicatos y los intereses particulares de las organizaciones comunistas, uno que pueda contribuir a generar una identidad de clase antagonista y que, de forma más general, permita a los trabajadores expresar directamente sus inquietudes, sus combates y su situación. Hablamos de un órgano capaz de dar voz a las sucesivas luchas que se producen a lo largo y ancho del país. Si este órgano de expresión es capaz de cumplir con su función, los comunistas, de forma mínima, podrán encontrar en él un compendio inmejorable del verdadero estado de la cuestión de la clase obrera, un órgano que pueda responder preguntas a una escala que hoy es inimaginable. ¿Cuántos proletarios trabajan en tal o cual fábrica? ¿Cuántas huelgas se producen simultáneamente tal día? ¿Cuál es el papel de los ingenieros en este centro logístico? ¿Cómo se relacionan los transportistas con los estibadores? ¿Qué piensan los trabajadores de este lugar sobre tal fenómeno? Esta concentración de la información, que no es más que la erradicación de la dispersión organizativa del movimiento obrero, facilita –a la par que es expresión del proceso de– unificación e interrelación de una clase en lucha de forma aislada.

Para vehicular y hacer efectivo un órgano de expresión de este calibre son necesarias redes de corresponsales que sepan tratar con el proletariado. Las más de las veces, los comunistas entienden la agitación como un fenómeno en el que el proletariado participa de forma pasiva. Sin embargo, lo que es necesario a día de hoy es lo opuesto: el trabajador está saturado de publicistas que intentan vender su mercancía y, por el contrario, ansía poder hablar de sus problemas con alguien que le escuche de veras. Bajo la premisa del órgano de expresión obrero, el comunista no solo fortalece un instrumento fundamental para la recomposición del movimiento de la clase trabajadora, sino que se encontrará –y damos fe de ello– con que son pocos los proletarios que se nieguen a hablar de su situación. Es más, una vez la han podido exponer largo y tendido, los trabajadores son mucho más propensos a escuchar lo que se les tiene que decir.

La difusión del periódico debe darse principalmente en el seno de los sindicatos y los centros de trabajo. Debe permitir consolidar redes, dar lugar a debates, minar el corporativismo y poner encima de la mesa discusiones relevantes para contribuir al objetivo señalado. En esta tarea tienen un papel fundamental los corresponsales obreros de los que hablábamos hace unas líneas, que deben hacer lo imposible para garantizar la independencia del órgano de expresión y deben profesionalizarse en su actividad como periodistas.

Una última cuestión a tener en cuenta de este tipo de publicación es que, por el estado del movimiento obrero y por la falta de desarrollo de sindicatos, destacamentos comunistas y organizaciones revolucionarias de toda índole, es posible que adquiera un carácter economicista durante un tiempo, y que sus entradas de carácter político sean, de forma general, poco elevadas. Esto es un problema únicamente en tanto que reflejo del estado actual de la conciencia de las masas. En oposición a los elementos que, llegado el momento, pugnen por su estancamiento, los comunistas, con la perenne vocación de establecer alianzas sólidas y honestas, deben combatir contra viento y marea para garantizar que la publicación se eleva en la misma medida en que lo hace la conciencia de la clase trabajadora.

4.3. Unidad de acción

Un principio básico del centralismo democrático, la forma organizativa propia del leninismo, es aquél de la «libertad de debate, unidad de acción». Esta máxima debe aplicarse no solo en la organización o destacamento al que se pertenece, sino también en los sindicatos en los que los camaradas se encuentren destacados.

Y es que, llegados a este punto, es fundamental dejar atrás cualquier forma de patriotismo ideológico. No tratamos aquí de realizar una apología de la unidad de los revolucionarios en abstracto, sino que, asumiendo que podemos concertar unas premisas básicas de trabajo aterrizadas en la práctica, la inmanencia de la lucha, junto con la honestidad en ésta, serán las encargadas de dictaminar las tareas verdaderamente acuciantes, de deslindar los campos entre aquellos que luchan por el progreso del movimiento obrero en general y del Partido Comunista en concreto, y aquellos que, por el contrario, luchan por su atraso, por el mantenimiento del orden presente.

