Movimientos Sociales y Política de Ejes
25 de septiembre de 2026

Transcurrido más de un año desde la publicación de nuestro programa, tenemos mucho más claros cuáles son los principales obstáculos que impiden a muchos camaradas comprender la importancia y la necesidad de «proletarizar» que sufre en la actualidad el movimiento comunista. En este caso, nos decidimos a abordar la falta de comprensión generalizada que existe sobre la novedad que supone este aspecto programático respecto a la que viene siendo, desde hace unas décadas, la tónica habitual de la inmensa mayoría del espectro político progresista. Esta dificultad en la comprensión de hasta qué punto es innovadora la propuesta de «Proletarización» tiene dos fuentes: en primer lugar, el parco desarrollo por nuestra parte sobre la diferenciación entre la política de proletarización y aquella con la que viene a romper; y, en segundo lugar, el apego que muchos camaradas sienten hacia las prácticas y la identidad que lleva asociada esta segunda forma de hacer política, a la que hemos bautizado como «Política de ejes».

De modo que, dispuestos a subsanar la falta de desarrollo y justificación teórica por nuestra parte, abordamos en este texto lo que entendemos por «Política de Ejes», así como los movimientos sociales que le dieron origen y que la sustentan hasta hoy en día. Sabemos que esta es una cuestión polémica y que se nos acusará de «falta de calle», pero nada más lejos de la realidad: este análisis proviene precisamente de años de participar en los movimientos sociales y de reproducir la «Política de Ejes», de dar cuenta de sus límites y de la voluntad firme de superarlos. Es probable que algunos comunistas se ofendan por las tesis que se exponen, ya que consideran fútiles los esfuerzos vertidos en una dirección militante concreta, pero deben saber que no buscamos ofender ni despreciar a nadie. Tan solo pretendemos invitar a la reflexión a todos aquellos dispuestos a hacer crítica y autocrítica y a pelear por una nueva sociedad.

En el primer apartado de este artículo se bosquejan algunos aspectos que caracterizan lo que la academia burguesa denominó «Nuevos Movimientos Sociales». Si bien rechazamos el adjetivo de «nuevos» por la vocación de sucesión histórica respecto al movimiento obrero, tomamos los Movimientos Sociales (MMSS) como punto de partida para el abordaje ulterior de la política de ejes. Así, se abordan las prácticas que definen los Movimientos Sociales, se establece el papel que tiene la intelectualidad en su implementación y desarrollo y se cuestiona en qué medida esto reviste de un carácter «espontáneo» a los MMSS. También se establece la diferencia entre la proletarización y el abordaje de la cuestión laboral desde la lógica de los Movimientos Sociales y, por último, se ubica el seguidismo respecto a la lógica de las organizaciones comunistas y de izquierdas en general, simultáneamente como síntoma y consecuencia de la bancarrota del proyecto comunista, para, a continuación, pasar a hablar de la Política de Ejes como la dinámica que consolida este seguidismo.

En el segundo apartado, centrado en la Política de Ejes, hemos optado por desglosar los principales ejes que se derivan de los movimientos sociales específicos que mayor calado han tenido recientemente. Así, tratamos el feminismo y la liberación LGTB, el ecologismo, la vivienda y el antiimperialismo como los principales ejes que caracterizan esta forma de hacer política. Estableceremos potencialidades y límites para cada uno de ellos tratando de mostrar lo que una política de proletarización podría aportar en cada caso.

El tercer subapartado atiende brevemente a las principales reacciones políticas que se han dado habida cuenta del fracaso del paradigma de los movimientos sociales para, finalmente, establecer aquello que le falta a la Política de Ejes y que busca la política de proletarización: la hegemonía proletaria. Cerramos el artículo rescatando este olvidado y maltratado término de la tradición marxista, pues la dirección proletaria es necesaria en todo proceso de cambio social tanto para garantizar su realización al margen de los intereses de la clase burguesa como para sostener la esperanza de que dicho cambio se sume a los esfuerzos que han de culminar en la revolución socialista

Los «no tan nuevos» movimientos sociales

Durante los años 60 y 70, en el corazón de las potencias capitalistas ya reconstruidas de la posguerra, un grupo de sociólogos europeos –Touraine, Melucci, Habermas, Offe– bautizó como «nuevos movimientos sociales» a una serie de movilizaciones que no encajaban en el molde clásico del movimiento obrero: el feminismo, el ecologismo, el pacifismo, o los movimientos por los derechos civiles son algunos de los ejemplos más conocidos. Si bien la emergencia de este tipo de protestas es un fenómeno que sin duda merece atención, la consideración de «nuevos» para los movimientos sociales contiene una gran carga ideológica con la que se pretendía dar por enterrado el antagonismo capital-trabajo como eje del conflicto social y entronizar en su lugar la disputa cultural, la identidad y el «estilo de vida» como el nuevo terreno legítimo de la política emancipatoria.

Touraine habló de una sociedad «programada» donde el conflicto ya no se libraba en la fábrica sino por el control del conocimiento y de los modelos culturales. Melucci fue todavía más lejos: disolvió al propio movimiento en un proceso de «construcción de identidad», vaciándolo de programa y de horizonte estratégico. Inglehart remató la faena con estadística: una vez saciada la necesidad material por el Estado de bienestar, las nuevas generaciones –decía– ya no pedían pan sino autoexpresión. En los tres casos, la conclusión práctica era la misma: el centro de trabajo había dejado de importar.

Así, la etiqueta «nuevos movimientos sociales» no describe neutralmente un fenómeno, sino que legitima, aparato académico mediante, el abandono del centro de trabajo como terreno prioritario de la lucha política. Y esa legitimación no se quedó en los seminarios de sociología: fue absorbida con entusiasmo por buena parte de la propia izquierda organizada, que encontró ahí una coartada teórica elegante para justificar lo que en la práctica ya venía sucediendo: el desplazamiento de sus cuadros y energías del centro de trabajo hacia el activismo institucional, la subvención y el seguidismo de agendas ajenas.

