
La crítica que los comunistas debemos dirigir contra las tesis tercermundistas se articula en torno a una cuestión fundamental: si el proletariado del centro imperialista tiene un potencial revolucionario y, por consiguiente, existe una posibilidad real de revolución en dichos países; o si, por el contrario, la acción política del proletariado del llamado «Norte Global» queda reducida al seguidismo a una coalición interclasista en la periferia, supuestamente aliada de la revolución internacional.
Este artículo desarrolla un análisis cronológico y lógico de los orígenes del tercermundismo militante y confronta esta desviación con sus propias contradicciones internas; pues si se parte de la premisa de que el proletariado del centro es intrínsecamente parasitario respecto al resto de su clase, entonces, para los comunistas en dichos países no hay otro camino que el voluntarismo, o, en última instancia, el liquidacionismo.
Aunque la aportación señala una limitación a la crítica que ofrece Astarita contra el tercermundismo, crítica que nosotros utilizamos en nuestro argumentario en el artículo Sobre la aristocracia obrera, creemos que en realidad no está reñida con esta, pues ofrece una manifestación distinta del mismo fenómeno que describíamos en nuestro documento: que la mayor productividad, garantizada por una red internacional de producción, otorga también un límite político al valor de la fuerza de trabajo, distinto al límite estrictamente biológico, que no se explica por un parasitismo del proletariado de un país sobre otro si no a una correlación de fuerzas concreta y a una capacidad de la burguesía del centro cada vez más limitada por la inminente crisis. Dando lugar a la única conclusión posible para los comunistas: que la revolución constituye hoy una posibilidad histórica común en todos los países.
Kursant
Intercambio Desigual y Tercermundismo
Este es un tema como poco farragoso, que se nos presenta a través de áridos, cansinos y ya añejos debates académicos entre una serie de especialistas –cosa que yo no soy, por lo que no ha de esperarse de este texto ninguna aportación original–. Por lo tanto, primero de todo cabría recalcar la relevancia política de esta cuestión, y en consecuencia el motivo por el que merecería la pena dedicar el tan limitado tiempo del que se dispone a discutir sobre este asunto: se trata, nada menos, de lo que concierne a la base material de la clase obrera en cuanto a sujeto revolucionario, precisamente porque las interpretaciones «tercermundistas» implican la negación de la centralidad de este sujeto en favor de inciertos procesos interclasistas nacionalistas en la periferia que se entienden como enemigos del imperialismo. En concomitancia con esto, en nuestros países «centrales», el partido revolucionario clasista, más aún si se entiende como un partido enraizado en los puestos de trabajo y sus luchas, carecería del más mínimo sentido. La clase obrera occidental, se le coloque el sambenito de «aristocracia obrera» o no, queda reducida a una casta parásita que come del pan saqueado a otros y cuyas reivindicaciones laborales o políticas no serían más que la mezquina exigencia de mayores migajas de esa misma hogaza arrebatada al proletariado africano, asiático o latinoamericano. En consecuencia, dado que todas las capas de la sociedad vendrían a tener, en definitiva, el mismo interés objetivo en la preservación del capitalismo global ante los beneficios que les reporta, el perfil del revolucionario en países como España sería, necesariamente, el activista desclasado que por algún motivo ignoto se adhiere de forma altruista a la causa de los pueblos oprimidos en una mera posición subalterna y de apoyo a los verdaderos procesos antiimperialistas del Sur Global.
No esconderé que parto, a la hora de escribir esto, desde una postura opuesta a la de los «tercermundistas» en este sentido, y que como comunista español apuesto por la potencia revolucionaria de «mi» clase obrera y la de los otros países «norteños» en cuanto a parte, en igualdad de condiciones, del proletariado mundial. En consecuencia, por poner un ejemplo me resulta bastante desagradable leer a Arghiri Emmanuel diciendo, en el contexto de la Revolución Salvadoreña –el texto es de 1986–, que los verdaderos aliados de los capitalistas y terratenientes salvadoreños en esa guerra civil revolucionaria no eran ni siquiera los capitalistas estadounidenses, sino «por encima de todo», la propia clase obrera estadounidense1. Claro está que lo que yo sienta, o las consecuencias que algo pueda tener sobre una postura política particular, son irrelevantes a la hora de determinar si ese algo es cierto o no. Por lo tanto, habrá que ver de veras si los trabajadores del centro capitalista somos una «white trash» global destinada a ser barrida por el levantamiento interclasista de los pueblos oprimidos del Sur o si, por el contrario, la clase obrera internacional, toda ella, sigue siendo a pesar de todo la sal de la tierra.
