Un análisis histórico

Este artículo de Adrián López Bueno aborda de forma sintética la cuestión central de su Tesis Doctoral –disponible aquí–: las diferencias fundamentales entre las distintas formas organizativas del movimiento comunista a lo largo de las sucesivas etapas concretas del modo de producción capitalista, desde la era de Marx y Engels hasta la introducción del Partido de Nuevo Tipo de Lenin.
Adrián polemiza con otros autores que plantean una relación de mera continuidad entre estas formas organizativas, obviando el proceso de ruptura que supuso el planteamiento leninista con la tradición de la II Internacional. Frente a esta perspectiva, la tesis parte del análisis de las condiciones coyunturales que delimitan las distintas etapas en el desarrollo general del capitalismo y de la clase obrera. Estableciendo una diferenciación entre el paradigma espontaneísta, característico de la etapa de conformación del proletariado como clase en sí; y el paradigma leninista del Partido de Nuevo Tipo, surgido como necesitad organizativa una vez extendido y asentado el modo de producción en todo el mundo.
Esta forma organizativa no emerge como forma particular y aplicación concreta del paradigma de la II Internacional en el contexto del movimiento obrero ruso de inicios del siglo XX, sino que, al contrario, representa una superación del paradigma anterior, dando lugar a una forma organizativa cuyas premisas generales son universalizables: el Partido de Nuevo Tipo. Esta cuestión, lejos de constituir un debate netamente historicista, tiene un alcance fundamentalmente político, pues remite a un problema central que enfrenta el movimiento comunista en la actualidad: la reconstitución del Partido Comunista y su vinculación con el movimiento obrero.
Kursant
¿Partido de Masas o Partido de Nuevo Tipo? Un análisis histórico
Lo que se expone a continuación es una síntesis, a la que se agregan diversos elementos originales, de mi Tesis Doctoral1. Se ha evitado introducir una gran cantidad de citas y referencias para hacer más fluida la lectura del texto. La evidencia textual, sin embargo, puede encontrarse en la propia Tesis Doctoral.
Introducción
El presente artículo tiene por objetivo dilucidar los fundamentos materiales que condujeron a la emergencia de dos modelos de Partido distintos, uno en Alemania y el otro en Rusia, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, así como diseccionar su naturaleza.
En los últimos años, en el ámbito de los estudios sobre la relación entre la socialdemocracia alemana y el bolchevismo, una nueva visión ha ido adquiriendo creciente peso y centralidad. Se trata de la lectura de Lars Lih2, que pretende trazar un paralelismo entre ambos partidos, reduciendo la experiencia de la socialdemocracia rusa y el bolchevismo a una aplicación o aterrizaje particular de la lógica general de la socialdemocracia alemana. Esta perspectiva ha tenido cierto eco en el Estado español, especialmente en la órbita del Movimiento Socialista, como pone de manifiesto la publicación en la revista académica marxista Science & Society de un artículo de Alejandro Fernández3 –conocido como @Volodia___ en la red social X– sobre esta problemática.
El artículo de Alejandro resulta de interés para rescatar la continuidad entre el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) y los bolcheviques, subestimada o incluso desdeñada en la literatura soviética –Stalin, Popov, Kostin, etc.–. Para ello se apoya sobre una abrumadora evidencia textual, que consiste en una gran cantidad de citas de Lenin –la mayoría previas a 1914–. Pero su objetivo es más ambicioso; aspira a demostrar la inexistencia de una diferencia cualitativa –y, por tanto, de un salto– entre uno y otro partido, refutando la «visión extendida de que Lenin fue el pionero de un Partido de Nuevo Tipo distinto» (p.1). El problema estriba en que el autor se extralimita en este punto; no solo desvirtúa en ciertos momentos el pensamiento de Lenin para hacerlo encajar en su relato, sino que, además, semejante análisis debería caer dentro del terreno del materialismo histórico, que excede a la mera referencia a las declaraciones de los protagonistas de la historia. Es este último enfoque el que tomaré. El materialismo histórico niega que esas declaraciones puedan ser analizadas de forma abstracta, pues requiere remitirse a las condiciones materiales en las que se enmarcan, que, en muchas ocasiones, son imperceptibles para quienes están envueltos en dicha coyuntura histórica; tal y como acertadamente indicó Marx en su Prólogo a la Contribución de la crítica de la economía política, no se trata solamente –aunque esto sea fundamental– de comprender lo que las personas dicen de sí mismas.
En este sentido, la concepción soviética es más fiel al materialismo histórico, pese a sus indudables limitaciones4. Y es que, al operar intencionadamente sobre la base de lo que deparó la historia –y no ignorarla conscientemente o reducirla a una mera contingencia, como se deduce del planteamiento de Alejandro–, la observa desde esa cima y reconoce la direccionalidad del proceso, rastreando –aunque no con mucho éxito, a mi juicio– las fuentes de la catástrofe alemana y del deslinde embrionario bolchevique respecto del viejo partido de masas. Alejandro tacha esta práctica teórica de «teleología» (p.4) o «anacronismo» (p.27); eso sí, no le parece teleológica su afirmación de que la historia de la socialdemocracia alemana sí puede leerse a través de las lentes de la victoria bolchevique de 1917 (p.27). Pero lo cierto es que la historia de la socialdemocracia alemana es, también, frente a lo que se infiere del planteamiento de Alejandro, «un preludio de su traición» (p.26), pues de lo contrario dicha traición sería algo meramente arbitrario5.
Este eclecticismo también queda patente cuando, en lo que respecta a la relación entre socialdemocracia y comunismo, Alejandro omite, entre otras cosas, la construcción efectiva de partidos de tipo distinto patrocinados por la III Internacional o la prohibición de fracciones dictaminada por el X Congreso del PC(b) en 1921. Ambos fenómenos contradicen la construcción socialdemócrata del Partido como unidad de corrientes, marco compartido que todavía podía percibirse en las declaraciones de Lenin antes de 1914. Y rescato estos dos episodios porque nos ponen sobre la pista de procesos históricos más complejos que originaron la emergencia de la socialdemocracia alemana y de la socialdemocracia rusa –especialmente, bolchevique–, y los distanciaron progresivamente –generalmente a espaldas de los propios protagonistas–.
Las estructuras materiales que determinaron ese decurso son las que pretendo abordar a lo largo de este artículo, en congruencia con los requerimientos del materialismo histórico. Para ello, me remitiré primero a la experiencia de Marx y Engels y de la socialdemocracia alemana. Posteriormente, abordaré los fundamentos que empujaron a la socialdemocracia rusa hacia otro camino diferente, dando origen a la articulación primitiva de un nuevo modelo de Partido; fundamentalmente, el tipo de revolución –burguesa– pendiente, así como el grado de desarrollo del proletariado como clase. No dispongo aquí de espacio suficiente como para referirme a la trayectoria de la socialdemocracia rusa –y, especialmente, del bolchevismo– de 1903 en adelante. La complejidad de esta problemática me empuja a no sintetizar las conclusiones extraídas en la Tesis Doctoral sobre esta cuestión, a riesgo de confundir al lector. Quedaría para otra ocasión la redacción de un artículo sobre dicho periodo, que incluso podría abarcar la Primera Guerra Mundial. Finalmente, para cerrar el artículo, concluiré con un ejemplo que evidencia el antagonismo entre bolchevismo y socialdemocracia alemana y agregaré una reflexión sobre la universalización del modelo del Partido de Nuevo Tipo.