Nosotros definimos a los Movimientos Sociales (MMSS) como formas de acción colectivas cuyas prácticas no apuntan directamente a la contradicción capital-trabajo, sino que operan entorno a problemáticas derivadas de dicha contradicción. Rechazamos deliberadamente el calificativo de «nuevos» para los MMSS porque nos oponemos a la presunción de que estos vinieron a superar o reemplazar al centro de trabajo como terreno principal del conflicto social. Sin embargo, la forma en que estos movimientos han configurado nuestro panorama político actual y el modo en el que las distintas organizaciones comunistas acostumbran a abordar la cuestión nos obliga a tomar posición sobre ellos.

Las prácticas de los movimientos sociales

Que los MMSS manejan análisis parciales de la realidad social y que sus propuestas prácticas son limitadas se ha hecho evidente a medida que su desarrollo histórico ha dejado patente la incapacidad de superar –o siquiera resistir– la totalidad capitalista. Comunistas y revolucionarios de todo signo se han aproximado a ellos seducidos por el carácter masivo de algunas de sus reivindicaciones y por la legitimidad y justeza de la mayoría de sus reclamos. Estos dos hechos en conjunto han provocado que la mayoría de los análisis de las organizaciones revolucionarias asimilen los MMSS a la lucha obrera «espontánea».

Sin embargo, equiparar los MMSS a la lucha obrera «espontánea» es un error: ni son netamente obreros –ya que su composición es interclasista– y por ello tampoco son estrictamente espontáneos –pues están mediados por un marco interpretativo que expresa esa misma voluntad política interclasista y que, en consecuencia, se orienta inevitablemente hacia el reformismo pequeñoburgués–, ni comparten las mismas potencialidades revolucionarias que el movimiento obrero clásico.

La estrategia más común por parte de las organizaciones comunistas que pretenden incidir en las masas organizadas en torno a los MMSS es la de ampliar el horizonte analítico de los activistas. El trabajo ideológico o incluso de «guerra cultural» aplicado a escala social es una inversión del principio materialista según el cual es el ser social el que determina la conciencia, y no al revés. Dicho de otro modo: la práctica produce la creencia. Por ello no es posible reformar los MMSS cambiando su marco conceptual sin transformar su práctica. Y aun cambiando los conceptos que se utilizan en su seno, dicha intervención es puramente cosmética mientras se mantengan los principios de acción que los caracterizan.

Y es que lo decisivo para caracterizar a los MMSS desde una perspectiva materialista no es su vocabulario, sino sus prácticas concretas. Las actividades que desarrollan estos movimientos consisten, en su mayoría, en prácticas subrogadas a la administración burguesa: demandas de alquileres sociales o aplazamiento de desahucios, contenciosos administrativos, informes de vulnerabilidad en servicios sociales para acceder a ayudas, mediación institucional, repertorios de visibilidad mediática… Todo un conjunto de estrategias tercerizadas que van en detrimento de la independencia de clase y favorecen, en general, la mentalidad reformista conciliadora de que hay que «ganar las instituciones». En definitiva, son estrategias que conducen a querer participar del circo electoral burgués y a repetir indefinidamente el ciclo del 15M.

La intelligentsia y la conciencia de agravio codificado

En las últimas décadas hemos asistido a un aumento del nivel de alfabetización masivo, así como a un incremento del nivel cultural general, especialmente en los principales núcleos imperialistas. Estos hechos implican la necesidad de complejizar la dualidad «espontáneo/consciente» de la tradición leninista al ensanchar el estrato social de la intelligentsia, que deviene un actor capaz de reconocer dinámicas sociales complejas –tales como el machismo o la gentrificación– pero cuya lealtad de clase es tremendamente volátil y que, a falta de un encuadramiento proletario, tiende marcadamente al mercenarismo.

Entender cómo opera la intelligentsia nos permite comprender mejor la configuración y características de los movimientos sociales: en primer lugar, se suceden unos hechos que levantan indignación popular, produciéndose en respuesta manifestaciones espontáneas. Sin embargo, el marco interpretativo lo aporta la intelligentsia, facilitando lo que podríamos llamar una conciencia de agravio codificado, es decir, un diagnóstico de las causas que han producido los hechos que se encuadran en un campo de significados ya elaborado de antemano y que, por tanto, no puede llegar a considerarse espontáneo, si bien en su circunscripción reducida al fenómeno específico que motiva las protestas redunda, la mayoría de las veces, en una parcialidad que tampoco le permite llegar a ser considerado como plenamente consciente.

Asimismo, el repertorio táctico de los movimientos sociales también lo facilita ese estrato dirigente-intelectual, concentrándolo en torno a lo que ya se puede considerar como la tradición activista: el boicot de consumo, las manifestaciones pacíficas, la desobediencia civil, los escraches etc. La mayor parte de estas modalidades de protesta o bien están contempladas dentro de la legalidad, o bien la exceden milimétricamente. Esto es debido a que, en los estados modernos donde impera la democracia burguesa, las instituciones dan cabida al feminismo, al ecologismo y, en general, a cualquier manifestación genuina de preocupación por el bienestar de la población, siempre y cuando no comprometa la lógica de la ganancia capitalista. Todo ello resulta increíblemente atractivo para la clase intelectual que ve en esa casuística al mismo tiempo su salvación moral y su salvación individual en relación a la atroz competencia que reina en el mercado laboral.

Pero funcionar en base a esta búsqueda de salvación moral tiene un precio. El activismo funciona como una suerte de voluntariado político permanentemente convocado por la urgencia del daño concreto que tiene delante. El activista, movido por un sentimiento genuino de justicia, queda atrapado en lo que algunos han querido llamar un «chantaje de la praxis»: la exigencia moral de actuar aquí y ahora sobre el síntoma visible, bajo pena de complicidad por omisión si no lo hace. Esa urgencia termina siendo incompatible con la perspectiva estratégica que exige la lucha revolucionaria en busca de una transformación real, porque sencillamente termina por olvidar el hecho de que pueda existir una transformación real. De este modo, los vasos comunicantes entre el activismo y la izquierda capitalista institucional se muestran, a día de hoy, tan evidentes que resultan imposibles de negar. Esta es la razón por la que ser activista queda bien, mientras que ser militante suena a dogmático.