El Intercambio Desigual
La Segunda Guerra Mundial, entre otras cosas, tuvo como consecuencia el declive irreversible de las formas de dominación colonial directa que habían caracterizado desde mediados del siglo XIX las relaciones entre los países con un capitalismo más avanzado y el resto del mundo. Los dos estados vencedores del conflicto –si bien evidentemente por motivos distintos–, la Unión Soviética y Estados Unidos, le pusieron fecha de caducidad a los vastos imperios coloniales de las viejas y arruinadas potencias europeas. En consecuencia, la hegemonía norteamericana sobre el mundo no socialista se asentaría sobre principios ideológicos bien distintos a los del colonialismo británico o francés. En América Latina, África y Asia ya nunca más habría pueblos bárbaros o incivilizados, sino países subdesarrollados que por un motivo u otro no habían incorporado a sus economías las maravillas de la técnica y la industria que se habían puesto en marcha en los países desarrollados. Se crearon a la sazón toda una plétora de instituciones supranacionales como el FMI, la OCDE o el Banco Mundial cuyo propósito era, en teoría, ayudar a los países más atrasados a desarrollarse con financiación y asesoramiento provenientes de las naciones industrializadas –véase, en este sentido, el papel absolutamente central que tuvo en España el asesoramiento por parte de entidades de esta índole durante los años «desarrollistas» del franquismo–. Bajo la guía de Estados Unidos se le ofrecía a medio mundo un camino al desarrollo de corte tecnocrático, evolucionista y, lo que era más importante desde la perspectiva de las burguesías de los países subdesarrollados, al margen de las inciertas convulsiones sociales asociadas al modelo soviético y a los movimientos de masas inspirados por él.
No tardaron, sin embargo, en aparecer críticas a este paradigma desde la perspectiva de los intereses de determinados sectores burgueses del Tercer Mundo: la ciencia económica convencional, íntimamente ligada a esta ideología emanada desde Estados Unidos, señalaba que el camino al desarrollo de los países no industrializados pasaba por un aumento de la producción y las exportaciones en aquellos sectores en los que dispusiesen de ventajas naturales, lo que se reducía en la práctica al sector primario agrario o minero. Esto fue discutido por el padre de la teoría del intercambio desigual, el economista burgués argentino Raúl Prebisch, el cual durante muchos años sería la cabeza visible de la Comisión Económica para América Latina de la ONU –CEPAL–. Prebisch, que acuñaría los tan afortunados conceptos de «centro» y «periferia» como forma de dividir el mundo, entendía que el continuado subdesarrollo de los países periféricos se debía a que existía con el paso del tiempo un progresivo empeoramiento de los términos de intercambio de las materias primas en relación con los bienes industriales. El asunto funcionaría de la siguiente forma: partiéndose de que la productividad había aumentado más en la industria que en el sector primario, teóricamente los precios de los productos industriales tendrían que haber ido cayendo con mayor velocidad que los precios de los productos agrarios. Sin embargo, la tendencia real habría sido la opuesta porque los obreros de los centros industriales, bien organizados en sus partidos y sindicatos a diferencia de sus hermanos de los países exportadores de materias primas, habrían sido capaces de exigir importantes aumentos salariales en tiempos de bonanza económica que luego nunca podrían ser revertidos en tiempos de crisis ante la enconada acción defensiva de los sindicatos. Como consecuencia, en esos tiempos de crisis los capitalistas industriales habrían tratado de compensar la caída de ingresos a través del alza de los precios de sus mercancías industriales en el intercambio con la periferia exportadora de materias primas. Esto constituiría una sangría de riqueza que, a través de los precios en el comercio internacional, fluiría en cantidades crecientes desde los países periféricos hacia los centrales2.
Esta tesis de Prebisch vendría a confluir durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial con la escuela «neomarxista» asociada a la revista norteamericana Monthly Review, que contaba con reputados autores como Paul Sweezy, Paul Baran y André Gunder Frank, los cuales destacaron, básicamente, por trazar una perspectiva histórica del desarrollo del capitalismo alrededor de la explotación y el saqueo de unos países por otros, perspectiva desarrollada al tiempo por Immanuel Wallerstein y criticada solventemente por Robert Brenner3. Sin entrar en detalle, pues este no es el tema que estamos aquí tratando, con estas influencias se conformaría la Teoría de la Dependencia, de gigantesco impacto político ante todo entre la izquierda latinoamericana, pero que también tuvo en España su importancia tanto en determinadas reflexiones generales sobre el desarrollo del capitalismo en este país como en lo que respecta al desarrollo del nacionalismo periférico de los territorios entonces considerados más pobres dentro de España –Andalucía, Canarias, Galicia, incluso Extremadura–.
Volviendo más específicamente al tema del intercambio desigual, a partir de la década de los 70 se va a desarrollar un animado debate al respecto como consecuencia de la publicación en 1969 del libro «El Intercambio Desigual» por parte del economista griego Arghiri Emmanuel. Resumiendo, pues esta obra de Emmanuel se tratará con detalle más abajo, para Emmanuel los altos salarios de los obreros de los países centrales harían que las mercancías producidas por estos obreros fuesen caras en el mercado mundial, mientras que los bajos salarios de los obreros de la periferia, en el mismo sentido, darían pie a que las mercancías producidas en estos países sean sensiblemente más baratas a nivel internacional. En consecuencia, habría en el comercio entre centro y periferia un intercambio desigual en horas de trabajo, conteniendo las mercancías exportadas por los países periféricos muchas más horas que las que obtienen a cambio desde las economías centrales.