La materialidad del Partido Socialdemócrata Alemán
La socialdemocracia alemana construyó durante décadas toda una constelación de instituciones y organizaciones obreras –una especie de Estado dentro de un Estado– que, aparentemente, respondían al objetivo de edificar una sociedad socialista. En agosto de 1914 gran parte de lo que cuidadosamente había levantado se reveló como un cascarón vacío incapaz de apostar por convertir la guerra imperialista en revolución socialista; es más, esa red de organizaciones sirvió de soporte y correa de transmisión para la política imperialista del Reich. Esto no fue un mero accidente histórico, sino el resultado necesario de los vínculos que el marxismo había soldado con el movimiento obrero, es decir, de la materialidad de la socialdemocracia y su relación con el régimen alemán. Diseccionaré esta materialidad, primero, en el plano subjetivo y, posteriormente, aludiré al plano histórico; finalmente, analizaré las consecuencias de dicha fisionomía.
· El plano subjetivo (i): Marx, Engels y el paradigma espontaneísta de la revolución
En lo relativo al elemento subjetivo, el paradigma marxiano sobre la constitución del proletariado como clase revolucionaria determinará una relación particular de la ideología marxista con el movimiento obrero. En este sentido, debo remitirme primero brevemente a la naturaleza de dicho paradigma, teorizado por Marx y Engels, y al contexto material en que se formuló.
Entre las décadas de 1830 y 1850 –e incluso más allá– tuvo lugar en Europa la convergencia de la revolución burguesa y la formación del proletariado como clase, lo que infundió a los obreros un carácter espontáneamente revolucionario. La brecha entre, por una parte, las conquistas históricas de la revolución burguesa –abolición del feudalismo, sufragio universal, libertad de prensa, de asociación…–, fundamentales para que el proletariado pudiese desplegar su lucha de clases contra la burguesía, y, por otra parte, la realidad económica y política realmente existente en Europa en esa época, dotó al proletariado de una disposición revolucionaria. En palabras de Hobsbawm, «su potencial revolucionario era mayor de lo que sería posteriormente» en la medida en que «las demandas políticas sin las cuales no se lleva a cabo ninguna revolución, ni siquiera la más puramente social, se hallaban incorporadas a su situación»6. Por tanto, el proletariado se erigía espontáneamente como actor potencialmente revolucionario respecto a las formas feudales.
Para que esa potencia revolucionaria se convirtiera en acto, Marx y Engels identificaron una mediación fundamental: la lucha de clases del proletariado. Concretamente, los germanos tendieron a identificar el proceso de constitución del proletariado como clase, fruto del avance de las luchas espontáneas de resistencia, con su configuración como actor revolucionario-socialista, con una conciencia apta para derrocar el régimen capitalista; esta percepción es conceptualizada en mi Tesis Doctoral como paradigma espontaneísta de la revolución. En este sentido, no pudieron percibir que el carácter espontáneamente revolucionario del proletariado, mediatizado por esa expansión de la lucha de clases, tenía como presupuesto un factor externo –la revolución burguesa pendiente y sus rescoldos– que generaba un caldo de cultivo revolucionario que solo era operativo respecto a las viejas formas feudales, no necesariamente respecto a las formas capitalistas. Esta codificación de la experiencia del movimiento obrero fue históricamente necesaria: envueltos en un contexto histórico concreto, Marx y Engels no podían escapar de sus determinaciones materiales. Además, esta lógica de ascenso del proletariado a la lucha revolucionaria, espoleada por luchas espontáneas de resistencia, se asemejaba al propio despliegue de la burguesía dentro de las estructuras feudales, ya visualizado por Marx en su Miseria de la filosofía. Esto contribuía a refrendar esta conclusión sobre la naturaleza del desarrollo espontáneo revolucionario del proletariado.
El paradigma espontaneísta de la revolución está expuesto en sus lineamientos generales en el Manifiesto del Partido Comunista. En síntesis, para Marx y Engels el proletariado deviene una clase consciente de su misión histórica mediante la acumulación de experiencias de lucha. Al desplegar su resistencia frente a la burguesía, la clase obrera pasa de la lucha económica a la lucha política; alcanzado un grado avanzado de desarrollo de la lucha política, una parte del proletariado se constituye como partido político independiente, reconociendo su tarea de derrocar el poder burgués y avanzar hacia su emancipación. Por tanto, si el proletariado se eleva espontáneamente a la condición de partido independiente, el papel de los comunistas no puede ser otro que el de acelerar este recorrido natural. En esta línea, los comunistas favorecen la formación de partidos obreros y, dentro de los mismos, garantizan la primacía de los intereses histórico-universales del proletariado; de ahí que Marx y Engels conciban el papel de los comunistas como «acicate siempre en tensión de todos los partidos obreros del mundo».
Esto no significa que Marx y Engels desestimasen el papel del aspecto subjetivo-consciente, aportado por ellos mismos y sus correligionarios. Si bien vislumbraban el proceso general en esos términos espontáneos, en un plano más inmediato su papel consciente adquiría más fuerza; evidencia de ello son, entre otras cosas, sus diatribas contras las desviaciones derechistas de la socialdemocracia alemana en los años 70 y 80. En este sucinto repaso simplemente se pretende enfatizar el aspecto dominante de su concepción sobre la elevación del proletariado a clase consciente –o clase para sí–: la lucha espontánea de resistencia del proletariado.
Pues bien, de este paradigma espontaneísta de la revolución se seguía lógicamente una determinada concepción del Partido, donde el ascenso espontáneo del proletariado a clase revolucionaria representaba el papel principal, y los comunistas, como catalizadores de dicho proceso, el papel secundario. El modelo de Partido que cristalizó a partir de esta concepción será el objeto de análisis de los próximos apartados, que abordan las dinámicas de la socialdemocracia alemana, donde algunos rasgos definitorios de dicho Partido saldrán a la luz con mayor nitidez. Cabe advertir que, dada la naturaleza de este artículo, la reconstrucción no podrá ser exhaustiva y se limitará a destacar la lógica dominante del SPD, soslayando sus tensiones internas.
· El plano subjetivo (ii): la relación del marxismo con el movimiento obrero alemán
Si bien en Alemania la revolución democrático-burguesa había dejado de ser la tarea pendiente tras la unificación de 1871, todavía persistían numerosas disonancias democráticas: el parlamento carecía de control sobre el gobierno, los parlamentos federales como el prusiano era elegidos por voto estamental, la aristocracia terrateniente –aunque aburguesada– controlaba las riendas del país, etc. Además, los partidos burgueses eran profundamente hostiles a la socialdemocracia. Todo esto situaba al naciente movimiento obrero en una relación de integración negativa7 con el régimen alemán, que no lo encuadraba en sus correas de transmisión.
Esta tesitura imprimió sobre el proletariado un antagonismo respecto a un orden sociopolítico que, mediante políticas antidemocráticas, coartaba sus vías de acceso para la satisfacción de algunos de sus intereses vitales. Esto provocó una radicalización del proletariado alemán, de modo que la creencia en su virtualidad revolucionaria no se vio alterada. Es así que la concepción del Partido basada en el paradigma espontaneísta de la revolución dispuso del terreno propicio para aplicarse extensivamente.