Recapitulando: la conciencia de la que están dotados los movimientos sociales es parcial y tampoco equivale a la conciencia de clase. Se puede llegar a identificar el síntoma con precisión, pero el marco desde el que lo hace no está diseñado para vincularlo a una superación del capitalismo como sistema, sino a su gestión o reforma. Esta lógica no depende exclusivamente del ámbito en el que se den las protestas, sino de las prácticas que las configuran. El sindicalismo no es ajeno a esta dinámica mediante la que el capital subsume las formas de protesta: de forma análoga el amarillismo y el sindicalismo de concertación han colonizado los sindicatos mayoritarios, instaurando prácticas similares a los MMSS hasta quedar prácticamente inservibles como organización de clase independiente.

Desde una óptica revolucionaria, el criterio explicativo decisivo no es la etiqueta formal del espacio –sindicato, movimiento social, partido– sino si su dirección mantiene o no independencia de clase.

Homeostasis y el espontaneísmo funcional

De este modo, el interclasismo de la composición social de los MMSS, sumado a una intelligentsia sin anclaje proletario propio, los limita fuertemente en su desarrollo de potencia revolucionaria, quedando relegados al mantenimiento homeostático de la vida política del capitalismo. Los activistas abordan los conflictos sociales más candentes y agudos uno a uno, sin capacidad de elaborar una estrategia que impugne la totalidad del sistema capitalista, parcheando sus estragos más sangrantes.

Esta consideración de la actividad de los MMSS como «homeostática» es análoga a la consideración clásica del marxismo del sindicalismo espontáneo. Pero si antes señalábamos que el paradigma del espontaneísmo leninista clásico debe ser complejizado, conviene distinguir dos planos: el plano genético –de origen– y el plano funcional –de efecto–. Los MMSS no son espontáneos en origen, porque su acción está mediada por un marco conceptual elaborado por un estrato intelectual-activista. Sin embargo, sí que son espontáneos en un sentido funcional, porque su acción está contenida dentro de los márgenes del sistema y el resultado práctico de su acción no tiene capacidad para superarlo.

Históricamente, el sentido leninista clásico de identificación de ambos planos tenía todo el sentido porque la acción obrera espontánea no tenía dirección consciente y sin ella no podía superar el paradigma del modo de producción capitalista. La misión en ese caso era la de imprimir una consciencia revolucionaria en el movimiento obrero. Sin embargo, hoy en día, los MMSS no son netamente obreros ni carecen de dirección consciente. Esto imprime una nueva dificultad porque, aunque la consciencia con la que cuentan sea parcial, constituye un campo de significado con el que el comunismo debe competir.

Así, el diagnóstico del espontaneísmo funcional de los MMSS no es un simple agravamiento del diagnóstico leninista, sino un problema de naturaleza distinta: el reto ya no es la ausencia de consciencia, que puede llenarse mediante intervención directa, sino la presencia de una consciencia parcial y conciliadora de clase que ya reina en ese espacio y con la que el comunismo debe competir de forma directa por ser funcional a un capitalismo ya plenamente instaurado.

La proletarización vs el «frente» laboral

De lo expuesto hasta ahora se deriva la posición programática de la proletarización. La proletarización no consiste en la indiferencia política hacia los espacios extra-laborales, ni en el rechazo sempiterno a la participación en ellos. Pero sí que implica establecer una diferenciación radical que pasa por rechazar la denominación de «frente» para el trabajo revolucionario que se lleva a cabo en el centro de trabajo, en la medida en que hablar de «frente laboral» ya sugiere una paridad y coordinación entre iguales con otros frentes que diluye su importancia capital. El centro de trabajo no es un espacio de disputa entre varios: es la condición de posibilidad material para que el proletariado pueda dirigir, con independencia de clase, cualquier otro espacio político de composición interclasista.

El centro de trabajo es el lugar desde el cual el proletariado se erige como clase revolucionaria, pues es el lugar en el que, además de percibirse como clase agraviada, puede realizarse como la clase que produce todos los bienes materiales que configuran el espacio social. La condición del proletariado como clase revolucionaria no descansa en los agravios recibidos, sino en el hecho de que es la clase productora de todo cuanto posee una existencia social. Es en el centro de trabajo donde se puede construir un verdadero poder obrero.

Y sin ese anclaje previo, sin un poder de clase organizado, cualquier intervención en un espacio interclasista queda a expensas de la volatilidad ideológica de los elementos de clases subalternas, del oportunismo de los intelectuales y de la injerencia burguesa.

No se puede menos que insistir en que el proletariado no constituye simplemente «otro grupo afectado» entre varios colectivos oprimidos. El proletariado es una clase determinada por su posición en las relaciones de producción capitalistas y es por esa razón que constituye el sujeto de la transformación revolucionaria de todas las relaciones en su conjunto. Cuando una reivindicación queda estructurada políticamente alrededor de un sujeto interclasista aparece un problema de hegemonía.

El seguidismo como consecuencia y como síntoma

El seguidismo que impera actualmente por parte de las organizaciones comunistas hacia los MMSS no es un simple error táctico corregible con un mejor vocabulario o mediante una intervención discursiva más hábil, sino que es la consecuencia de descuidar el terreno que garantiza la dirección propia. Sin una organización proletaria de base, los comunistas entran en esos espacios sin la única base material que les permitiría disputar su conducción y, al carecer de una hegemonía propia, terminan subordinados a las clases o estratos sociales que ya la ejercen.