Esta tesis recibiría la crítica de autores como Ernest Mandel, Samir Amin y Anwar Shaikh los cuales desarrollaron, mutatis mutandis, perspectivas distintas sobre el intercambio desigual que tenían en cuenta las diferencias en productividad. Mandel4 y Shaikh5 entendían que las diferencias en la productividad daban pie a transferencias de valor de ramas atrasadas a ramas con alta productividad mientras que Amin consideraba que tan solo se daban situaciones de intercambio desigual cuando las diferencias salariales eran mayores que las diferencias en productividad entre las ramas en las que se daba tal intercambio6.
Fuera como fuere, lo destacable es que esta versión «light» del intercambio desigual, que de algún modo exculpa a la clase obrera de los países centrales de su papel en la explotación del Tercer Mundo que le otorgan Prebisch y Emmanuel, es defendida a día de hoy por figuras marxistas de cierta fama como Michael Roberts y Claudio Katz, además de ser más cercana a la opinión de la mayoría de autores de la Teoría de la Dependencia –si bien en el caso de autores enmarcados en la llamada Teoría Marxista de la Dependencia el intercambio desigual se debe, ante todo, a que gracias al poder de sus estados las mercancías industriales de los países centrales se venden a precios por encima de su valor vía la fijación monopólica de esos precios7–. Políticamente estas perspectivas, si bien no caen en el tercermundismo «estricto» que veremos más adelante, tienden a la apología del nacionalismo y de los capitales locales de los países atrasados. La miseria en el Tercer Mundo se explicaría, después de todo, por la sangría de valor a la que son sometidos esos países –y, por lo tanto, sus burguesías «nacionales»– por los países centrales. Si en su momento determinados autores de la dependencia como Ruy Mauro Marini insistían en que el único camino posible para el Tercer Mundo era la revolución socialista porque el desarrollo industrial en los países dependientes era imposible, la constatación de que esto simplemente no era cierto tras el despegue económico de Asia Oriental a partir de la década de los 80 del siglo pasado llevó a muchos de los que se movían en este marco conceptual a aceptar estrategias abiertamente nacionalistas e interclasistas8. No por nada la Venezuela bolivariana haría en sus tiempos dorados una impresionante campaña de propaganda en favor de este tipo de posturas. Hasta el primer Podemos, aquí en España, pudo llegar a hacer suyos elementos del dependentismo.
El intercambio desigual «estricto» de Arghiri Emmanuel
La principal referencia teórica del tercermundismo contemporáneo más consecuente no es ni Lenin ni Mao, sino Arghiri Emmanuel. A diferencia de los otros autores antes mencionados, según Emmanuel el intercambio desigual se basa puramente en las diferencias salariales entre países. Como es sabido, Marx en El Capital explica que el salario de los obreros se fija por el valor de su fuerza de trabajo, el cual responde al valor de los medios de subsistencia que necesita el trabajador para regenerar su fuerza de trabajo gastada en la jornada laboral. Esto tendría tanto un componente natural o fisiológico –lo que el obrero necesita para sobrevivir– como un componente histórico o moral derivado de las costumbres y la cultura de un determinado contexto histórico9.
Según Emmanuel, desde el siglo XIX se habría dado en los países que vendrían a conformar el centro del capitalismo mundial una situación en la cual las reivindicaciones económicas de la clase obrera habrían aumentado progresivamente los salarios hasta el punto que el componente fisiológico del salario habría perdido relevancia en favor del elemento histórico-moral el cual, determinado por razones «institucionales» –por la política, la lucha sindical, etc.–, pasaría a convertirse en la «variable independiente» en la formación de los precios de las mercancías, desapareciendo la ley del valor a la hora de determinarse el precio de la fuerza de trabajo –aquí se ve cómo la tesis de Emmanuel se parece a la de Prebisch más de lo que pudiera parecer en un principio–. De esta forma, como ya se ha adelantado más arriba, los bienes producidos en los países centrales se venderían a un precio muy elevado en el mercado mundial como consecuencia de los altos salarios que lograron sus obreros. El problema vendría en el momento en el que, en los países periféricos, también por motivos «institucionales» los salarios se habrían mantenido muy bajos en todo momento, aún cercanos al límite fisiológico. Entonces, dado que los salarios son la variable independiente en la formación de precios, las mercancías producidas por los países periféricos se venderían muy baratas en el mercado mundial. Esto daría pie a que, en el comercio internacional, los países centrales puedan beneficiarse de un intercambio desigual que les permite comprar mercancías de los países periféricos que contienen muchas más horas de trabajo que las mercancías que estos países les exportan a cambio, dándose entonces una masiva transferencia de valor. Para colmo, los altos salarios de los obreros de los países centrales también serían la causa de las diferencias en el nivel de desarrollo entre el Primer y el Tercer Mundo, pues sería precisamente esa presión de los salarios lo que obligaría a los capitalistas de los países centrales a invertir y aumentar la productividad de sus industrias como una suerte de forma de compensación ante los altos salarios que han de pagar. Por contra, en los países donde abunda el trabajo muy barato los capitalistas no tendrían la menor necesidad de preocuparse por reinvertir sus ganancias y desarrollar las fuerzas productivas.