Si, en apariencia, el proletariado, a través de sus luchas de resistencia, tendía progresivamente a engendrar una conciencia revolucionaria, el papel del marxismo podría reducirse, principalmente, a señalarle al movimiento obrero el horizonte al que estaba inconscientemente apuntando; es decir, el socialismo científico le anticipaba teóricamente su ineludible destino. En otras palabras, el marxismo se rebajaba a informar al proletariado acerca de su objetivo final –la conquista del poder y la construcción del socialismo– con el fin de abreviar los dolores del parto8.
Kautsky fue el máximo exponente de esta tesis. Para él, la tarea de la ciencia socialista consistía en transmitir al proletariado la conciencia de su posición y misión, pero el movimiento obrero por sí mismo alcanzaría en algún momento el socialismo incluso sin intervención de la intelectualidad9. De ahí que asignase la siguiente tarea a los intelectuales: «lo que los trabajadores piden a los intelectuales es el conocimiento del objetivo (…) No los necesitan para dirigir su propio movimiento de clase»10. Por ende, la función del intelectual se reducía a elaborar y clarificar la conciencia teórica de la correspondencia entre el movimiento y el objetivo final –de ahí que el socialismo científico fuese un nuevo evangelio, una buena nueva–, mientras que la dirección del movimiento de clase sería incumbencia de los propios líderes obreros, enfrascados en la resolución de los problemas cotidianos del movimiento proletario.
Es decir, el marxismo quedaba disociado de la dirección política y se configuraba como guía espiritual del movimiento obrero11, mientras el Partido seguía las pautas marcadas por las necesidades económicas y políticas dadas del movimiento obrero de masas, predominando el espontaneísmo.
Así las cosas, la relación entre el marxismo y el movimiento obrero, plasmada en el cuerpo político del SPD, se caracterizó por la exterioridad. Tal fue el modelo de Partido –partido de masas– que emergió en Alemania. A pesar de que esa exterioridad tendrá consecuencias negativas, como luego observaremos, en aquel momento era la relación más elevada que el marxismo podía establecer con el movimiento obrero. Es más, gracias a ella, el marxismo se dotó de una base de masas que lo convirtió en movimiento social y sancionó su hegemonía como teoría revolucionaria a nivel internacional, lo que será esencial para el posterior desarrollo y triunfo del bolchevismo. Pero reconocer este servicio histórico es una cosa, y otra bien distinta intentar reivindicar la eterna actualidad del modelo socialdemócrata, que caducó hace ya más de 100 años, como apreciaremos más adelante.
· El plano histórico: la relación del marxismo con el movimiento obrero alemán
En el plano histórico, el SPD se articuló sobre la base de las necesidades del movimiento obrero espontáneo, sin ligazón inmediata con el marxismo, reproduciendo esa exterioridad que observábamos en el plano subjetivo.
Ninguna de las dos fracciones fundacionales del SPD –lassallianos y eisenachianos– habían fundamentado su programa político en el marxismo. Por aquel entonces, el marxismo estaba todavía en proceso de elaboración –el primer tomo de El Capital se publicó en 1867– y no había logrado difundirse como lo hará en la década de los 80 del siglo XIX. A lo largo de los 70 la perspectiva proclive al naciente socialismo científico convivía, además, con ideas cercanas a Proudhon o a Dühring, reinando el eclecticismo. Fue en los años 80 cuando, espoleados por el Antidühring de Engels y la revista Neue Zeit de Kautsky, los marxistas emprendieron una lucha teórica contra las tendencias reformistas, dominantes en la dirección del SPD, desplazando al resto de corrientes hasta lograr la hegemonía definitiva en el Congreso de Erfurt de 1891. Pero para cuando el marxismo logró colonizar la institución central de la socialdemocracia alemana, habían pasado ya casi dos décadas a lo largo de las cuales el SPD había forjado ya su trayectoria propia, impulsado por la satisfacción más óptima posible de los intereses del proletariado como momento de la reproducción del capital.
· Las consecuencias de la exterioridad entre el marxismo y el movimiento obrero
La exterioridad entre el marxismo y el SPD puede ser ilustrada por una multitud de ejemplos, como la escasa penetración ideológica del marxismo en los líderes del Partido –que lo asimilaron como conjunto de tesis políticas más que como una concepción del mundo– o el alejamiento de las figuras teóricas más eminentes como Kautsky de las responsabilidades partidarias12; la contraposición con la socialdemocracia rusa en este aspecto es clara. También es de destacar la ausencia de correas de transmisión –células– del Partido que incidiesen sistemáticamente en el movimiento obrero –especialmente, en los sindicatos–. La propia estructuración del SPD se asemejaba más a una amalgama de elementos agrupados en asociaciones de electores que a una organización de vanguardia con el objetivo de elevar a crecientes masas obreras a su posición. De ahí, entre otras cosas, la estrechez manifestada por los sindicatos –no sometidos a la influencia sistemática del marxismo– a partir de 1905. Finalmente, el escaso peso de la ideología como fundamento de la organización quedó retratado por la convivencia con el revisionismo, que, a pesar de atentar contra los fundamentos de una organización revolucionaria, fue tolerado, lo que permitió que conquistase crecientes posiciones de poder. Es más, la propia estructuración organizativa poco centralizada del SPD respondía, en cierta medida, a la necesidad de otorgar un grado de autonomía a los revisionistas del Sur, es decir, a la tolerancia con el oportunismo. Se antepuso, por tanto, la unidad organizativa del Partido sobre la unidad ideológica, es decir, su función como aglutinador del proletariado en general por encima de su configuración como vector de conciencia y organización socialista. Profundicemos en esta última cuestión –la relación del SPD con la conciencia de clase del proletariado– a través de la disección de la estrategia del SPD y su agotamiento.
El SPD, en la década de los 90 y a instancias de Engels13, había trazado una estrategia de acumulación de fuerzas pacífica –sindical y electoral, fundamentalmente– hasta que la violación por parte de la burguesía de su propia legalidad fuese respondida por el proletariado en forma de revolución socialista. Dicha estrategia de desgaste, que representaba la perspectiva revolucionaria en aquel momento, al confiar su avance a este modelo de acumulación de fuerzas –en tanto que el momento revolucionario era relegado a un vago futuro–, también coincidía con las aspiraciones de la clase obrera a integrarse en las estructuras del Estado burgués para garantizar una reproducción adecuada de su única propiedad, la mercancía fuerza de trabajo.