Es, a la vez, el síntoma de un proceso interno en el movimiento comunista: al descuidar la actividad en los centros de trabajo, los propios cuadros de la organización comunista terminan compuestos por este estrato intelectual-gerencial, la organización pierde su fuente distintiva de conciencia de clase y termina adoptando acríticamente el mismo marco de agravio codificado –si bien a menudo revestido de un elaborado vocabulario marxista– que los MMSS traían por su cuenta, sin realizar ningún trabajo de articulación con la totalidad de la realidad social como requeriría y requiere cualquier proyecto revolucionario. En definitiva, la composición subjetiva resulta favorable a reproducir las mismas lógicas que gobiernan en los MMSS.

Pero el criterio último no es la composición formal de un espacio, sino su articulación y funcionamiento consonante con las necesidades de la revolución. Y para ello es necesario articular al proletariado como clase independiente. Lógicamente, esa articulación no puede darse en espacios interclasistas ni bajo la tutela intelectual de la aristocracia obrera, sino que debe garantizarse materialmente mediante el anclaje organizativo en el centro de trabajo.

La política de los ejes

La línea política fundamental del marxismo consiste en la articulación y organización de la clase obrera como clase independiente. Sin embargo, en las últimas décadas, una parte importante del movimiento comunista ha ido desplazando progresivamente su práctica hacia la articulación de una pluralidad de luchas relativamente autónomas –feminismo, vivienda, ecologismo, antirracismo, independencia nacional, entre otras–, hasta el punto de que la cuestión obrera ha pasado a ocupar el lugar de un eje más junto al resto.

Este desplazamiento suele presentarse como una necesaria «actualización» del marxismo o como una diversificación de los frentes de intervención. Sin embargo, el cambio de fondo no reside en la incorporación de nuevas reivindicaciones, sino en la desaparición de la centralidad estratégica del conflicto capital-trabajo como principio ordenador de la práctica política. El resultado es una estrategia anti-científica basada en la articulación ecléctica de múltiples movimientos sociales y demandas semi-espontáneas.

Pero la cuestión decisiva no es si estas luchas responden a problemas reales. Los comunistas no podemos negar la importancia de la emancipación de la mujer, la preservación de los ecosistemas, el acceso a una vivienda digna o cualquier otra reivindicación que exprese necesidades legítimas de la clase trabajadora. Tampoco existe contradicción alguna entre incorporar estas cuestiones al programa comunista y mantener una estrategia marxista. El problema aparece cuando estas demandas dejan de ocupar un lugar subordinado dentro de una estrategia de clase y pasan a constituir ejes organizativos autónomos, sustituyendo la organización en torno al conflicto capital-trabajo por una articulación improvisada de los movimientos sociales en boga.

La estrategia comunista tampoco se define por la intervención exclusiva en la fábrica, sino más bien por orientar la organización hacia aquellos espacios donde la clase trabajadora participa en la producción y reproducción material del capital y donde el trabajo colectivo posee mayor capacidad para acumular fuerza y, por tanto, condicionar el funcionamiento del sistema. La transformación del capitalismo ha modificado profundamente esos espacios –incorporando centros logísticos, infraestructuras energéticas, plataformas digitales o servicios esenciales–, pero no ha alterado ese principio estratégico.

A partir de este criterio, en los apartados siguientes se analizarán algunos de los principales ejes sobre los que hoy se articula la intervención de buena parte del movimiento comunista para examinar el lugar estratégico que ocupan y los límites que presentan cuando sustituyen a la organización en los centros de trabajo como eje articulador de la práctica política.

Feminismo y liberación LGTB

Probablemente el movimiento social de mayor envergadura y relevancia de los últimos años sea el feminismo. Si bien la lucha por los derechos de las mujeres es algo que acompaña al capitalismo desde sus mismos inicios, en su versión más moderna el feminismo está fuertemente asociado a las luchas por la liberación sexual y de género. Es por esta razón y porque, a nuestro juicio, ambas manifestaciones políticas se explican por la misma casuística estructural que hemos optado por tratarlas de forma conjunta.

La incorporación de la mujer al mercado de trabajo constituye el signo principal de su progresiva transformación hacia sujeto autónomo. Históricamente atada al hogar y a las tareas reproductivas durante el feudalismo, en la transición a un nuevo modo de producción las mujeres tienen que soportar las penurias que el nuevo sistema económico dominante imprime a los explotados, además de cargar con el lastre ideológico de los remanentes históricos del modo de producción anterior que se manifiestan en forma de machismo.

En ese contexto, no es de extrañar que la reivindicación de la igualdad entre hombres y mujeres se presente como una potencia política de gran calibre. Pero esta potencia política no es más que el reflejo ideológico del capitalismo en marcha hacia la destrucción de la familia tradicional. Es, precisamente, desde esas coordenadas que el feminismo y la lucha por la liberación LGTB encuentran su causa común: barrer con la familia tradicional como unidad básica de reproducción social y la concepción de género que la sostiene.

En esta lucha coinciden los intereses del proletariado y de parte de la burguesía, en tanto que en este aspecto la burguesía puede seguir funcionando como una potencia del progreso. Contrariamente a lo que los análisis simplistas del materialismo vulgar nos podrían hacer creer, el capitalismo no es una fuerza del mal, no es una entidad místicamente perversa a la que haya que oponerse por defecto. Desde una perspectiva histórica, el capitalismo es una fuerza progresista que representa para el conjunto de la humanidad innumerables ventajas respecto al modo de producción anterior y que, sobre todo, posibilita el posterior desarrollo e implementación del socialismo.

Esta dinámica no es enteramente nueva para el movimiento comunista. Los bolcheviques ya supieron coordinar el trabajo estrictamente comunista de emancipación proletaria con reivindicaciones democrático-burguesas en torno a la mujer, precisamente porque el proletariado era la única fuerza social consecuente capaz de llevarlas a la práctica en la Rusia zarista. El capitalismo, dejado a su propia dinámica, ha ido satisfaciendo esas mismas reivindicaciones de forma parcial y desigual; pero su realización plena solo puede alcanzarse mediante la revolución comunista.