Las consecuencias que Emmanuel saca de estos desarrollos no tienen el menor desperdicio. La revolución en Occidente habría fracasado, precisamente, porque los obreros occidentales, beneficiándose de esa sangría de riqueza a través del intercambio desigual, tendrían un interés directo en la preservación de su posición como miembros de naciones privilegiadas y opresoras. La lucha sindical en los países desarrollados no sería, entonces, un enfrentamiento antagónico entre proletarios oprimidos y burgueses opresores, sino un mero desacuerdo conflictivo entre dos socios por el reparto del mismo botín. La clase obrera de los países centrales consumiría gracias al intercambio desigual mucho más valor del que pudiera nunca producir con su trabajo en sus industrias, convirtiéndose toda ella «por definición» en aristocracia obrera. El asunto se torna francamente espectacular en el momento en el que Emmanuel considera que, de hecho, a las burguesías de los países centrales el intercambio desigual no les beneficia especialmente y la posible liberación de la periferia le sería indiferente. Por el contrario, es precisamente la masa de asalariados de los países ricos quien más tiene que perder ante una posible liberación de los países oprimidos, siendo el relativo bienestar material de los obreros norteños radicalmente inseparable de la miseria de sus hermanos del Sur Global. Por lo tanto, las expresiones políticas reformistas o socialchovinistas no serían, como consideraba Lenin, resultado de la acción corruptora de una casta de juntaletras y burócratas a sueldo de la burguesía en el seno de la clase, sino que la clase obrera occidental estaría defendiendo sus auténticos y genuinos intereses de clase, como clase parásita que es, a la hora de apoyar políticas nacionalistas y militaristas orientadas a mantener al Tercer Mundo bajo la bota del imperialismo. Así, Emmanuel cita cómo los obreros estadounidenses mostraban un supuesto apoyo unánime a la intervención de su país en la Guerra de Vietnam mientras que el grueso de la oposición doméstica al conflicto provenía de sectores burgueses –universitarios– como prueba de este paradigma10.
¿Por qué hay diferencias salariales entre los obreros de distintos países?
Así pues ¿tiene razón Emmanuel? ¿Son los altos salarios de los obreros alemanes, daneses o canadienses resultado de cuestiones «institucionales» e inseparables de la miseria de los proletarios vietnamitas, peruanos o congoleños? La mayoría de las críticas que se le han venido haciendo a esta perspectiva descansan en el argumento de las diferencias de productividad, en la línea de la polémica original que tendría Emmanuel con Bettelheim y Palloix. El problema, a mi entender, es que en ningún caso queda claro la forma en la cual los altos índices de productividad en un determinado país han de repercutir directamente en salarios relativamente elevados en comparación con otros países con una economía más atrasada. El argumento de Astarita que se recoge en el artículo Sobre la aristocracia obrera explica por qué en realidad no hay transferencias de valor en el comercio internacional entre países con economías con productividades medias distintas, pero no aclara nada sobre las diferencias salariales, que es la columna vertebral del argumento tercermundista emmanueliano. Por lo demás, tampoco me termina de satisfacer el tratar de explicar las diferencias salariales entre países a través de la cuestión de la desvalorización de la fuerza de trabajo que implica el desarrollo de la productividad –esto es, cómo el abaratamiento de los medios de subsistencia de los obreros hace que estos puedan acceder con su salario a mayor cantidad de mercancías–. Pues, a día de hoy, esos avances técnicos que han ido abaratado espectacularmente bienes básicos como los alimentos, la vestimenta, el mobiliario o incluso bienes «tecnológicos» como los ordenadores o los teléfonos móviles operan a escala mundial, y por lo tanto esa desvalorización se vendría a dar de forma más o menos igual en todos los países –obviando los casos en los que operan barreras arancelarias que obligan a la población a comprar mercancías producidas en industriales «nacionales» con tecnología atrasada–. Por lo tanto, a pesar de que la productividad media de la economía norteamericana es mucho mayor que la de la economía india, las mercancías que se exigen para la reproducción de la fuerza de trabajo no son más baratas en Estados Unidos que en la India, sino al contrario.