Pero esta coincidencia se fue quebrando progresivamente. Como indiqué anteriormente, el lazo entre marxismo y movimiento obrero se había sostenido sobre el contexto de integración negativa, que empujaba de forma relativamente espontánea a las masas obreras a los brazos de algunas tesis próximas al marxismo. En este sentido, era un vínculo frágil, pues el marxismo no se había fusionado con los problemas cotidianos de las masas para orientarlas hacia los objetivos revolucionarios. Esto, en realidad, significaba que los intereses de la revolución socialista y los intereses inmediatos del movimiento obrero no estaban fusionados –o que su única ligazón era el reconocimiento del objetivo final–, por lo que en cualquier momento podrían escindirse. Es precisamente esto lo que sucede con la alteración de la lucha de clases durante los primeros años del siglo XX. Y es que dicha modificación puso sobre la mesa la proximidad de la revolución socialista y, al mismo tiempo, contribuyó a la integración parcial del proletariado en el régimen alemán –es decir, tendió a derrumbarse progresivamente el contexto de integración negativa–. Esto fue quebrando aquella coincidencia bajo un mismo marco de las aspiraciones de integración de la clase obrera –especialmente de su sector crecientemente aburguesado, la aristocracia obrera– y los intereses revolucionarios: tanto las primeras como los segundos pasaban a encontrar las condiciones idóneas para su propia consumación, de manera independiente y antagónica a la otra. Para ambos había llegado el momento de algo más. Como veremos, los puntos de inflexión de 1910 y 1914 serán reveladores en esta línea.
Centrándonos en 1910, en la región de Prusia habían estallado manifestaciones masivas en pro de la derogación del voto estamental, lo que indujo a Rosa Luxemburgo a reclamar la difusión, por parte del SPD, de la consigna de la huelga política de masas para este contexto. A su juicio, esta herramienta serviría para potenciar lo máximo posible la elevación de la conciencia socialista de las masas, de acuerdo con el grado de madurez ya alcanzado por el proletariado; la huelga de masas, a diferencia de la actividad parlamentaria, permitía la intervención directa del proletariado en grandes cuestiones políticas y arrastraba a masas hondas no movilizadas por las luchas sindicales o la agitación regular. Por su parte, Kautsky, quien en El camino al poder (1909) había detectado la antedicha proximidad de la revolución y había señalado, además, la huelga general como un medio más a agregar al arsenal táctico, cuando llegó la hora de la verdad, de difundir llamamientos prácticos, dio marcha atrás: rechazó la utilidad de la huelga de masas apelando a la vieja estrategia del desgaste, de la acumulación pacífica de fuerzas a través de la lucha sindical y electoral-parlamentaria, que las acciones de masas podrían poner en riesgo.
Así, el debate en torno a la huelga de masas en 1910 ilustra a la perfección los dilemas del SPD, el tensionamiento entre los polos –marxismo y movimiento obrero– cuya relación externa caracterizaba a la socialdemocracia. Veamos.
La revolución había comenzado a ponerse a la orden del día al mismo tiempo que la socialdemocracia iba alcanzando o creía poder alcanzar crecientes cotas de integración en el régimen alemán –especialmente en el Sur–, temiendo que una estrategia arriesgada implicase la destrucción de las organizaciones obreras y su consiguiente vuelta al aislamiento completo. En este escenario, el llamado centro marxista –exponente de la relación de exterioridad entre el marxismo y el movimiento obrero, y representado por Kautsky, Bebel y el ejecutivo del Partido–, acostumbrado a reducir el papel del marxismo a la difusión de un objetivo final, se subordinó a las exigencias del movimiento obrero organizado14, presentando su elección como una apuesta por la vieja estrategia de desgaste, en un contexto en el que ésta ya había caducado como motor del progreso revolucionario. No es que el centro rechazase por principio la revolución proletaria, sino que su dependencia del entramado material del SPD, su dependencia respecto a las masas, le empujaba en esta dirección; de ahí que, en buena medida, la posición del centro coincidiera con la del aparato sindical en esta problemática sobre la huelga de masas. De este modo, la materialidad del SPD tiró hacia abajo lo suficiente como para que la concepción marxista no pudiese marcar la táctica a aplicar –en este caso representada por el ala izquierda–.
En definitiva, en este momento empezaba ya a periclitar la relación de exterioridad entre el marxismo y el movimiento obrero cristalizada en el Partido alemán, exigiendo una trabazón más sólida y profunda del marxismo con el movimiento obrero, que pudiese conducirle hacia la toma del poder. Sin embargo, el peso del recorrido autónomo del SPD sería suficiente como para impedir la implementación efectiva de esta nueva lógica política, a pesar de que el ala izquierda tratase infructuosamente, debido a sus propias limitaciones, de subvertir las viejas dinámicas15. En consecuencia, tuvo lugar un agotamiento total del marco socialdemócrata; tanto en su vertiente típica –centrista– como en su vertiente más avanzada –ala izquierda–. Como veremos, será en Rusia, donde dicha exterioridad ya aparecía como límite desde el principio, donde una nueva lógica emergerá, dando origen al Partido de Nuevo Tipo.
Bajo este prisma, el oscuro agosto de 1914 no debe comprenderse como un infortunio, y tampoco como la mera victoria del ala revisionista del Partido –acompañada de la bochornosa posición del centro marxista– sobre el ala revolucionaria, en un partido disputado en un campo neutral. El terreno de juego estaba ya inclinado para que el ala revolucionaria perdiese; la materialidad del SPD –su modelo de partido–, signada por la exterioridad entre el marxismo y el movimiento obrero, era la verdadera fuerza que empujaba, reforzando al revisionismo y derechizando al centrismo, hacia ese agónico y catastrófico desenlace. La guerra supuso el encuadramiento de la socialdemocracia en el orden alemán, horizonte hacia el que tendía el movimiento obrero en su espontaneidad –tendencia que un marxismo reducido a condición de guía espiritual no podía contrarrestar–, por la vía militar.
La socialdemocracia rusa y el Bolchevismo
La socialdemocracia rusa y el bolchevismo no nacieron inmaculados, sin herencia histórica a la que referirse. Se apoyaron sobre las conquistas históricas de la socialdemocracia alemana, al mismo tiempo que fueron quebrando, incluso sin ser conscientes de ello, ciertos marcos compartidos, obligados por los propios requerimientos de la revolución rusa. La herencia alemana en que la socialdemocracia rusa y después el bolchevismo se reconocieron era multifacética, afectando a los planos ideológico, político, organizativo, etc. Alejandro señala elementos de inspiración como el correo rojo –que data de la época de la Ley Antisocialista en Alemania, entre 1878 y 1890–, cuya experiencia fue recogida para la creación de Iskra.
Sin embargo, aquí pretendo subrayar un aspecto relativo a la propia concepción del Partido, que sitúa a la socialdemocracia alemana como eslabón del desarrollo histórico del proletariado revolucionario. Se trata de un rasgo de la concepción kautskiana del Partido –contradictoriamente rastreable, y sin sistematizar, en Marx y Engels–, que lo concibe como fusión del socialismo científico y el movimiento obrero. Esta tesis fue fruto de la progresiva penetración del marxismo en el movimiento obrero europeo. Así, Kautsky codificó esta nueva realidad en forma de exigencia de que todo partido obrero se edificase sobre la base de su unión con el marxismo como premisa para su despliegue revolucionario. Esta racionalización implicó el encumbramiento de un nuevo principio programático, compartido por los bolcheviques, quienes lo actualizaron, dotándolo de un contenido superior, como luego desarrollaré.
Ahora bien, a lo largo de esta sección pondré más el foco en las discontinuidades entre una y otra experiencia, a sabiendas que dichas discontinuidades solo pudieron emerger sobre la base de las continuidades. En otras palabras, a base de profundizar y aplicar las lógicas de la socialdemocracia alemana en Rusia emergieron los límites, de cara a la consumación exitosa de la revolución rusa, que empujaron –al principio de forma inconsciente y, tras la bancarrota de la II Internacional, de forma más consciente– a la socialdemocracia rusa –especialmente, al bolchevismo– a desarrollar fórmulas y modelos novedosos que, en los hechos, contradecían la estructuración y despliegue de la socialdemocracia alemana.