En ese sentido los comunistas, en tanto que representantes políticos de la más elevada forma de progresismo, debemos apoyar inequívocamente las luchas del proletariado femenino y LGTB en tanto que representan la fuerza política de la necesaria superación de la familia como unidad básica de reproducción social. Pero «inequívocamente» no quiere decir «acríticamente». Bajo la tutela burguesa, los movimientos sociales avanzan hacia posiciones apologéticas del individuo como unidad básica de reproducción social, que es la forma propia del capitalismo desarrollado.

Por esa razón, la estrategia comunista no puede desvincular la posición política al respecto de los derechos de la mujer y del proletariado LGTB de una estrategia política articulada en base a los centros productivos, pues es a partir de la incisión en la contradicción capital-trabajo que encontramos el límite al progresismo de las fuerzas burguesas, consiguiendo además prefigurar la forma socialista «colectivo» como forma superadora de la forma «individuo» capitalista.

Vivienda

Otro de los MMSS de mayor relevancia de nuestro siglo es el de la defensa del derecho a la vivienda. Si bien la mayoría de análisis retrotraen este movimiento al auge que experimentó en su comunión con el 15M, lo cierto es que podemos rastrear la problemática de acceso a la vivienda tan atrás como queramos, pues ha sido algo consustancial a una parte significativa del proletariado desde los inicios del capitalismo. Sin embargo, es cierto que las dimensiones actuales del problema nos permiten catalogar la situación de «crisis» y cabe admitir que la cantidad de proletariado asfixiado por los pujantes precios, tanto del alquiler como la compra, es cada vez mayor.

Una vez el problema alcanza las capas medias –proletarios algo más acomodados, aristobreros, «profesiones liberales» y pequeñoburgueses– y se extiende más allá del proletariado pobre, el movimiento social en defensa del derecho a la vivienda deviene verdaderamente un frente de masas en el que confluyen los intereses de diferentes clases y estratos sociales. Sin embargo, es cierto lo que señalan muchos comunistas: el proletariado es con diferencia la clase más afectada por la crisis. Pero ante la tentación de articular una estrategia política en torno al que, probablemente, sea el más inmediato reclamo de la sociedad, cabe preguntarse: «¿puede la lucha por la vivienda desempeñar la misma función estratégica que la organización de los trabajadores en los centros de producción?»

La respuesta es que no. En los centros de trabajo el proletariado se realiza como productor de mercancías, como el agente valorizador de la sociedad. En la lucha por la vivienda, en cambio, el proletariado es un mero consumidor, un comprador de mercancías que debe competir además en desventaja frente a otros agentes con un superior poder adquisitivo. Y es que no debemos perder de vista, como desarrollamos en nuestro artículo sobre la vivienda1, que la vivienda es una mercancía. Por ello, tratar de intervenir políticamente en ese segmento específico del metabolismo social tiene un potencial muy limitado frente al que supone intervenir políticamente en la producción –o valorización– de mercancías.

Aun aceptando el potencial limitado que demuestra en la transformación de las condiciones objetivas la organización en torno a los MMSS por la defensa del derecho a la vivienda, se podría objetar que dicha estrategia presenta ventajas en relación a la transformación de las condiciones subjetivas, esto es: en la transformación y el desarrollo de la conciencia del proletariado. Pero incluso en esa dimensión la lucha por el derecho a la vivienda presenta limitaciones de gran importancia.

Decimos que la estrategia de articular políticamente la lucha por el derecho a la vivienda presenta una capacidad de desarrollo de la conciencia limitado porque, al tratarse la vivienda de un bien de consumo, es un ámbito favorable al cultivo de estrategias interclasistas propias del progresismo pequeño-burgués. En tanto que en la actualidad el proletariado no está articulado ni organizado como clase independiente, entregarse a la lucha en frentes de este estilo implica un gran riesgo de permeabilidad de ideología burguesa.

Tampoco puede el proletariado, dado el equilibrio de fuerzas actual, organizarse independientemente en relación a las demandas que se derivan de la lucha por el derecho a la vivienda. Como ya señalamos a propósito de los MMSS en general, las prácticas que se derivan de sus demandas –alquileres sociales, aplazamiento de desahucios, mediación institucional– son estrategias subrogadas a la administración burguesa que conducen a la misma lógica reformista de «ganar las instituciones».

A los comunistas nos interpela directamente la crisis de la vivienda, pero no en tanto que problemática específica de encarecimiento de una mercancía, sino en tanto que pérdida general de poder adquisitivo de la clase trabajadora. La crisis de la vivienda nos brinda una estupenda oportunidad de hacer agitación y propaganda por el aumento de los salarios. El descenso de los salarios, tanto en términos absolutos como relativos, plantea un escenario favorable para el aumento de la conflictividad en los centros de trabajo y es desde ahí desde donde la clase obrera puede hacerse fuerte: tanto para recuperar poder adquisitivo como para interpelar con fuerza propia a las instituciones burguesas cuando sea necesario.

Ecologismo

No se puede hablar sobre los «nuevos movimientos sociales» sin abordar la problemática que plantea el ecologismo. En un contexto de aceleración del cambio climático, la preocupación por la preservación del medio natural es perfectamente legítima y la gestión consciente de la relación de la sociedad con la naturaleza es una necesidad cada vez más urgente. Esta situación resulta cada vez más clara para un sector más amplio de la población, lo que termina por redundar en manifestaciones políticas espontáneas en varios lugares a lo largo y ancho del globo, dando lugar a organizaciones específicamente ecologistas y a la incorporación de la agenda ecologista en los programas de organizaciones de izquierdas de diverso tipo.