El quid de la cuestión, entonces, es que el valor de la fuerza de trabajo es en sí distinto entre países como consecuencia de las diferencias nacionales en el desarrollo de las fuerzas productivas que fundamentan la división internacional del trabajo en nuestros días. Esto es, la producción y reproducción de la fuerza de trabajo exige cantidades distintas de valor según el tipo de trabajo que se va a desempeñar, lo que nos remite a la cuestión de la disyuntiva entre trabajo simple y trabajo complejo, siendo el trabajo simple aquel que puede realizar cualquier persona en plenas facultades «naturales» y el trabajo complejo aquel que requiere algún tipo de formación, pericia, destreza, etc. particular. ¿Cómo es posible que funcione la ley del valor si existen diferentes tipos de trabajo? Porque el trabajo complejo no representa sino una concentración de trabajo simple, de manera que una hora de trabajo complejo contiene en sí el trabajo simple aplicado anteriormente por el obrero en cuestión para formarse y complejizar su trabajo. Los salarios de los obreros, por lo tanto, habrán de ser mayores si han de producir y reproducir una fuerza de trabajo más compleja. Esto no se limita al proceso de cualificación de la fuerza de trabajo, sino que también el tipo de consumo de los obreros necesariamente varía según ese grado de complejidad. Los sistemas de salud serían una forma de evitar que esa cara y preciada fuerza de trabajo cualificada se desperdiciase fácilmente ante cualquier enfermedad eventual. El acceso a una variedad de alimentos relativamente amplia, la disponibilidad de viviendas con estándares mínimos, la existencia de sistemas de ayudas públicas a los desempleados, las jornadas laborales más cortas y las condiciones laborales menos nocivas, la posibilidad de disfrutar de más ricas formas de ocio; en resumen, en lo que se vienen a traducir materialmente las diferencias salariales entre los obreros con sueldos relativamente altos en comparación con los obreros con sueldos relativamente bajos, reflejan formas distintas de reproducción de la fuerza de trabajo según el nivel de complejidad necesario para los procesos productivos en los que tal o cual obrero va a desempeñarse. El asunto llega hasta el punto en el que para la reproducción de la fuerza de trabajo no basta con un salario que permita reproducir, puramente, las capacidades físicas e intelectuales que necesita el obrero para desempeñar su trabajo. También es necesario que el obrero pueda consumir bienes «morales» o «ideológicos» que permitan la reproducción de un tipo determinado de conciencia que perpetúe la subsunción del obrero en el capital según las siempre cambiantes exigencias del proceso productivo –en este sentido, Marx señala que los periódicos eran parte de los «medios de subsistencia» necesarios para el obrero urbano inglés de su época–. El consumo vendría a ser la forma que tiene el capital de transformar la fuerza de trabajo de los trabajadores ante el permanente cambio en los procesos productivos que implica el desarrollo de las fuerzas productivas11.
Esto tiene que ver con la división internacional del trabajo y las diferencias salariales entre países porque precisamente desde los años 80 la economía mundial se ha caracterizado por una suerte de procesos de «especialización nacional» según los tipos de fuerza de trabajo predominantes en cada parte del mundo en el marco de las cadenas de valor globales a través de grandes movimientos de capital y deslocalizaciones industriales que tanto dolor y desesperación le trajeron entonces a la clase obrera de los otrora imponentes bastiones industriales de Detroit o Manchester. Pues al capital no le basta con buscar obreros dispuestos a trabajar por los salarios más bajos imaginables –si esto fuera posible África se hubiese industrializado desde hace ya muchas décadas–. También hace falta que la fuerza de trabajo disponible tenga la subjetividad productiva adecuada para el proceso productivo que se pretende poner en marcha, incluyéndose en esa subjetividad tanto el nivel de cualificación como otras cuestiones como pueden ser la disposición ante distintos tipos de disciplina industrial, la extensión de habilidades «universales» como la lectoescritura, etc. En este sentido, un ejemplo de interés sería la industria siderúrgica surcoreana, que a partir de los años 80 alcanzaría un enorme desarrollo y una capacidad de competir a nivel global hasta el punto de llevar a la ruina a grandes empresas europeas y norteamericanas gracias a sus terribles condiciones laborales y los bajos salarios de sus obreros: la cuestión es que, en cualquier caso, este traslado de la producción industrial hacia ese país con salarios más bajos sólo fue posible en un primer momento gracias al desarrollo de una serie de avances técnicos en esa rama que rebajaron notablemente el tipo de cualificación de había de tener el obrero de esa industria, pudiendo sólo entonces el capital aprovecharse de la disponibilidad de una mano de obra muy barata y muy disciplinada en ese país. Simplificando mucho, lo que ha ocurrido desde los 80 hasta hoy con esta «Nueva División Internacional del Trabajo» es que los procesos productivos ligados a una fuerza de trabajo más simple y por lo tanto mucho más barata se han trasladado a aquellos espacios del mundo en Asia en los que anteriormente aún predominaban poblaciones campesinas y por tanto no proletarias, pero que por su concentración geográfica, su férreo sometimiento al estado, su acostumbramiento a los más draconianos sistemas de disciplina laboral, etc. conformarían tras proletarizarse una subjetividad productiva especialmente adecuada para ese trabajo simple en la gran industria –sin bien, con el tiempo, países como Corea del Sur o Taiwán que en los 80 recibieron la deslocalización de esa parte de la industria occidental han desarrollado sus propias industrias de trabajo complejo y visto cómo esas industrias de trabajo simple se deslocalizaban otra vez hacia países como China, dándose a día de hoy otra vuelta de tuerca en este proceso en cuanto el trabajo simple se vuelve a mover, pasando de China a Vietnam o Filipinas–. Por el contrario, en los países más ricos o desarrollados, aparte de darse masivos procesos de expulsión de población de los procesos productivos, han tendido a permanecer las industrias que requieren el trabajo más complejo y por lo tanto exigente de salarios más elevados12. De esta manera, la mayor complejidad del trabajo en el Norte Global contrarresta la diferencia en horas de trabajo contenidas en el comercio internacional entre países ricos y pobres que han tratado de calcular autores como Jason Hickel –quien usa una poco concluyente estratificación de las horas de trabajo en niveles de «baja», «media» y «alta» cualificación según el nivel educativo asociado al tipo de trabajo en cuestión13–, pues, por decirlo de algún modo, esas pocas horas de trabajo norteñas contienen en sí más horas de trabajo dedicadas a la producción de ese tipo de fuerza de trabajo, mientras que las muchas horas de trabajo que contienen las mercancías sureñas por las que se intercambian los productos norteños son notablemente más baratas en su producción y reproducción.