Para visualizar la emergencia y naturaleza del nuevo modelo de Partido que surge en Rusia me remitiré, primero, a las fuentes de su surgimiento: la tesis de la hegemonía del proletariado en la revolución democrático-burguesa y la teoría de la conciencia desde fuera leniniana. Ambas contribuirán a la formación del Partido de Nuevo Tipo como fusión real de la vanguardia, como aspecto principal, con las masas. Posteriormente, esbozaré cómo los fundamentos para la cristalización efectiva de dicha relación novedosa entre vanguardia y masas se verificaron también históricamente antes de la formación del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (POSDR).
· La dirección proletaria de la revolución democrático-burguesa
En Rusia, en la década de los años 80 –y posteriormente– la revolución democrático-burguesa era una revolución pendiente: las formas económicas feudales convergían con la estructura político-institucional zarista, que perpetuaba dichas reminiscencias. Así, a la revolución socialista le precedía, como etapa previa, la consumación de esta revolución democrático-burguesa. Ciertamente, esta tesitura no parecía novedosa; en 1848-1849 la revolución pendiente en Alemania también había sido burguesa. Sin embargo, dado el ínfimo grado de desarrollo alcanzado por el proletariado alemán y la escasa experiencia histórica del movimiento obrero, Marx y Engels no asignaron a la clase obrera alemana la tarea de comandar dicha revolución; en estas condiciones, el papel de la clase obrera fue conscientemente relegado al de extrema izquierda de la burguesía democrática.
Ahora bien, atemorizada por la insurrección obrera de junio de 1848 en París, la burguesía internacional se apartó del camino revolucionario y apostó por un compromiso con el absolutismo. A lo largo de las próximas décadas, la lucha por la consecución de derechos democráticos fue paulatinamente asumida por los partidos obreros de masas, siendo el SPD el buque insignia de esta empresa. Tuvo lugar, de esta manera, un desplazamiento de la correlación de clases, marcado por la maduración del proletariado como clase: la burguesía descendió y el proletariado ascendió como abanderado de la lucha democrática.
Los marxistas rusos, por tanto, afrontaron la misma tarea que Marx y Engels antes de 1848, pero las relaciones entre las clases se habían modificado hasta tal punto que el medio de su resolución no podía ser el mismo. Si la burguesía había abandonado la lucha consecuente por los derechos democráticos y el proletariado se había revelado como actor firmemente comprometido en este flanco, el sujeto central de la revolución democrático-burguesa debía ser repensado. Esto, junto con el mayor grado de concentración del proletariado en las ciudades rusas y la debilidad de la burguesía rusa, empujó a Plejánov y otros popes de la socialdemocracia a depositar mayor confianza en el proletariado y rebajarla en la burguesía. De este modo, fue madurando la teoría de la hegemonía del proletariado en la revolución democrático-burguesa, que atribuía al proletariado la tarea de dirigir dicha revolución, agrupándose en un partido obrero independiente, frente a las vacilaciones e incapacidad de la burguesía para completar consecuentemente esta tarea16.
Esta tesis de la hegemonía del proletariado en la revolución democrático-burguesa fomentó una actualización que revalorizaría el papel de la conciencia socialista, como veremos en el siguiente apartado.
· La teoría leniniana de la conciencia desde fuera y el Partido de Nuevo Tipo
En Occidente, la tarea pendiente era la revolución socialista. Aquí, el marxismo preveía un ascenso imparable y espontáneo del movimiento obrero desde un estadio inconsciente y desorganizado hasta un escenario caracterizado por la asimilación de la conciencia de clase revolucionaria. A lo largo de este trayecto, las posibilidades de someterse a los intereses de la burguesía parecían poco reseñables; la tarea pendiente era la revolución proletaria, de modo que la burguesía no sería, aparentemente, capaz de competir con el proletariado en este terreno, de distorsionar su objetivo. En Rusia, sin embargo, la consumación consecuente de la revolución democrática –de cara a crear las mejores condiciones para la revolución socialista– podía verse malograda si la fusión entre el marxismo y el movimiento obrero tomaba la forma de exterioridad, como en el SPD.
En efecto, allí donde la revolución pendiente era burguesa –y no socialista–, el riesgo de subordinarse al proyecto liberal-burgués era infinitamente superior. La burguesía y el proletariado compartían gran parte de las reivindicaciones para la revolución democrático-burguesa. Entonces, al ser la diferencia entre la «democracia obrera» y la «democracia burguesa» no «de principio, sino de grado»17, los puntos de contacto eran más numerosos. En otras palabras, la posibilidad de codificar en términos burgueses la experiencia de lucha del proletariado era extraordinariamente más amplia. De ahí que, desde el principio, el proletariado debiese aparecer en la palestra política con un alto grado de conciencia y organización. De lo contrario, se subordinaría a los intereses de la burguesía, que tenderían a escamotear la consumación plena de la revolución democrático-burguesa.
Pues bien, precisamente a finales del siglo XIX y principios del XX la socialdemocracia rusa enfrentó una tesitura de este calibre. Por una parte, se asistió a la emergencia de corrientes no-socialdemócratas como los socialrevolucionarios o los liberales, que lograron extender su influencia sobre el movimiento obrero precisamente en un contexto de ebullición. Por otra parte, brotó de las entrañas de la socialdemocracia rusa una tendencia economista –con vínculos con el revisionismo alemán– que absolutizaba la espontaneidad del movimiento obrero, sus luchas autónomas cotidianas, delegando en la burguesía la dirección de la revolución democrática.
Fue precisamente en este escenario que la tesis de la hegemonía del proletariado se elevó a la teoría leniniana de la conciencia desde fuera. En efecto, la necesidad de impedir que la burguesía conquistase la posición hegemónica –y tendente a truncar la consumación consecuente de la revolución, al mismo tiempo– en la dirección de la revolución democrática, fue procesada como la obligación del marxismo de arraigar en el movimiento obrero y combatir sin cesar la codificación burguesa de la experiencia proletaria entre los propios obreros. En esto consiste, en esencia, la teoría de la conciencia desde fuera leniniana, expuesta en el Qué hacer.
Que el socialismo científico deba introducirse desde fuera no significa, como se suele malinterpretar, que se injerte doctrinariamente en el movimiento obrero una abstracta ciencia socialista. Se trata, más bien, de que la cosmovisión marxista se integre con las realidades políticas concretas para delinear análisis y tareas que permitan dirigir el movimiento obrero hacia estadios superiores. Éste es el verdadero significado del famoso aforismo leniniano que impele a «combatir la espontaneidad»:los marxistas deben intervenir sobre el movimiento obrero cargados con sus análisis concretos de la realidad concreta, porque de lo contrario otras ideologías burguesas racionalizarán las experiencias del proletariado según sus propios términos e intereses, situándolo a su rebufo18. Y los obreros tienden espontáneamente a subordinarse a ese programa burgués por el simple motivo de que, en su movimiento autónomo, no pueden obtener las herramientas que brinda el socialismo científico para percibir y operar sobre la realidad desde la perspectiva de su transformación revolucionaria –perspectiva de la totalidad–. Esas herramientas no se desarrollan espontáneamente porque precisan de la asimilación multifacética –en primera instancia, teórica– de la concepción marxista del mundo, con toda la complejidad que esto conlleva. En otras palabras, la conciencia socialista no procede de la experiencia espontánea de los obreros, precisa de un trabajo científico alrededor de las «teorías filosóficas, históricas y económicas que han sido elaboradas» por los intelectuales, como afirmó Lenin en el Qué hacer.