Sin embargo, tratar de avanzar en la cuestión ecologista al margen de la lucha de clases, como si fuera posible aislar la relación de la sociedad con la naturaleza del modo de producción general, es como querer corregir el rumbo de un barco del que no se tiene el timón. Una de las características distintivas del capitalismo es la de la anarquía de la producción, que resulta de la lógica interna del mismo capital. Por eso, aunque existiera un capitalista individual cuya preocupación personal le llevara a gestionar su empresa mediante los más altos estándares de respeto al medio ambiente, esta empresa se vería perjudicada en su misión de obtener beneficios frente a otras que no tuvieran tantos reparos a la hora de explotar la naturaleza. La competencia entre capitales haría el resto.

La preocupación de la población por el medio ambiente es tal que algunos profesionales de la salud mental han llegado a acuñar el término «ecoansiedad», un vocablo cargado de significación que desplaza hacia el individuo la angustia provocada por la gestión sin rumbo del metabolismo social. La ecoansiedad no es otra cosa que impotencia, ante lo cual el capitalismo sí puede ofrecer una respuesta: un producto. El cambio climático es una realidad tan presente para el conjunto de la sociedad que la etiqueta «eco» se ha convertido en un producto más: es un reclamo, es marketing. La mejor aproximación que puede hacer el capitalismo a la resolución del problema es la libertad de consumo, para quién la pueda costear.

De la misma forma que con la cuestión de la vivienda, centrar el trato de la problemática en la esfera del consumo tiene un impacto muy reducido y, sin embargo, es la única alternativa que conoce el reformismo socialdemócrata. Subvenciones a las placas solares, ayudas para comprar coches eléctricos, incentivos para el reciclaje, etc. Mejor no preguntarse de dónde extraen el litio de las baterías, o las condiciones en que se extraen minerales raros en las minas de los países del tercer mundo, necesarias para la transición ecológica que propone la burguesía de los países del centro imperialista. Combatir los efectos del capitalismo con más capitalismo es un sinsentido ya que, como dice Marx: «La producción capitalista por tanto sólo desarrolla la técnica y la combinación del proceso social de producción social minando simultáneamente las fuentes de toda riqueza: la tierra y el obrero2.»

De manera que el ecologismo encuentra hoy dos manifestaciones principales: la apología de hábitos de consumo individuales para la tranquilidad de la conciencia individual, o la gestación subrogada de un capitalismo «eco» cuyo desgaste parturiento costearán países subdesarrollados y del que «eco» es solamente una marca comercial. Ante esta disyuntiva, los comunistas debemos plantear la necesidad de avanzar en el control consciente del metabolismo social hacia una gestión de la relación de la sociedad con la naturaleza que pueda preservar la mayor armonía posible y un modelo eficiente de explotación de los recursos que garantice la supervivencia de las sociedades.

Para desvincular la ideología burguesa de la legítima preocupación por la preservación por el medio natural, es imprescindible la unión estrecha de la causa ecologista con una estrategia centrada en la explotación de las contradicciones del capitalismo, así como un modelo de acumulación de fuerzas centrado en la toma del poder que garantice que el control de los medios de producción se ponga a disposición de los intereses de la humanidad en su conjunto.

Aun así, somos conscientes de que la propaganda a futuros por sí sola no sirve, las promesas de una futura toma del poder pueden llegar a ser insuficientes porque la preocupación y el sentimiento de urgencia respecto a la cuestión ecologista ha arraigado con fuerza en la población. Sin embargo, incluso en el marco de las estrategias más inmediatas, centradas en la demanda a las instituciones, la acumulación de fuerzas en los centros de trabajo resulta la mejor palanca para coaccionar a la burguesía organizada: el estado.

Antiimperialismo

Por último, conviene tratar el antiimperialismo como movimiento social por la dimensión de masas que ha alcanzado en los últimos tiempos el apoyo a la causa palestina. En el pasado, movilizaciones en contra de la guerra o en oposición a la OTAN habían alimentado la pulsión antibélica y la solidaridad internacionalista que son los pilares de este movimiento social. Hoy en día, la agresión imperialista y el genocidio que está sufriendo la población palestina a manos de Israel y Estados Unidos, con la complicidad más o menos explícita del bloque occidental en su conjunto, ha despertado la indignación de una porción bastante significativa de la población.

Sin embargo, la indignación viene acompañada en seguida de la impotencia, de la incapacidad percibida por parte de la sociedad que no tiene nada que ofrecer al pueblo palestino más que performances y actividades simbólicas. Desde las expediciones fallidas de la «flotilla» y las manifestaciones pacíficas en fin de semana, pasando por los boicots del consumo de productos de determinadas empresas y hasta las huelgas en solidaridad con cifras de seguimiento irrisorias: nada de ello ha servido siquiera para mitigar la masacre y la hambruna que se disipan entre el creciente silencio mediático y la habituación de la población a las imágenes y el horror.

Mientras no exista un estado proletario, cuyo ejército pueda práctica y efectivamente apoyar sobre el terreno a la resistencia armada palestina, los esfuerzos de los comunistas tienen que ir dirigidos hacia la burguesía de sus propias naciones: hacia su Estado. Sin embargo, lo que motiva a un Estado a participar de un conflicto bélico no es nunca una cuestión moral –si acaso esa es la justificación propagandística– sino económica. Por tanto, el combate que debe librarse por el equilibrio de fuerzas debe ser en clave económica, las claves morales o electoralistas no sirven. Una movilización masiva como demostración de fuerza que no vaya acompañada de medidas de presión económica es solo un movimiento moral y simbólico. Por ello no es de extrañar que la respuesta del gobierno sea también moral y simbólica, el PSOE como maestro trilero, guardián del hegemón y paladín del status quo es el ejemplo perfecto del máximo exponente que pueden aspirar a lograr este tipo de reivindicaciones.