Emmanuel y sus seguidores contemporáneos no ven esta cuestión. Para ellos las horas de trabajo son todas iguales irrespectivamente del tipo de trabajo que se esté desempeñando, siendo aparentemente igual de fácil producir y reproducir la fuerza de trabajo de un peón agrícola que la de un químico de la industria farmacéutica. Por lo tanto, toda diferencia salarial que aleje a un obrero del más rotundo límite de la subsistencia fisiológica no es más que un «sobresueldo» completamente desligado de la producción y derivado de una autónoma esfera de la política y la lucha sindical. Y es precisamente aquí que se revela ostensiblemente el moralismo propio del tercermundismo, pues daría la sensación leyendo a algunos que los obreros de los países desarrollados gastan sus desorbitados sueldos principalmente en cacharros inútiles, chucherías, carísimos viajes al extranjero o videojuegos. Lo cierto es que, sin negar en ningún momento que la calidad de vida en los países ricos es enormemente mayor, los «patrones de consumo» de las clases obreras norteñas siguen respondiendo básicamente a la compra de mercancías necesarias para la reproducción de la fuerza de trabajo –vivienda, transportes, alimentos, salud, etc.–14.
Antes de pasar al siguiente punto sería de interés tratar la cuestión del trabajo simple en los países ricos. En efecto, quizá pueda parecer perfectamente lógico que el valor de la fuerza de trabajo de un técnico industrial alemán sea sensiblemente superior que el valor de la fuerza de trabajo de un obrero textil bangladesí o de un peón agrícola brasileño, pero queda en el aire la cuestión de por qué en los países desarrollados los peluqueros, camareros, mozos de carga o peones de la construcción siguen teniendo salarios bastante mayores que sus homólogos en países menos desarrollados. A mi entender, el motivo principal es que los espacios nacionales retienen cierta tendencia a la homogeneización de las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo a través de la pervivencia de rudimentos de «estado del bienestar», de legislación en materia de salarios mínimos y condiciones laborales básicas, de convenios colectivos, etc. Entonces, con total seguridad a los capitalistas les encantaría poder pagar la fuerza de trabajo de los obreros no cualificados de los países desarrollados por el mínimo absoluto necesario para su reproducción, pero la persistencia de marcos nacionales que aseguran la producción de una fuerza de trabajo con una subjetividad productiva relativamente desarrollada para así satisfacer la demanda de trabajadores para industrias avanzadas hace que se de una suerte de sobreproducción de fuerza de trabajo de valor elevado que luego se ve malgastada desempeñando trabajo simple. Esto se puede ver con relativa facilidad en el caso de España, siendo tan común la llamada «sobrecualificación» de la fuerza de trabajo: el derroche que supone la producción y reproducción de un ejército de camareros y operadores de telemarketing con títulos de bachillerato –e incluso con grados universitarios– es un mal menor que asume el capital español a fin de poder contar con un suministro fluido de fuerza de trabajo adecuada para sus industrias más complejas.