En este sentido, la tesis leniniana de la conciencia desde fuera supera dialécticamente a la kautskiana porque infunde un nuevo contenido a la conciencia. Ésta deja de ser el mero reconocimiento del objetivo final, y reviste un carácter más práctico al aterrizarse en la realidad concreta. En otras palabras, la conciencia socialista se configura como un continuum que va desde lo más abstracto –principios generales del marxismo– hasta lo más concreto –análisis concreto de la realidad concreta– y que se renueva sin cesar. En consecuencia, al fundirse con el movimiento obrero, no se limita a señalarle un vago horizonte, no reduce su papel al de faro espiritual. Al contrario, se imbrica profundamente con él, lo dirige prácticamente, vinculando los fines con los medios. Tiene lugar aquí una fusión real, práctica, del socialismo científico con el movimiento obrero19. De ahí que Lukács considerase que la característica central del leninismo consistía en que la teoría del materialismo históricose hubiese aproximado más aun a las luchas cotidianas del proletariado, que se hubiese vuelto más práctica20.
Como se podrá intuir, de estas entrañas nació, como plasmación material de la teoría de la conciencia desde fuera, el Partido de Nuevo Tipo. Este nuevo modelo de Partido invirtió la relación entre los comunistas y el movimiento obrero –entre vanguardia y masas– característica del partido de masas al situar la centralidad sobre el primer aspecto a la hora de crear y desarrollar el partido obrero. En otras palabras, el Partido de Nuevo Tipo, como fusión real del socialismo científico con el movimiento obrero –como relación social entre la vanguardia y las masas–, se construyó partiendo desde arriba, desde la vanguardia, depositaria de la conciencia socialista, que es quien articuló las mediaciones para elevar a las masas a su altura. Esto obedeció a una concepción que visualizaba la necesidad de combatir permanentemente los intentos de la burguesía de capturar las experiencias del movimiento obrero. En este sentido, la conciencia socialista debía estar al mando del movimiento en todo momento. Por el contrario, de la idea del socialismo en su acepción de objetivo final se deducía el modelo socialdemócrata de Partido, basado en la agregación exterior del marxismo a un Partido que seguía las lógicas del movimiento de masas.
· El plano histórico: la relación entre marxismo y movimiento obrero
Si, como hemos visto, para el Partido de Nuevo Tipo la vanguardia debe ser el motor de formación y desarrollo del partido obrero, la propia gestación histórica del POSDR fue coherente con esa lógica.
El movimiento obrero ruso se caracterizó, hasta mediados de los años 90, por un escaso desarrollo. Si bien las luchas de resistencia despegaron en los años 70, los enfrentamientos con los capitalistas y con la autocracia no dejaron de ser esporádicos y dispersos. No fue hasta 1895-1896 que se produjeron las grandes huelgas textiles en San Petersburgo y el movimiento obrero salió a la palestra, reivindicándose como un actor relevante en el tablero político ruso.
El desfase temporal entre la aparición del movimiento obrero en Rusia y la asimilación del marxismo entre un segmento importante de la intelectualidad rusa fue superior a una década. En efecto, el primer círculo marxista ruso, el Grupo Emancipación del Trabajo, surgió en 1883. Esta organización consagró el grueso de su labor a la asimilación y aterrizaje teóricos del marxismo a las condiciones rusas, así como al combate teórico con otras corrientes, priorizando el desencadenamiento de una revolución intelectual en el seno de la intelligentsia antes que el engrosamiento cuantitativo de sus filas; esto suscitó críticas por parte de los populistas, que les acusaban de convertirse en un «sindicato de cerebros»21. De forma similar, a lo largo de la década de los 80 y principios de los 90 brotaron en Rusia círculos –kruzhki– marxistas de obreros e intelectuales, cuya actividad principal también se orientaba al estudio del marxismo como concepción del mundo y a la lucha ideológica.
La ausencia de movimiento obrero durante más de una década, por lo tanto, favoreció un proceso de concentración sobre sí misma de la intelligentsia revolucionaria rusa, de esclarecimiento en torno a cuál debía ser la guía teórica de la revolución rusa22. Así las cosas, la vanguardia se elevó y forjó como depositaria del socialismo científico, alcanzando un grado elevado de aprehensión –aprendizaje y aterrizaje– del marxismo. Por el contrario, como vimos en el anterior apartado, en Alemania, el movimiento obrero se había desarrollado antes de que los futuros marxistas metabolizasen el socialismo científico. Los marxistas estaban ya influidos, a la hora de asimilar el marxismo, por las problemáticas propias que el movimiento obrero de resistencia ponía encima de la mesa. En contraste, en Rusia, la intelligentsia socialista dispuso de una mayor independencia respecto al medio; su absorción del marxismo y sus teorizaciones no estuvieron vinculadas inmediatamente al movimiento obrero espontáneo, sino a las necesidades teóricas para el despegue revolucionario del mismo.
De este modo, cuando la vanguardia socialista encaró la labor de fundirse con el movimiento obrero, efectuó esta tarea desde una perspectiva y unidad ideológicas superiores. El Partido que surgió de esta fusión dispuso de una materialidad cimentada desde arriba, desde la direccionalidad establecida por la vanguardia socialista. La vanguardia estaba a las riendas del movimiento desde el principio, no tenía que acoplarse a un Partido que dispusiese ya de su propia trayectoria autónoma, como sucedió en Alemania y en el grueso de la socialdemocracia occidental.
Si para el despliegue revolucionario de la socialdemocracia rusa esta fase intrauterina fue fundamental, dotándola de la independencia suficiente respecto al entorno, cabe interrogarse por su renovada importancia contemporánea. Y es que la socialdemocracia rusa, por lo general, se limitó a asimilar y adaptar a las circunstancias rusas un marxismo que, en sus lineamientos fundamentales, ya estaba formulado y demostraba progresivamente su operatividad –como evidenciaba el crecimiento del SPD–. En la actualidad, sin embargo, el marxismo está inmerso en una crisis ideológica severa, como pone de manifiesto su incapacidad para relanzar proyectos revolucionarios. Esto se expresa, entre otras cosas, en la atomización organizativa de los destacamentos de vanguardia. En este escenario, caracterizado por el agotamiento del marxismo legado por el siglo pasado, certificado por el derrumbe de la Unión Soviética, la relevancia de esta etapa propiamente ideológica se ve redoblada; ya no se trata simplemente de interiorizar el marxismo existente y aplicarlo, sino de reformularlo, esencialmente, a la luz del análisis crítico de las experiencias revolucionarias del siglo pasado –extrayendo sus lecciones e identificando sus limitaciones–. Sin este equipaje teórico, lanzarse a la conquista de las masas es poco menos que una temeridad, pues supone intervenir sobre ellas con ideología burguesa –no disponemos aún de la ideología proletaria– y, además, desgasta las energías de la vanguardia en asuntos que no responden a la tarea principal –al eslabón al que asirse– planteada para la actualidad. En fin, sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario.