Esto es todavía más importante si tenemos en cuenta que nuestro trabajo nos llevará a actuar codo con codo con elementos que ni siquiera se reconocerán como leninistas, pero cuyo trabajo, dedicación, honestidad y dirección hacen que sean más cercanos a nosotros que muchos autodenominados marxistas. Nos referimos aquí a anarquistas, comunistas de izquierdas, sindicalistas y «socialistas» de toda índole. Es fundamental que seamos capaces de discutir con ellos las cuestiones importantes, que desbrocemos lo que es realmente fundamental de lo que son dejes identitarios, y que nos enfrentemos con honestidad a los retos que impone el trabajo conjunto.

Y es que, de nuevo, es la práctica la que dicta las tareas que los comunistas deben acometer. Llegados a este punto, no creemos que nuestros referentes históricos sean un misterio para nadie. Tenemos muy clara la tradición de la que nos reclamamos herederos, tanto por sus virtudes como por sus defectos. Pero los hechos que acaecieron hace cien, sesenta o cuarenta años, los mismos de los que hemos extraído las lecciones que han hecho de nosotros lo que somos, no nos impiden perder de vista que el trabajo realmente necesario aquí y ahora pasa por trabajar honestamente con individuos y organizaciones con las que tenemos diferencias irreconciliables, pero cuyos objetivos inmediatos se alinean con los nuestros y que, por más que errados a nuestro entender, trabajan con honestidad en pro de la misma causa que nosotros.

5. El círculo obrero: motor y resultado

Como anunciábamos al inicio del anterior apartado, nuestro objetivo último, además de recomponer el movimiento obrero, es el de construir el Partido Comunista. Hemos repetido hasta la saciedad que ambas tareas están interrelacionadas, que sin la dirección comunista, sin una perspectiva política elevada, sin la profesionalidad que deben aportar sus cuadros, su entrega sin límites y su vocación de llevar las organizaciones obreras hasta el límite de sus contradicciones, el movimiento obrero es presa del reformismo. Por otro lado, sin un movimiento obrero fuerte, organizado e independiente, el comunismo carece de contacto con la clase de la que dice emanar, se entrega también al reformismo, a la complacencia, al intelectualismo. Sus cuadros no se profesionalizan, sus decisiones no son sometidas a la crítica de las masas, pierde sus relevos revolucionarios, se encona en debates estériles y se refugia en el identitarismo.

La experiencia bolchevique demuestra que el resultado de la colisión entre la conciencia socialista y el movimiento obrero independiente es el círculo obrero. A principios del siglo pasado, los revolucionarios rusos lograron vertebrar estos círculos de forma directa, sin mediar con ninguna organización existente, mediante el trabajo de organización del proletariado en general. De ahí la velocidad y la nitidez con la que el Partido de Lenin se desenvolvió en una Imperio cuya clase obrera era considerada la más atrasada de toda Europa.

En la actualidad, el círculo obrero aparecerá como resultado de todo cuanto acabamos de definir. El trabajo de los comunistas en los sindicatos, requisito indispensable para incidir en los centros de trabajo, debe ir encaminado a la construcción de un movimiento obrero fuerte e independiente. Y mediante el correcto desarrollo de esta tarea, los comunistas se fundirán más y más con la clase que dicen representar, atrayéndose a los elementos más avanzados de entre ella. A medida que los sindicatos tomen una dirección revolucionaria gracias a la intervención política superior, encarnada por los comunistas, el movimiento obrero se revitalizará en la misma medida que los obreros avanzados, los elementos más conscientes de entre su clase, acudirán a reforzar las filas de las organizaciones comunistas.

Será en este momento que podremos hablar de un salto cualitativo relevante, puesto que la madurez de las organizaciones comunistas y el desarrollo del movimiento posibilitarán la aparición de círculos obreros genuinos, precursores de las células que deben configurar la unidad mínima del Partido Comunista. La proliferación de estos círculos supondrá la verdadera proletarización del movimiento comunista, es decir, que serán la manifestación de la verdadera fusión de la conciencia socialista con el movimiento obrero. Supondrá el cierre de esta etapa de distanciamiento entre el proletario y la ideología revolucionaria y, en su lugar, quedarán constituidos como el motor de una nueva etapa, una en la que la consecución del Partido Comunista no será un futuro distante ni incierto, sino una realidad cada vez más cercana.