Ante la pregunta «¿qué puede hacer el proletariado español por la causa palestina?» debemos responder con sinceridad «nada, hasta que no esté constituido como clase». De modo que mientras que el proletariado no se encuentre organizado en los centros de trabajo –el único lugar en el que puede ejercer el poder en la sociedad capitalista– tratar la cuestión del antiimperialismo como un eje de trabajo independiente solamente puede redundar en una división de fuerzas y en un retraso en el proceso de constitución del proletariado como clase independiente. Eso no quiere decir renunciar a las muestras de solidaridad y a la agitación en contra del bloque imperialista de la OTAN, pero es necesario comprender que para poder ejercer una influencia efectiva conviene articular debidamente las fuerzas del proletariado.

Las falsas alternativas y la trampa de la diversidad

Nuestro análisis sería incompleto si no atendiéramos a las respuestas –más o menos conscientes– que se han dado en relación a este fenómeno por parte de la política organizada. No somos los primeros en señalar que el modelo de política de los MMSS atraviesa una suerte de crisis, ni tampoco hemos sido los únicos que han tratado de dar con una salida a dicha crisis.

Existe una suerte de pseudo-consciencia del fracaso de este tipo de políticas, aglomeradas en torno a las críticas hacia la teoría interseccional. Sin embargo, aunque esta perspectiva se anuncie superada en el terreno ideológico, lo cierto es que persisten sus prácticas.

La trampa de la diversidad

El punto culminante de la trayectoria política de los movimientos sociales, al menos en España, fue el ciclo de protestas del 15-M y su cristalización institucional en el partido político Podemos. Podemos irrumpió en el panorama electoral en 2014 con un resultado que nadie esperaba en las europeas, y su ascenso se confirmó en 2015 con buenos resultados en las municipales y autonómicas, con la obtención de las alcaldías de Madrid y Barcelona. Ese ascenso se prolongó hasta 2016, año en el que todo apuntaba a un sorpasso al PSOE que finalmente no se produjo. La debacle interna del período 2016-2018 fue más que sonada, y la sensación de fracaso de un tipo concreto de políticas se extiende todavía hasta hoy.

En ese contexto se publica La trampa de la diversidad de Daniel Bernabé. La obra alcanzó un éxito notable con rapidez y pronto se instaló en el centro del debate de los ambientes de izquierda. Lo relevante, sin embargo, no es tanto la tesis de Bernabé como el síntoma que revela su éxito editorial: la inoperancia práctica de las formas de hacer políticas propias de los MMSS había ido generando reticencias crecientes en distintos sectores, que encontraron en La trampa de la diversidad y en los debates suscitados a su alrededor una vía de salida a esas tensiones internas acumuladas. El riesgo de un abordaje de pretensiones «objetivistas» –o meramente descriptivas, es decir, no programáticas– como el de Bernabé, no obstante, es que su contenido puede deslizarse con facilidad hacia posiciones reaccionarias.

De este modo, La trampa de la diversidad –o, mejor dicho, la libre interpretación de sus tesis– se convirtió en parte fundamental del argumentario de posiciones contrarias a la libertad sexual y de género, o, en general, a cualquier reivindicación percibida como «desviación posmoderna». Al tratar la diversidad como un mero epifenómeno de la cultura neoliberal, antes que como un terreno de lucha política legítimo, el libro termina pudiendo operar como una desviación derechista que resta legitimidad a esas luchas en nombre de una unidad de clase abstracta que no llega a concretarse de ningún modo. Así, el riesgo de las legítimas reticencias que puedan tenerse respecto a la forma en que se llevan a cabo las reivindicaciones de los movimientos sociales consiste en que se deslicen hacia la totalidad de sus contenidos, negando el valor progresista que dichas reivindicaciones contienen en germen.

Esta deriva reaccionaria no es, sin embargo, el único desenlace posible ni el necesario. Lo que revela, en última instancia, es que la disyuntiva entre forma y contenido –entre cuestionar cómo se organiza una reivindicación y cuestionar su legitimidad– solo se sostiene mientras no exista un sujeto capaz de disputar la dirección de esas luchas desde otro lugar. Pero antes de pasar a hablar del papel y la importancia de la hegemonía proletaria, conviene atender a otra de las salidas –de signo opuesto a la deriva reaccionaria– que también ha intentado responder a la crisis de los MMSS sin resolver su causa de fondo. Si la primera tendencia confunde un problema de forma con uno de contenido, y por eso termina negando la legitimidad misma de las reivindicaciones, esta segunda tendencia comete el error simétrico: trata como una cuestión de contenido lo que sigue siendo, en realidad, un problema de forma.

Las falsas alternativas

Dentro del espectro del comunismo, la novedad más relevante de la última década en España ha sido, sin lugar a dudas, la irrupción del Movimiento Socialista (MS). La composición militante de dicha organización arrastraba, en el momento de constituirse, una trayectoria dentro de los MMSS lo suficientemente dilatada como para ser capaz de identificar los problemas que acompañan a su modelo político-organizativo. Especialmente centrados en el ámbito de la lucha por el derecho a la vivienda, pero sin desdeñar el papel del feminismo u otros frentes como el estudiantil o, en Cataluña, la liberación nacional; los militantes del MS conocen a la perfección la «política de ejes».

Tras su aparición, arrastraron a sus coordenadas políticas –aún sin definir con claridad, por cierto– a varias organizaciones adscritas a esos frentes, y allí donde no fueron capaces, simplemente crearon otras nuevas ad hoc. Es a causa de este movimiento que, según cómo lo hemos definido, el MS sigue practicando hoy en día una política de ejes, si bien renovando los eslóganes y las consignas y adaptándolos a un vocabulario perfectamente marxista. Es cierto que, debido a su voluntad expresa de seguir el camino del comunismo, han tratado de incorporar también la lucha en el lugar de trabajo, pero esto ocurre siempre desde la lógica de la política de ejes: se habla siempre del eje laboral o del frente laboral.

Este último punto es, quizás, el más revelador de los límites del MS. Que la lucha en el centro de trabajo aparezca nombrada como «eje laboral» o «frente laboral» no es una cuestión meramente terminológica: delata que, incluso en una organización que se reclama heredera del marxismo, el trabajo no ocupa el lugar que le corresponde como terreno vertebrador de la lucha de clases, sino que, en herencia de la tradición de los MMSS, aparece situado al mismo nivel que cualquier otro eje –la vivienda, el feminismo, lo estudiantil–, como uno más entre varios frentes yuxtapuestos.