Tercermundismo en acción
La idea de que los obreros occidentales son reaccionarios como consecuencia de su situación global privilegiada y que por lo tanto su potencial revolucionario está caduco es más antigua que la obra de Emmanuel. Ya Herbert Marcuse, famoso e influyente –en su época– intelectual burgués, señalaría a mediados de los 60 que en Estados Unidos la «casi totalidad» de los obreros organizados en sindicatos formaban parte de la aristocracia obrera, adelantándose las posturas que a partir de finales de los 70 darían por muerta a la clase obrera en general como sujeto revolucionario15. Si menciono a Marcuse en este contexto es porque las posturas de Emmanuel vendrían a tener cierto impacto entre el mismo sustrato social que las del filósofo alemán, a saber, la pequeña burguesía radicalizada que vendría a dar cuerpo a los movimientos de la llamada «Nueva Izquierda». En concreto, el tercermundismo de corte emmanueliano tendría una calurosa recepción entre el Grupo de Trabajo Comunista, una pequeña organización de maoístas daneses cuyo caso tiene su interés como forma de ver un ejemplo de las consecuencias políticas de este tipo de perspectivas: al «constatar» que la clase obrera danesa no tenía, por lo visto, el más mínimo interés en la revolución o el socialismo, estos militantes comprendieron que su trabajo político tenía que ceñirse al apoyo externo a las luchas antiimperialistas en el Tercer Mundo, donde según estas perspectivas se situaban aquellas clases sociales con un verdadero potencial revolucionario. En la práctica, esto se tradujo en la puesta en marcha de operaciones legales e ilegales, incluyéndose aquí atracos a bancos, con el objetivo de recaudar dinero y ofrecer apoyo material, entre otros, al PFLP palestino, lográndose así aportar a la causa muchos millones de coronas danesas antes de que la organización fuese desarticulada por la policía en la década de los 9016.
Lo realmente curioso del asunto es que, tras un par de décadas de absoluta marginalidad de estas posturas, últimamente se ha dado una cierta recuperación de las posiciones tercermundistas, si bien adaptada a estrategias políticas sensiblemente diferentes. Pues, habiéndose dado ya hace tiempo el ocaso de las grandes guerrillas y movilizaciones de masas de los procesos antiimperialistas de la segunda mitad del siglo pasado, algunos tercermundistas de hoy –entre los que podemos contar a Torkil Lauesen, veterano del grupo danés del que se ha hablado aquí más arriba– han pasado a considerar que la liberación de los países oprimidos por el imperialismo y saqueados por el intercambio desigual pasa ante todo por su desarrollo económico dentro del capitalismo, teniendo China –evidentemente– un papel absolutamente central en este asunto. Cualquier perspectiva de socialismo en los países desarrollados se pospone a un futuro en el que, eliminado el intercambio desigual, la lograda igualdad entre naciones provoque una «re-proletarización» de la clase obrera norteña, que ya entonces pasaría a recuperar su potencia revolucionaria. Mientras tanto, todo avance económico de las naciones del Sur Global y todo progreso en su supuesta unidad contra el Norte ha de ser bienvenido, planteándose que el intercambio desigual Norte-Sur podría evadirse fomentando de forma sustitutiva los intercambios comerciales entre distintos países del Sur17, perspectiva más o menos en la línea de la táctica del «desacople» formulada por Amin18.
El problema, por supuesto, viene cuando el desarrollo económico del Sur Global reproduce, como difícilmente podría ser de otra manera, las mismas leyes del capital que han caracterizado la otrora imperturbable dominación occidental del mundo. Por ejemplo, si partiéramos de la visión emmanueliana-tercermundista del comercio internacional, China –que, recordemos, representa la gran esperanza de este tipo de tercermundistas en lo que se refiere a la rebelión del Sur Global de las garras del Norte– sería partícipe plenamente de los mecanismos de extracción de valor que describen los seguidores de Emmanuel asocian con los países del Norte y esto sería así, tal y como está construida la teoría, irrespectivamente de que la presencia económica china en determinadas regiones pueda apoyarse en métodos políticos y diplomáticos mucho más pacíficos y considerados con las demás naciones que lo que suele ser habitual por parte de Estados Unidos u otros países norteños. Así, si examinamos las relaciones comerciales entre China y la República Democrática del Congo desde las perspectivas de Emmanuel tendríamos que entender que se da una importante transferencia de valor desde la RDC, que exporta a China grandes cantidades de materias primas extraídas en minas cuyos obreros cobran aproximadamente de 100 a 200 dólares al mes, hacia China, que exporta a la RDC bienes industriales fabricados por obreros cuyos salarios mensuales rondan los 1000 dólares19. Se podría argumentar que el volúmen de este intercambio desigual sería en cualquier caso inferior al que se da entre el Norte y el Sur Global pero, en cualquier caso, la supuesta existencia de relaciones de intercambio desigual dentro de ese Sur Global denota la poca sustancia que tienen las perspectivas basadas en un enfrentamiento global entre Norte y Sur.
Fuera como fuere, el tercermundismo está teniendo, como ya se ha dicho, un cierto «revival» a día de hoy en el seno del movimiento comunista de mayor relevancia de lo que pudiera parecer en principio. En Estados Unidos se puede encontrar un notable desarrollo y ejercicio de estas posiciones en Monthly Review –la mítica revista y editorial fundada en los 40 por Sweezy, editada ahora por John Bellamy Foster–, pero también en la revista Cosmonaut, publicación bastante influyente ligada al Marxist Unity Group, importante facción de los Democratic Socialists of America (DSA) de inspiración kautskysta que incluye en su propuesta de programa para el DSA que se exija que Estados Unidos ponga fin al intercambio desigual y firme acuerdos comerciales basados en la igualdad del tiempo de trabajo en los intercambios internacionales20; en España, estas posiciones tienen su acogida más clara –habiendo desde luego cierta influencia algo más tenue y difusa en el conjunto del movimiento– dentro del ámbito de Iniciativa Comunista e IGNIS. Si estos marcos no tienen ni mucho menos una aceptación mayoritaria en este mundillo, sí que se podría decir que constituyen un obstáculo de muchos en la recuperación de la política revolucionaria clasista en nuestros países.