Conclusiones: Despliegue y universalización del Partido de Nuevo Tipo
Como hemos visto, la socialdemocracia rusa se articuló progresivamente, desde el momento de la fundación de Iskra23 en 1900, según una lógica partidaria distinta, situando en el centro el elemento subjetivo. Aun así, el Partido de Nuevo Tipo no nació como entidad plenamente configurada ya en 1900, sino que tuvo que recorrer todo un proceso hasta desplegar todas sus determinaciones. Fue el bolchevismo quien heredó y desarrolló las incipientes dinámicas propias de este modelo, lo que culminó con la creación en 1912 de un partido bolchevique independiente, escindido del resto de fracciones. Se trataba aquí de la coronación organizativa de la lógica de construcción desde arriba que había guiado al novedoso modelo de Partido progresivamente edificado en Rusia. Y es que si esta lógica política exigía que el marxismo permease toda la actividad partidaria, dicho resultado no podía alcanzarse sin escindirse del oportunismo, que truncaba la plasmación práctica y real de los principios marxistas en multitud de ámbitos.
En 1917 el antagonismo entre la fusión real del socialismo científico y el movimiento obrero encarnada por los bolcheviques y la exterioridad propia del SPD se puso de manifiesto con nitidez. Durante la huelga de masas de 1910 el SPD se había plegado a los intereses conservadores del proletariado organizado, fomentando una política de contención; los bolcheviques operaron de una forma distinta en 1917. En lugar de subordinarse ante la espontaneidad –construyendo, en consecuencia, el Partido desde abajo–, rechazaron la tesis, generalizada en el seno del movimiento obrero, de que los Soviets debían operar como un apéndice del Gobierno Provisional burgués. El bolchevismo fue capaz de hacer penetrar en las masas la consigna de «¡Todo el poder para los Soviets!», elaborada por la vanguardia desde arriba, atendiendo a los intereses históricos del proletariado. El bolchevismo demostró, en la práctica, la capacidad forjada durante más de una década de fundirse con el movimiento obrero, siendo capaz de promover exitosamente una política que, a priori, marchaba contra la lógica espontánea del movimiento obrero. Esto solo fue posible porque, durante los años anteriores, el bolchevismo había elevado a masas obreras a su posición a través de una multitud de organizaciones, operando efectivamente como una vanguardia, y no como simple representante de los obreros, tal y como en realidad se vertebraba el SPD con su estructura asentada sobre asociaciones de electores.
Posteriormente, la construcción de la III Internacional sobre la referencialidad y lecciones extraídas de la experiencia bolchevique, así como el paso abierto del oportunismo al campo de la burguesía durante la Primera Guerra Mundial, contribuirán a la universalización del novedoso modelo de Partido que progresivamente había emergido en Rusia.
La traición al socialismo de los principales líderes y partidos de la II Internacional no pasará inadvertida. No conllevará meramente la necesidad de separarse de ellos. En realidad, esto era la expresión de un trastrocamiento más profundo: era el modelo de Partido el que había caducado. Los puntos de contacto entre el proletariado y la burguesía convergían también en los países donde la revolución socialista estaba a la orden del día. Y es que, sobre las condiciones objetivas y las formas de crecimiento orgánicas del movimiento obrero hasta entonces predominantes, había emergido un sector de la clase obrera –la aristocracia obrera– que había unido sus intereses a los de la burguesía y que estaba representado por el oportunismo. La íntima vinculación de la aristocracia obrera con la burguesía se expresaba en la maduración definitiva del oportunismo hasta tal punto que la unidad con él en un mismo partido significaba la alianza de los obreros con «su» burguesía. En este sentido, no se trataba de una escisión más –como parece deducirse del planteamiento de Alejandro–, sino de una escisión histórica, pues «ya no es posible devolverle su «inocencia» ni su juventud» al oportunismo24. Junto al viejo modelo de acumulación de fuerzas del movimiento obrero, caducó su relación de exterioridad con el marxismo: el reconocimiento verbal de la revolución se revelaba como encubrimiento real del oportunismo25. Estas condiciones dieron pie a la generalización del Partido de Nuevo Tipo26. A partir de ahora, en todo el globo, el Partido debía ser construido desde arriba y, consecuentemente, libre de oportunismo,como condición para neutralizar la influencia burguesa sobre el movimiento obrero y que el marxismo se fundiera realmente con él. Esto sugiere que las condiciones históricas que dieron origen al Partido de Nuevo Tipo en Rusia no fueron meramente singulares, sino que anticiparon una transformación más amplia de la relación entre clase, conciencia y organización política, confiriendo al Partido Comunista una significación potencialmente universal.
- Adrián López Bueno (2025), La evolución del modelo de Partido: de Marx y Engels al bolchevismo (1843-1914), EHU. Disponible en https://addi.ehu.eus/handle/10810/77540 ↩︎
- Lars Lih (2005), Lenin Rediscovered: What is to be Done? in Context. Brill. ↩︎
- Alejandro Fernández Barcina (2025), «Lenin and the Germans: A Reassessment of Bolshevism’s Hidden Inspiration», Science & Society. ↩︎
- Y no solo es más fiel metodológicamente, sino que políticamente es menos conservadora. Y es que, si Alejandro equipara el SPD con el bolchevismo, es para desechar las cotas históricamente más altas alcanzadas por la organización revolucionaria y abocarnos a retroceder hacia el modelo socialdemócrata. Cabe valorar hasta qué punto representa su visión una justificación retrospectiva de la propia práctica política del Movimiento Socialista, cuya heterogeneidad y puesta en segundo plano de la clarificación de los principios como presupuesto de la construcción del movimiento práctico es consustancial a su proyecto político. ↩︎
- Esto, desde luego, y ésta es la virtud de su artículo –y, en general, de toda la matriz kautskiana iniciada por Lars Lih–, no es óbice para reconocer la relevancia de la socialdemocracia alemana, sin la cual no se puede comprender la edificación del bolchevismo. Y si bien la historiografía soviética ha tendido a suprimir este aspecto, curvando el bastón hacia un lado –así, la trayectoria de la socialdemocracia alemana habría sido solo un camino hacia la traición y el bolchevismo habría emergido puro y virgen desde sí mismo–, torcerlo de nuevo hacia el extremo contrario –igualmente unilateral– no constituye solución alguna. ↩︎
- Eric Hobsbawm (2010/1975), La era del capital, 1848-1875, Editorial Crítica, p.34. ↩︎
- Concepto acuñado por Guenther Roth (1963), The Social Democrats in Imperial Germany. A Study on Working-Class Isolation and National Integration, The Bedminster Press. ↩︎
- Para profundizar en esta idea, ver Alan Shandro (2014), Lenin and the Logic of Hegemony. Political Practice and Theory in the Class Struggle, Brill. ↩︎
- Ver Karl Kautsky (1892), El Programa de Erfurt. ↩︎
- Karl Kautsky, citado en Shandro (2014), Lenin and the Logic of Hegemony, pp.63-64. ↩︎