La consecuencia es que ni siquiera una organización teóricamente mejor pertrechada logra subvertir la problemática que arrastran los MMSS. No basta con erigir unos movimientos sociales alternativos, por más articulados y terminológicamente asentados en el marxismo que estén: siguen siendo una federación de luchas parciales. Este modelo es fundamentalmente distinto al de una organización centrada en la producción desde la que disputar la dirección ideológica del conjunto de la sociedad.

Esto confirma, en última instancia, que el problema de los MMSS no se resuelve por la vía de «marxistizar» su vocabulario, sustituyendo un léxico posmoderno por uno de clase, sino que exige revertir la propia arquitectura práctica y organizativa que los sostiene. No basta con articular una práctica discursiva que señale que todas las opresiones están relacionadas y que tienen una raíz común en el capitalismo, sino que hace falta partir de la totalidad concreta de las relaciones sociales que producen esas manifestaciones particulares, es decir: de la instancia lógicamente fundante de la sociedad de clases, que no es otra que el antagonismo entre burguesía y proletariado.

Esa tarea es fundamental en tanto que posibilita la construcción de una verdadera hegemonía proletaria, condición necesaria para abordar cualquier problemática social en clave revolucionaria. Sin ella, la forma del seguidismo permanece intacta bajo un ropaje discursivo distinto.

Conclusión: la necesidad de la hegemonía proletaria

La que aquí hemos denominado «política de los ejes» es, sin lugar a dudas, la política predominante en la izquierda de los últimos años, y es causa, al tiempo que síntoma, de la inoperancia de los planteamientos estratégicos de las organizaciones comunistas. Es síntoma porque la falta de una agenda propia empuja al seguidismo de las masas, y es causa porque, en la ceguera que provoca la necesidad de cosechar éxitos políticos inmediatos, las organizaciones comunistas se han olvidado de procurar construir aquello que posibilita el enfoque revolucionario de todas las cuestiones que quitan el sueño a todos aquellos ávidos de justicia social: la hegemonía proletaria.

El error no es, sin embargo, el de diversificar las cuestiones a las que atender. El error es relegar la lucha por el salario y la organización en los centros de trabajo a un plano de equivalencia táctica con respecto a otras demandas de la sociedad. En definitiva: situar al proletariado en una posición de seguidismo de los MMSS de composición interclasista.

Para salir de este atolladero tampoco basta con establecer que «la cuestión obrera» es más importante que las demás. Entenderlo de este modo significa no haber comprendido las necesidades de la revolución comunista. Lo que resulta necesario es la construcción de una hegemonía proletaria capaz de disputar la dirección ideológica de los movimientos sociales. Sin ella, los comunistas solamente pueden acompañar estas luchas, cuando de lo que se trata es de subordinarlas a un horizonte de clase que ellas mismas, por su composición interclasista, no pueden generar por sí solas. Pero esta tarea presupone algo que el seguidismo, precisamente, ha erosionado: una base organizativa propia en los centros de trabajo.

Sin ese anclaje, la hegemonía deja de ser una estrategia disponible y se convierte en categoría vacía, un significante sin sujeto capaz de sostenerlo. Sin una hegemonía proletaria sólida, lo más que los comunistas pueden ofrecer a los movimientos sociales es un cambio de lenguaje y una adhesión entusiasta a sus prácticas asistencialistas. El problema a resolver, entonces, es la reconstrucción material de la clase como agente: no hay dirección posible allí donde no hay, primero, organización. La ideología dominante en toda sociedad de clases es la ideología de la clase dominante, y el proletariado no escapa a su influencia por el simple hecho de declararse comunista o de adoptar el vocabulario correcto.

Y eso nos lleva a establecer como necesidad de primer orden para cualquier revolucionario la revitalización del movimiento obrero. La constitución del proletariado como clase para sí requiere su organización allí donde se realiza como clase en sí, puesto que es ahí donde se puede construir una praxis netamente clasista que revele, de forma práctica, los bandos que componen nuestra sociedad de clases. Por supuesto, a esto se contrapone directamente la política de conciliación que llevan a cabo la mayor parte de los sindicatos. Por ello debe quedar patente que revitalizar el movimiento obrero con la intención de construir hegemonía proletaria no pasa necesariamente por el desarrollo de la actividad sindical. Ni la actividad sindical es siempre política clasista, ni la política clasista pasa siempre por la actividad sindical.

Es decir, la asociación directa del centro de trabajo con el sindicalismo es, en sí misma, la expresión de la concepción reformista que se tiene de la militancia. Si nosotros hacemos hincapié en los sindicatos es porque se trata de una realidad con la que hay que lidiar. Pero de lo que hablamos, en la fase en la que nos encontramos, es de dotar a las organizaciones comunistas de una serie de bases en los centros de trabajo, es decir, células o núcleos cuyos militantes se articulan en torno a su papel en la producción. Esta sería la precondición necesaria para dar el salto a los diferentes movimientos de masas, si llegado el momento se estimara necesario participar de ellos.

Eso es, en definitiva, la proletarización tal y como se extrae de nuestro programa. La construcción de una hegemonía proletaria que permita abordar de forma revolucionaria las cuestiones que reclama nuestra sociedad moderna, al tiempo que se sientan las bases organizativas para la revolución. Este y no otro es el camino que marca el socialismo científico.


  1. Disponible aquí: https://kursant.website/sobre-el-problema-de-la-vivienda/ ↩︎
  2. Karl Marx, El capital: Crítica de la economía política, libro I (Moscú: Editorial Progreso, 1990), 464, https://www.marxists.org/espanol/m-e/capital/karl-marx-el-capital-tomo-i-editorial-progreso.pdf. ↩︎