Conclusiones
Para terminar, querría recalcar, por si acaso hiciera falta, que el objetivo de este texto no ha sido en ningún caso naturalizar, minimizar o hacer apología de las desigualdades entre las distintas partes del mundo. No niego, ni mucho menos, que exista una jerarquía opresiva entre las distintas naciones bajo el capitalismo, ni niego que haya un componente clave de coerción e imposición en los orígenes y la perpetuación de esa jerarquía. La cuestión, básicamente, es que el desarrollo desigual es inherente al modo de producción capitalista –sin necesidad de que intervengan aquí mecanismos infusos como el intercambio desigual– y que las perspectivas que suponen la posibilidad de una igualdad económica entre naciones bajo este modo de producción son ilusorias, mientras que aquellos que anteponen estas diferencias entre países sobre la lucha de clases son, quieran o no, reaccionarios. Pues la nación, la forma «nacional» de organizar a la humanidad, es inherentemente burguesa y corresponde a la forma que tiene el capital de organizar la sociedad. Por lo tanto, privilegiar la posibilidad de una mejora en la posición global de tal o cual nación o grupo de naciones sobre la suerte de la lucha de clases implica darle prioridad a la consecución de una serie de cambios dentro del capitalismo por delante de un proceso revolucionario que lo supere, el cual ha de encontrarse irremediablemente en la lucha de clases.
- Arghiri EMMANUEL: «Introduction to the First Edition». En Communist Working Group: Unequal Exchange and the Prospects of Socialism, Iskra Books, 2025, p. xiv. ↩︎
- Raúl PREBISCH: El desarrollo económico de América Latina y algunos de sus principales problemas, CEPAL, 2012. ↩︎
- Robert BRENNER: «The Origins of Capitalist Development: a Critique of Neo-Smithian Marxism», New Left Review, 104 (1977), pp. 25-92. ↩︎
- Ernest MANDEL: Late Capitalism, Londres, NLB, 1975, pp. 345-371. ↩︎
- Anwar SHAIKH: Valor, Acumulación y Crisis. Ensayos de Economía Política, Bogotá, Tercer Mundo Editores, 1990, pp. 208-216. ↩︎
- Samir AMIN: Accumulation on a World Scale, Vol. 1, Nueva York, Monthly Review Press, 1974, p. 24 y pp. 57-59. 5 ↩︎
- Theotônio DOS SANTOS: Imperialismo y Dependencia, Caracas, Fundación Biblioteca Ayacucho, 2011, pp. 361-385 ↩︎
- Ruy Mauro MARINI: Proceso y Tendencias de la Globalización Capitalista, 1996. ↩︎
- Karl MARX: El Capital. Crítica de la Economía Política, Libro Primero, Madrid, Siglo XXI, 2017, pp. 225-236. ↩︎
- Arghiri EMMANUEL: El intercambio desigual. Ensayo sobre los antagonismos en las relaciones económicas internacionales, Madrid, Siglo Veintiuno Editores, 1972. ↩︎
- Guido STAROSTA y Gastón CALIGARIS: Trabajo, valor y capital. De la crítica marxiana de la economía política al capitalismo contemporáneo, Universidad Nacional de Quilmes, 2017, pp. 111-139. ↩︎
- Guido STAROSTA: «Revisiting the New International Division of Labour Thesis». En Graig CHARNOCK y Guido STAROSTA (eds.): The New International Division of Labour. Global Transformation and Uneven Development, Palgrave Macmillan, 2016, pp. 79-103. ↩︎
- Jason HICKEL, Morena Hanbury LEMOS y Felix BARBOUR: «Unequal exchange of labor in the world economy», Nature Communications, 15 (2024). ↩︎
- Datos de EE.UU.: https://www.bls.gov/opub/ted/2026/housing-and-transportation-accounted-for-50-percent-of-household-spending-in-2024.htm ↩︎
- Herbert MARCUSE: La Sociedad Industrial y el Marxismo, Buenos Aires, Editorial Quintara, 1969. ↩︎
- Gabriel KUHN (ed.): Turning Money into Rebellion, Montreal, PM Press, 2014. ↩︎
- Torkil LAUESEN: «Epilogue: The Task of the New Stage». En Communist Working Group: Unequal Exchange and the Prospects of Socialism, Iskra Books, 2025, pp. 145-178. ↩︎
- Samir AMIN: Delinking. Towards a Polycentric World, Zed Books, 1990. ↩︎
- https://www.china-briefing.com/news/china-manufacturing-industry-tracker 19 https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC7687087/pdf/DECH-51-1555.pdf ↩︎
- https://www.marxistunity.com/light-and-air/draft-program ↩︎