- El contexto de integración negativa favoreció esa configuración del marxismo como guía espiritual del movimiento obrero: la tesis marxista sobre la naturaleza clasista del Estado se ajustaba a la experiencia de marginalización del movimiento obrero respecto de las estructuras del Estado; la escasez de éxitos cotidianos en la lucha proletaria se veía compensada por la creencia en la inevitabilidad del socialismo, justificando la existencia de un partido no limitado a los intereses estrechos y cortoplacistas de una u otra capa del proletariado; etc. ↩︎
- Así mismo, la labor de Engels como sistematizador de la necesidad de la revolución proletaria, junto con su posición como una especie de dispensador de consejos para los dirigentes del SPD, dan cuenta de esta relación de exterioridad entre el marxismo y el movimiento obrero. ↩︎
- El núcleo de esta estrategia está expuesto en la famosa Introducción a la edición de 1895 de Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. ↩︎
- El problema del marxismo socialdemócrata, paradójicamente, no fue el olvido del objetivo final, sino la infraestimación y falta de revisión de los medios que conducen a ese objetivo, cuya responsabilidad era cedida al movimiento obrero; así, para este marxismo dogmático bastaría con un mero reconocimiento teórico abstracto del objetivo final. Y digo marxismo dogmático porque el centro del SPD, atenazado por la tesis del avance imparable hacia el socialismo y por su sometimiento respecto al movimiento espontáneo, se vio privado de capacidad de innovación estratégica, incapaz de realizar análisis concretos de la situación concreta, tal y como denunciaría Lenin en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo en 1920: «Nuestra teoría no es un dogma, sino una guía para la acción, decían Marx y Engels. Y el gran error, el inmenso crimen de marxistas «patentados» como Karl Kautsky, Otto Bauer y otros consiste en no haber entendido esto, en no haber sabido aplicarlo en los momentos más importantes de la revolución proletaria». ↩︎
- Décadas de participación dentro del SPD habían conducido a los representantes del ala izquierda a concebir lo organizativo más bien como un freno y a las masas como la panacea contra las tendencias burocráticas y reformistas. De este modo, se conformaron con intervenir como minoría dentro del SPD, respetando su materialidad, incapaces de vincular sus posiciones con las masas –para profundizar en esta cuestión, ver las páginas 161-165 de mi Tesis Doctoral–. Todo esto a pesar de su innegable vitalidad revolucionaria, expresión del extraordinario enraizamiento que el marxismo había logrado entre la vanguardia alemana en las décadas previa, y que favorecerá la recomposición del movimiento obrero revolucionario tras la Primera Guerra Mundial. ↩︎
- He aquí un nuevo un ramalazo de continuidad entre la experiencia alemana y la rusa. Los segundos se apoyaron sobre todo el bagaje histórico previo, transformando la trayectoria de la socialdemocracia alemana como abanderada de los derechos democráticos en la teoría de la hegemonía del proletariado en la revolución democrático-burguesa. Este reconocimiento, sin embargo, tampoco puede desembocar en la negación de la originalidad de la fórmula rusa, como insinúa Alejandro (ver p.14). ↩︎
- V.I. Lenin (1981/1902), Obras Completas. Tomo 6, Progreso, p.286. ↩︎
- En la época correspondiente al Qué hacer, esto implicaba vincular la lucha económica con la supresión del régimen zarista y presentar la necesidad de suprimirlo en todas las esferas sociales, apoyándose sobre denuncias políticas. De este modo se contrarrestaría la ideología burguesa y extendería el conocimiento de los obreros sobre la vida sociopolítica. En la revolución de 1905, por ejemplo, ese combate se libraba extendiendo la consigna de la insurrección y preparando sus condiciones técnicas. Por eso, el desarrollo de la conciencia de clase no era una tarea exclusivamente teórica, sino que tenía un aspecto práctico: a saber, la participación del proletariado en la resolución de las tareas concretas –delimitadas por el análisis concreto de la situación concreta– que contribuían al avance del movimiento revolucionario. ↩︎
- La idea de fusión del socialismo científico con el movimiento obrero no implica la sustitución del segundo por la vanguardia, sino el movimiento de elevación del primero a la altura de la segunda. La emancipación de los obreros debe ser obra de ellos mismos, pero no en cualquier situación; el leninismo introduce la tesis de que dicha emancipación tiene como condición la aprehensión –concreta– del socialismo científico por parte de los obreros. Ésta es, por cierto, la forma más elevada de considerar al proletariado como un sujeto, pues presupone por su parte una asimilación consciente de la teoría y práctica más avanzadas de la humanidad –cristalizada en el socialismo científico–, lo que potencia el elemento de finalidad consustancial al trabajo, determinación esencial de la humanidad. ↩︎
- György Lukács (1924), Lenin, la coherencia de su pensamiento, Archivo Chile, p.24. ↩︎
- Ver Samuel H. Baron (2016), Plejánov, padre del marxismo ruso, Siglo XXI, pp.174-175. ↩︎
- «Tanto el grupo Emancipación del trabajo como los círculos marxistas de aquella época se desenvolvían, prácticamente, al margen del movimiento obrero. Era aún el periodo de gestación y afianzamiento en Rusia de la teoría marxista, de la idea del marxismo, de las tesis programáticas de la socialdemocracia … la socialdemocracia rusa atravesaba, como escribe Lenin, por un proceso de desarrollo intrauterino» (I. Stalin (1939), Historia del Partido Comunista Bolchevique de la URSS, Marxist Internet Archive). ↩︎
- Uno de los ejes que guió la trayectoria de Iskra fue la tesis de que «antes de unificarse y para unificarse es necesario primero deslindar campos» (V.I. Lenin (1898-1901), Obras Completas. Tomo 4, Progreso, p.375). Esta idea constituyó una línea de demarcación respecto al resto de partidos obreros, cuya formación no se había producido sobre la base de la lucha teórica entre el marxismo y otras corrientes o al interior del propio marxismo. Esta delimitación ideológica fue una característica permanente del Partido de Nuevo Tipo, pues posibilitaba que la unidad del Partido pivotase en torno a la unidad ideológica. ↩︎
- V.I. Lenin (1915), La bancarrota de la Segunda Internacional, Fundación Federico Engels, p.78. ↩︎
- «La Internacional Comunista ha sido fundada precisamente para no permitir a los «socialistas» salir del paso con el reconocimiento verbal de la revolución. (…) Este reconocimiento verbal de la revolución, que encubre de hecho una política totalmente oportunista, reformista, nacionalista, pequeñoburguesa, fue el pecado capital de la II Internacional» (V.I. Lenin (1919), Las tareas de la III Internacional, Euskal Herriko Komunistak, p.372). ↩︎
- En parte, la inminencia de la revolución también jugó el papel de catalizador, pues el nuevo escenario requería de una intervención de la conciencia mucho más urgente, ininterrumpida y profunda con el fin de dirigir la crisis revolucionaria hacia el horizonte socialista. Como vimos, las conclusiones del debate sobre la huelga de masas apuntaban en esta misma línea. El otro aspecto de la inminencia de la revolución, sin embargo, consiste en que tiende a su vez a acentuar la rebaja de los requisitos mínimos de la unidad ideológica en pro de la unidad de acción para hacer frente a situaciones extremas. ↩︎