La aparición sostenida de círculos supondrá también la toma de perspectiva de los debates realmente apremiantes para el movimiento comunista, el distanciamiento de las desviaciones propias de las organizaciones compuestas mayormente por estudiantes e intelectuales, y la capacidad y obligación, ahora sí, de extender la actividad a otros frentes de masas, a ampliar la escala de la agitación y aplicarla más allá del centro de trabajo, a desarrollar campañas específicas para los desempleados, las amas de casa, los estudiantes. Con la garantía de unos cimientos sólidos arraigados en el seno de un movimiento obrero fuerte llegarán nuevas oportunidades estratégicas, pero también nuevos retos. Pero la existencia de los círculos obreros, que emanarán de los centros productivos pero que en ningún caso se limitarán ya a ellos, ofrece la mayor de todas las ventajas: la posibilidad de construir el Partido Comunista que, como no puede ser de otro modo, será un partido obrero tanto en forma como en contenido.

Nada de esto implica que la construcción de un círculo obrero pueda darse sin la mediación de los sindicatos. Pueden darse las condiciones en las que un comunista encuentre en sus compañeros de trabajo inmediatos obreros avanzados, que no exista un sindicato allí donde se emplea, y que estos compañeros respondan magníficamente ante las propuestas del camarada. No debemos descartar una ocasión de este calibre. Pero este caso concreto es, por lo demás, fortuito, y no refleja las condiciones sociales generales. 

6. Conclusiones

Volviendo a las interpretaciones que mencionábamos en la introducción y que hemos rescatado más adelante: no, «proletarizar» no significa ni hacer sindicalismo ni enviar a nuestros camaradas a trabajar a la fábrica. No solamente. Pero son tareas que debemos realizar con tal de aproximarnos al proletariado.

«Proletarizar», tal y como nosotros lo entendemos, significa actualizar la estrategia y las tácticas que nos permitan trabajar directamente con el proletariado, contribuir a la recomposición del movimiento obrero y construir el Partido Comunista entendido como la clase proletaria organizada y pertrechada con la ciencia socialista. En esta senda debemos lidiar colateralmente con un movimiento obrero descompuesto, con unos sindicatos corporativos que operan como apéndices del Estado, contra el Estado mismo, contra el gran y pequeño reformismo, contra el arsenal ideológico que la burguesía ha desplegado para adormecer al trabajador, contra una aristocracia obrera más nutrida que nunca en la historia y, por encima de todo ello, contra la burguesía, primera interesada en distanciar a los comunistas de las masas trabajadoras.

Retomando nuestro Programa, y aclarada la «proletarización», creemos que ahora el binomio queda mucho más claro. Hay que volver a trabajar en el fango con el proletario, pero también hay que discutir con el resto de camaradas, de destacamentos y de elementos individuales para poner en común el resultado de nuestra práctica y corregirla sobre las bases del trabajo real y común. Las discusiones que emanan desde esta perspectiva no son ya estériles e irreconciliables «por las diferencias de principio», sino vivas, nutridas, reales. Y tras enfrentarse a la miríada de agentes que luchan activamente en contra de la clase trabajadora, los comunistas honestos y los revolucionarios de toda índole aparecen como claros aliados con los que el debate, por enconado que sea, debe ser constructivo.

Este camino conduce a la profesionalización, se quiera o no. Aquello que carece de importancia desaparece de la vista tan pronto como uno se ha de enfrentar a los retos impuestos por la práctica. La adherencia a esta línea de trabajo conduce a leer más pero mejor, a observar y escuchar con más atención, a detectar el descontento en las conversaciones de los compañeros de trabajo, a pensar de forma concreta, intentando responder a la pregunta «¿qué hacer?» de forma constante, pero vinculándola, ahora sí, a un objetivo tangible. Dicho de otro modo: la profesionalización lleva a uno a trabajar, en el sentido más explícito, para la revolución. Y aunque el sueldo sea inexistente, los resultados acumulados a lo largo de este año nos permiten afirmar que es un trabajo muy agradecido.

Cuando publicamos nuestro Programa hace ya casi un año, creíamos estar en lo cierto. Hoy, con los resultados que ha ofrecido este año de trabajo y habiendo contrapuesto nuestra experiencia con la de otros camaradas, estamos todavía más seguros de estarlo. Pero nada de lo que hemos dicho encierra misterio alguno, nada de lo que queda reflejado aquí es invención nuestra, y desde luego que no hemos sido los primeros en desarrollar una actividad de esta índole. Tal vez solo hayamos sido los primeros en expresarlo de este modo.

Como siempre repetimos, quedamos atentos a vuestros comentarios, críticas y reflexiones. Pero, más importante todavía, os invitamos a trabajar con nosotros. Porque la tarea es inmensa, camaradas, pero realizable. Y el mundo necesita que todos los comunistas se pongan manos a la obra.